Lunes 11 de junio del 2007
“Felices, dichosos, bienaventurados, ustedes…”
Lecturas: Segunda Carta a los Corintios 1,1-7; Salmo 33, 2-9: Mateo 5 1-12
Hoy celebramos la fiesta del apóstol Bernabé, de quien dice el Libro de los Hechos que “era un hombre de bien, lleno del Espíritu Santo y de fe…” Nacido en Chipre, encuentro a los apóstoles y se convierte y vive en la iglesia de Jerusalén.
Su nombre significa “el hijo del animador”, aunque su real nombre era José, pero como era tan experto, podríamos decir, en animar y entusiasmar a la comunidad le dieron el nombre de Bernabé. En Antioquía encuentra a Pablo a quien se une. Cuando su misión en Antioquía termina, él y Pablo salen de nuevo, al gran viaje misionero que llevó a tantos a convertirse al Señor Jesús.
Pero volvamos a las lecturas de hoy. La Segunda Carta a los Corintios sale de Efeso a finales del año 57. El ambiente en que nace la carta es un tiempo en que pablo se siente afligido por repetidas preocupaciones, angustias, gravísimas persecuciones entre la revuelta en Éfeso que le obliga a huir y el primer arresto en Jerusalén en la fiesta de Pentecostés del año 58. También en la iglesia de Corinto, al menos algunos personajes de la misma, son responsables de las tristezas de Pablo que funda esta iglesia, lo de siempre: denigraciones, malentendidos, conflictos en la comunidad y crisis moral. Por eso el mismo Pablo dice “la escribe con angustia en el corazón, y con muchas lágrimas (2 Corintios 2,4). Con todo los corintios le habían procurado alegrías, en particular el “éxito” de aquella carta dura, la respetuosa reconciliación y la recuperación de la confianza recíproca. Pablo reconoce en ello el consuelo que le viene del mismo Dios y que es posible transmitir a los hermanos. Los versículos 8 y 11, que se omiten en la lectura, enumeran algunos sufrimientos padecidos y liberaciones obtenidas también a través de la oración de muchos.
La ubicación en el evangelio de Mateo, del llamado el “sermón del monte” constituye la introducción de la enseñanza del joven rabí, Jesús itinerante maestro de Nazaret. Ya se ve el estilo de su enseñanza, innovadora, promo-cional, explosiva, y es como la semilla de las enseñanzas que vendrán después. Mateo refiere palabras anteriores pronunciadas por Jesús, fundamentalmente resumidas, como las iniciales del “arrepentíos está llegando el Reino de los cielos…” (4,17) y aquellas con que llamó a los primeros discípulos: “se-guidme…” (4,19) donde se presenta un comienzo del seguimiento: “discípulo” coincide con “bienaventurado.” Esto es importante para nosotros entenderlo, pues equivale a afirmar, que en el principio de toda vocación cristiana, se encuentra la conversión a las bienaventuranzas, en las por irá progresando.
La palabra “bienaventurado…” equivale a “discípulo…” Mateo y Lucas em-plean no menos de catorce veces la palabra “bienaventurado” que en griego se dice makários y en latín “beatus” y en ambas tienen la característica gramatical, que aparece en singular y plural y como masculino y femenino, y y ambos la sitúan con atributos de seguimiento, discipulado. Las nueve bienaventuranzas enumeradas por Mateo nos dan un aspecto de la identidad del discípulo, y esta identidad centrada, son únicas y referidas a Dios, y en primer lugar al Espíritu que hace comprender y obrar, como también a su Reino. En la primera se habla “de pobres de espíritu” y de la promesa del Reino. “Pobres de espíritu…” aquellos cuya fuerza es el Espíritu porque ellos son “pobres”, necesitados. Vamos a ver luego que en la continuación del “sermón del monte…” se encuentra una serie de explicitaciones prácticas de estas nueve afirmaciones de presentación del proyecto evangélico.
Esta semana y la siguiente están iluminadas por los pensamientos que Pablo nos confía en la segunda carta a la comunidad de Corinto y están animadas por el desafío lanzado por Jesús a los discípulos en el sermón del monte, o sea con las nuevas bienaventuranzas y el comentario según Mateo en los capítulos 5 al 7.
Desafío que une los dos mensajes de Jesús y Pablo: un desafío parte de la imagen del siervo del evangelio que Pablo lo presenta al decirnos su identidad: “apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios…” y el otro desafío de la identidad del discípulo evangélico, colocado por Jesús, más allá de lo ordinario, en las bienaventuranzas.
EL comienzo de la Carta de Pablo y el sermón de Jesús, coinciden asimismo en el anuncio y la experiencia de una felicidad. Pablo identifica la felicidad con el consuelo recibido como don de Dios, Padre misericordioso y compartido con los hermanos. Jesús identifica la felicidad con la bienaventuranza como conciencia de esos dones confiados a la persona humana convertida en “dis-cípulo”. Esta felicidad se puede expresar con algunos sinónimos: alegría, sere-nidad, exultación, bienestar, fortuna, consuelo y bienaventuranza preci-samente. La felicidad es anhelo inagotable e insaciable del corazón humano: un corazón individual, colectivo, universal. La respuesta a esto es lo del salmo de hoy: “gustad y ved qué bueno es el Señor.” Por eso lo expresamos en gratitud por el camino de la pobreza iluminada por el Espíritu; gracias por el camino de aflicción serenada por el consuelo de Señor; gracias por el camino de la mansedumbre frecuentada por los hijos de Dios; gracias por el camino de justicia en la experiencia de la gracia que nos sacia; por el camino de misericordia alegrada por el compartir la misericordia; por el camino de la pureza del corazón orientada a la visión divina; por el camino de las cruces siguiendo las huellas de Jesús crucificado, Jesucristo el resucitado, que ahora vive glorioso.
ORA Y REFELXIONA, repite con frecuencia y vie la Palabra: “Dichosos los que están tristes, porque Dios los consolará…” (Mateo 5,4)
ORACION
Señor Jesús tú sabes que en los valores del mundo no cuenta la pobreza, pues es renunciar a la ambición de poseer, del tener. Implica la perdida de nuestra reputación, el pobre sólo merece desprecio, a quien elige la pobreza se le considera como un loco. A los ojos de la sociedad, Señor, la pobreza es escándalo. Haz que la apreciemos no como escándalo sino como el “poder de Dios.” Que tu Espíritu sea nuestra riqueza y seremos bienaventurado y discípulos tuyos. Amén

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