miércoles, 30 de mayo de 2007
Homilía Oración
TIEMPO ORDINARIO
Homilía
Viviendo una nueva vida de servicio.
Las inundaciones pueden ser devastadoras. El poder desatado de las aguas es algo que cualquiera que lo experimentó en New Orleans en 2005 lo temerá por toda la vida. La palabra griega usada para hablar del bautismo significa inundado, sumergido. Cuando los primeros cristianos eran bauti-zados eran sumergidos tres veces en las aguas, una experiencia muy cercado a ahogarse.
Cuando Jesús le pregunta a Santiago y a Juan si podían participar en su bautismo y beber la copa que el bebería, estaba probando su compromiso con él a pesar de la inevitabilidad del sufrimiento y la muerte. Si cuando nos bautizaron tuvimos la experiencia de ser sumergido en las aguas, y el bautismo de los adultos está volviendo a la antigua práctica, también nosotros experimentamos el morir, al antiguo ser de pecado para poder resucitar con Cristo a una nueva persona, a un nuevo ser.
Como bautizados cristianos no podemos vivir como los paganos que tiranizan y oprimen, sino como siervos de los demás. Nuestro ejemplo es el mismo Cristo cuyo servicio no se limitó a las palabras y las acciones de su vida, sino que se entregó hasta su misma vida por todos.
Sin embargo, la copa que bebemos con Cristo es también la copa de la alegría, el banquete del Reino de Dios. Es una copa, de sufrimiento y alegría al mismo tiempo, y nos compromete a aceptar sus consecuencias, cuando ofrecemos el cáliz en la misa.
El texto del libro de Eclesiástico nos ofrece una oración que el autor con ánimo apesadumbrado ofrece por Israel. El pueblo necesita ser liberado y volver a encontrar su función de pueblo entre los pueblos: la ser testigo de las promesas de Dios y un faro de fidelidad y de amor a su Dios. Muchas veces ha sido fiel a su vocación, otras ha salido del buen camino, rompiendo la alianza que, cual cordón umbilical, le permitía estar unido a Dios. La dramática expe-riencia del exilio en Babilonia ha destruido las esperanzas, oscureciendo el horizonte y su función histórico-teológica entre los pueblos. De ahí los dos puntos de mayor interés.
El primero es la conciencia de culpa, que lleva a pedir de manera repetida el perdón de Dios, apoyándose solo en su misericordia. Los destinatarios de tal misericordia son citados como “pueblo…,” “Israel…,” Sión…,” “Jerusalén…”. “Ten piedad de nosotros, Señor, Dios del mundo, … del pueblo que lleva tu nombre, … de Israel, a quien hiciste tu primogénito… de tu ciudad santa, Jerusalén… llena a Sión de tu alabanza…” La insistencia en la palabra “tu” es, por una parte, para recordar a Dios el compromiso que adquirió con su pue-blo, en virtud de la alianza y, por otra, para recordar al pueblo su pertenencia a Dios, a pesar de sus pecados.
Luego alude a la globalidad, es decir, inserta a Israel en el tejido mundial. Ya no aparece el elemento distintivo : “Nosotros somos tu pueblo, en oposición a los otros que no lo son”, sino que empieza a despuntar una con-ciencia de lo que son, en función de la tarea que supera las fronteras de Israel “Derrama tu terror sobre todas las naciones. Que te conozcan, como nosotros te hemos conocido, porque no hay Dios fuera de ti, Señor. Y todos los habitantes de la tierra reconozcan que tú eres el Señor, el Dios eterno!” Va apareciendo una conciencia misionera y universalista. El Nuevo Testamento está ya a la puerta, y esto se llama evangelización.
El evangelio nos trae un elemento importante, primero el tercer anuncio de la pasión y resurrección y luego la absurda petición de Santiago y Juan.
Jesús no hace de lo que le espera un misterio. Va libremente y con conciencia al encuentro de su destino de muerte, iluminada por el resplandor de la resurrección. Otro elemento importante en el pedido de Santiago y Juan, se rompe el grupo. Pretenden un reconocimiento que les confiera autoridad y superioridad sobre los otros. Aquí hay dos errores, primero, entienden la gloria en sentido muy humano y segundo buscan seguridad para el futuro, como un seguro de vida que les ponga a cubierto de sorpresas desagradables. Buscan un reconocimiento que los distinga sin ofrecer nada a cambio o sin méritos manifiestos.
