TIEMPO ORDINARIO 2007
Martes 12 de junio del 2007
Es Dios quien no da la grandeza
En 1954, un joven llamado Classius Clay encontró que le habían robado la bicicleta. El le dijo a la policía que iba a destrozar al ladrón. La policía le dijo, que antes de destrozar a alguien, aprendiera a pelear correctamente. Al día siguiente comenzó las clases de boxeo que le enseñaría “a volar como una mariposa y picar como una abeja…” Hoy lo conocemos como Mahammad Alí, él sería aclamado como el mejor campeón de los pesos pesados de todos los tiempos y pudo decir orgullosamente: “Yo soy el mejor… de todos.”
Tal vez esto fue un simple grito de orgullo, pero también es algo de legitimo orgullo. Y es algo que Pablo habla hoy cuando se refiere a la firmeza de Dios. Como no hubo un “sí” o un “no” acerca de Jesús, así no hay un “sí’ y un “no”, ni indecisión acerca de Dios. El amor de Dios por nosotros es absoluto e ilimitado; la acción redentora de Jesús siempre está a nuestro alcance, y nunca mejor que aquí en la eucaristía. Pablo nos dice que Dios “nos ha marcado con su sello” , como los sellos de cera usado en los documentos antiguos para autenticar un documento. Más aún por el Espíritu Santo, Dios nos ha dado una promesa, una garantía y aún un pregustar del premio que nos aguarda. No tenemos nada de enorgullecernos, pero con ello vienen obligaciones. Primero volvernos como dice Jesús “sal de la tierra” y “luz del mundo” dando sabor e iluminando por la manera que vivimos nuestras vidas. Y segundo viviendo siempre agradecidos a nuestro Dios que hace posible nuestro humilde enorgullecernos de nuestra dignidad en Dios.
El uso que hace Pablo del “si” y el “no” puede ser que lo hubiera aprendido de Jesús. Jesús dice: “Que vuestra palabra sea sí cuando es sí y no cuando es no”, (Mateo 5,37) Recordemos que Santiago emplea el mismo dicho de Jesús (Santiago 5,12). El orgullo de Pablo se funda en su propia identidad. “El es “apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios”… (2 Corintios 1,1) y él en la comunidad de Corinto es un colaborador (2,4) comparte la confirmación por parte de Dios en Cristo (21) “y es Dios quien nos mantiene unidos a Cristo, quien nos ha consagrado…” esto es el bautismo que nos da la unción, del sello de la prenda del Espíritu Santo, de donde viene la misión de la evangelización, que nace de Cristo a quien estamos unidos (Lucas 4,18) y la participación en la identidad sacerdotal del mismo Cristo (Juan 6,27), y en los carismas (dones en favor de la comunidad) que para Pablo son el apostolado, el ministerio de la Palabra, la enseñanza (Romanos 12,5-7), así como el carisma más grande, a saber, el amor (1 Corintios 13,13). Ese amor que Pablo manifiesta a los hermanos de Corinto (2 Corintios 2,8-11)
En el evangelio Jesús comienza a poner en claro las bienaventuranzas y su aplicación práctica. La práctica de las bienaventuranzas es la conciencia que deben tener los discípulos de ser “la sal de la tierra” y “la luz del mundo…” Comienza diciendo “vosotros-ustedes…” los próximos a Jesús y separados del anonimato de la muchedumbre. Es el único texto donde Jesús emplea el vocablo “sal”. La imagen “luz” en cambio se repite en la enseñanza de Jesús y del Nuevo Testamento que nos hablan de la identidad de Jesús, el Cristo, “Yo soy la luz del mundo…” (Juan 8,12) y la afirmación de la Iglesia convencida de que “la Palabra es la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo…” (Juan 1,9). La “sal” indica la responsabilidad del discípulo de ser la sal de la tierra, es decir, transferir a las acciones humanas y evangélicas las características de la sal: dar sabor, conservar, purificar o preservar. Pero es una responsabilidad que implica riesgo: la sal puede perder su propio sabor y al perder su propia utilidad se vuelve inservible, La imagen de la “luz” da al discípulo la seguridad de ser reflejo de la luz que no se extingue ni traiciona su propia naturaleza luminosa y la finalidad de iluminar: el discípulos es reflejo de la luz verdadera que es Cristo.
Salar e iluminar son un servicio que Jesús confía a los discípulos. Y esto se vuelve certeza de bienaventuranza: “Felices ustedes, que sois la sal de la tierra y la luz del mundo…” Y esto explica otra bienaventuranza: “Felices los que tienen el corazón limpio, porque verán a Dios…” (Mateo 5,8) que desarrolla la imagen de “la luz”… El “ver” tiene necesidad de la luz. Del corazón iluminado y purificado procede el que seamos testigos de la luz que es Dios, que es Cristo, que son los dones divinos (Santiago 1,17). La conciencia de tal testimonio nos exhorta a no demorarnos a saborear los elogios dirigidos a nosotros, no dirigir la atención a nosotros, sino a él, que es la Fuente de la luz y origen de todo don. Es lo de Pablo no es “sí” o un “no”, es decir no es ambigüedad e incoherencia sino que “en él, para Pablo, todo ha sido “sí”. La Palabra de Jesús no permite equivocarnos: no se trata de la visibilidad de uno mismo o de nuestras bondades, sino de la visibilidad del Padre que está en el cielo, o sea, de cuanto es él y de él recibe la vida, empezando por Cristo, es el servicio que nos identifica como discípulos y nos premia con la biena-venturanza. Esto lo expresa el salmo hoy: “Haz brillar sobre nosotros, Señor, la luz de tu rostro…”
ORA Y REFELEXIONA, repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: “Brille de tal modo vuestra luz delante de los hombres para que den gloria a vuestro Padre…” (Mateo 5,16)
ORACION
Dios Padre, grande y poderoso, a pesar de nuestra debilidad podemos enorgullecernos en ti, tú eres firme como la roca e inmutable. Tú, ya nos has sellado con tu Espíritu en Cristo, y nos ha hecho tus hijos y tu Espíritu es la seguridad de que lo somos. Mantennos siempre humildemente agradecidos. Amén.

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