Jesús responde con dureza, acusándolos de ignorancia. Les ofrece la imagen “del cáliz a beber” que ha sido preparado para poder compartir la alegría de ser comensales en la mesa del Maestro. Efectivamente Santiago será el primer mártir entre los apóstoles (en el año 44 de Cristo) y Juan dará tes-timonio con la fidelidad de su amor hasta que llegue su muerte, ya muy ancia-no.
Jesús afirma que él no asigna puestos y lo remite de manera sutil a Dios “para quienes está reservado…” El cambio es total, se pasa de una petición: “queremos que nos concedas lo que vamos a pedirte…” a la atención a la voluntad de Dios. El es quien dispone, él es quien determina. Pero la petición ha producido una ruptura en el grupo, dos contra diez. Jesús los acerca a su persona, casi como para transmitir su calor afectivo, y les propone un nuevo modo de ejercer la autoridad, pasando del autoritarismo al servicio. El que ocupa puestos de prestigio no debe sobresalir, y mucho menos explotar a los otros o sacar ventajas personales. Jesús reconoce la necesidad de que haya jefes, responsables. Pero cambia de una manera radical su función. Eso no es idealismo ni fantasía, Jesús es el modelo del nuevo proyecto de autoridad. El, el superior, pone su vida a disponibilidad de todos, es decir, de los inferiores. Su muerte en la cruz será la marca de su autoridad, que es un servicio de amor.
ORA Y REFLESIONA: repite y vive hoy la Palabra: “”Y todos los habitantes de la tierra reconozcan que tú eres el Señor, el Dios eterno…” (Eclesiástico 36,17)
Oración
Oh Señor, que nos das la vida, no permitas que nunca busquemos la gloria y el poder sino que sigamos tu ejemplo, que te hizo humilde servidor, aún hasta la muerte en la cruz. Concédenos que vivamos no como señores y dueños de los demás o que rehuyamos el sufrimiento por el honor de tu nombre. Amén.
Homilía
Viviendo una nueva vida de servicio.
Las inundaciones pueden ser devastadoras. El poder desatado de las aguas es algo que cualquiera que lo experimentó en New Orleans en 2005 lo temerá por toda la vida. La palabra griega usada para hablar del bautismo significa inundado, sumergido. Cuando los primeros cristianos eran bauti-zados eran sumergidos tres veces en las aguas, una experiencia muy cercado a ahogarse.
Cuando Jesús le pregunta a Santiago y a Juan si podían participar en su bautismo y beber la copa que el bebería, estaba probando su compromiso con él a pesar de la inevitabilidad del sufrimiento y la muerte. Si cuando nos bautizaron tuvimos la experiencia de ser sumergido en las aguas, y el bautismo de los adultos está volviendo a la antigua práctica, también nosotros experimentamos el morir, al antiguo ser de pecado para poder resucitar con Cristo a una nueva persona, a un nuevo ser.
Como bautizados cristianos no podemos vivir como los paganos que tiranizan y oprimen, sino como siervos de los demás. Nuestro ejemplo es el mismo Cristo cuyo servicio no se limitó a las palabras y las acciones de su vida, sino que se entregó hasta su misma vida por todos.
Sin embargo, la copa que bebemos con Cristo es también la copa de la alegría, el banquete del Reino de Dios. Es una copa, de sufrimiento y alegría al mismo tiempo, y nos compromete a aceptar sus consecuencias, cuando ofrecemos el cáliz en la misa.
El texto del libro de Eclesiástico nos ofrece una oración que el autor con ánimo apesadumbrado ofrece por Israel. El pueblo necesita ser liberado y volver a encontrar su función de pueblo entre los pueblos: la ser testigo de las promesas de Dios y un faro de fidelidad y de amor a su Dios. Muchas veces ha sido fiel a su vocación, otras ha salido del buen camino, rompiendo la alianza que, cual cordón umbilical, le permitía estar unido a Dios. La dramática expe-riencia del exilio en Babilonia ha destruido las esperanzas, oscureciendo el horizonte y su función histórico-teológica entre los pueblos. De ahí los dos puntos de mayor interés.
El primero es la conciencia de culpa, que lleva a pedir de manera repetida el perdón de Dios, apoyándose solo en su misericordia. Los destinatarios de tal misericordia son citados como “pueblo…,” “Israel…,” Sión…,” “Jerusalén…”. “Ten piedad de nosotros, Señor, Dios del mundo, … del pueblo que lleva tu nombre, … de Israel, a quien hiciste tu primogénito… de tu ciudad santa, Jerusalén… llena a Sión de tu alabanza…” La insistencia en la palabra “tu” es, por una parte, para recordar a Dios el compromiso que adquirió con su pue-blo, en virtud de la alianza y, por otra, para recordar al pueblo su pertenencia a Dios, a pesar de sus pecados.
Luego alude a la globalidad, es decir, inserta a Israel en el tejido mundial. Ya no aparece el elemento distintivo : “Nosotros somos tu pueblo, en oposición a los otros que no lo son”, sino que empieza a despuntar una con-ciencia de lo que son, en función de la tarea que supera las fronteras de Israel “Derrama tu terror sobre todas las naciones. Que te conozcan, como nosotros te hemos conocido, porque no hay Dios fuera de ti, Señor. Y todos los habitantes de la tierra reconozcan que tú eres el Señor, el Dios eterno!” Va apareciendo una conciencia misionera y universalista. El Nuevo Testamento está ya a la puerta, y esto se llama evangelización.
El evangelio nos trae un elemento importante, primero el tercer anuncio de la pasión y resurrección y luego la absurda petición de Santiago y Juan.
Jesús no hace de lo que le espera un misterio. Va libremente y con conciencia al encuentro de su destino de muerte, iluminada por el resplandor de la resurrección. Otro elemento importante en el pedido de Santiago y Juan, se rompe el grupo. Pretenden un reconocimiento que les confiera autoridad y superioridad sobre los otros. Aquí hay dos errores, primero, entienden la gloria en sentido muy humano y segundo buscan seguridad para el futuro, como un seguro de vida que les ponga a cubierto de sorpresas desagradables. Buscan un reconocimiento que los distinga sin ofrecer nada a cambio o sin méritos manifiestos.
Jesús responde con dureza, acusándolos de ignorancia. Les ofrece la imagen “del cáliz a beber” que ha sido preparado para poder compartir la alegría de ser comensales en la mesa del Maestro. Efectivamente Santiago será el primer mártir entre los apóstoles (en el año 44 de Cristo) y Juan dará tes-timonio con la fidelidad de su amor hasta que llegue su muerte, ya muy ancia-no.
Jesús afirma que él no asigna puestos y lo remite de manera sutil a Dios “para quienes está reservado…” El cambio es total, se pasa de una petición: “queremos que nos concedas lo que vamos a pedirte…” a la atención a la voluntad de Dios. El es quien dispone, él es quien determina. Pero la petición ha producido una ruptura en el grupo, dos contra diez. Jesús los acerca a su persona, casi como para transmitir su calor afectivo, y les propone un nuevo modo de ejercer la autoridad, pasando del autoritarismo al servicio. El que ocupa puestos de prestigio no debe sobresalir, y mucho menos explotar a los otros o sacar ventajas personales. Jesús reconoce la necesidad de que haya jefes, responsables. Pero cambia de una manera radical su función. Eso no es idealismo ni fantasía, Jesús es el modelo del nuevo proyecto de autoridad. El, el superior, pone su vida a disponibilidad de todos, es decir, de los inferiores. Su muerte en la cruz será la marca de su autoridad, que es un servicio de amor.
ORA Y REFLESIONA: repite y vive hoy la Palabra: “”Y todos los habitantes de la tierra reconozcan que tú eres el Señor, el Dios eterno…” (Eclesiástico 36,17)
Oración
Oh Señor, que nos das la vida, no permitas que nunca busquemos la gloria y el poder sino que sigamos tu ejemplo, que te hizo humilde servidor, aún hasta la muerte en la cruz. Concédenos que vivamos no como señores y dueños de los demás o que rehuyamos el sufrimiento por el honor de tu nombre. Amén.
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