Las dos lecturas de hoy nos presentan el tema de la limosna. En el pasaje de la Segunda Carta a los Corintios, Pablo continúa con su pedido en favor de la comunidad de Jerusalén, mientras que el evangelio es el mismo que leemos el Miércoles de Cenizas. La limosna ha sido siempre parte de nuestra tradición y en todos los países, la Iglesia Católica, en tiempo de Cuaresma se envuelve en una campaña de limosnas para el desarrollo de los pueblos o de las comu-nidades en el mundo.
San Pablo sin embargo toca un punto importante, dice “cada uno de cómo haya decidido su conciencia; no a disgusto ni por compromiso porque Dios ama al que da con alegría…” Esta afirmación de Pablo nos desafía a pensar seriamente acerca del nivel que damos. No es algo para alardear que damos, tocar la trompeta, como dice Jesús, sino algo que cada uno está llamado a pensar en lo privado de la conciencia, “ora y reflexiona…”
Probablemente es cierto, hablando en general, que la mayoría da de lo que le sobra. En otras palabras damos de lo que podemos dar, de algo que no vamos a decir, “nos quedamos sin nada.” Pero ¿Qué pasará si nos movemos de esa actitud y damos de lo que necesitamos o sentimos que necesitamos? ¿Qué significa este cambio de actitud? ¿Daremos el diezmo de todo lo que tenemos? ¿Cuánto podemos dar si realmente lo tratamos? ¿Qué es en realidad alguien que da con alegría y qué significará esto para un mundo que sufre hambre? Estas son las preguntas que nos presentan las lecturas de hoy.
Por eso Pablo anima a los corintios a llevar a término la colecta a favor de los pobres de Jerusalén. Para eso Pablo envía a Tito a Corinto antes de que él llegue. Lo manda a Tito, amigo y colaborar, para organizar la conclusión de la empresa y recoger lo que cada uno hubiera decidido dar según los medios que dispusiera. Pablo lanza un llamado al orgullo de sus discípulos: conoce su buena voluntad y su carácter ejemplar, confía en su prontitud en escuchar y está seguro que en nada de esto será desmentido (2 Corintios 9,2-5) Recuerda algo que es obvio y adecuado para animar y motivar: el que siembra de modo miserable, solo miseria recogerá. Ni que decir que hay que decidir por una siembra abundante que producirá una cosecha abundante.
Pablo apela a la solidaridad entre gente unidas por la fe, aunque formada de diferentes culturas, como son los cristianos de Jerusalén y los corintios; los corintios saben que cuantos han sido bautizados en un solo Espíritu forman un solo cuerpo, ya sean judíos o gentiles (1 Corintios 12,13). También hay razones humanas que inducen a apoyar ciertas empresas, como el caso de la solidaridad en situaciones desfavorables, como las que pasan en Jerusalén. Pero siguen teniendo prioridad las convicciones en torno a la identidad de Dios que “ama al que da con alegría…” y de fe, la convicción que el pensar y misericordia también es don de Dios, que tiene poder para “colmaros de dones…” dice Pablo.
En el evangelio, la primera de las cuatro afirmaciones de Jesús indica la razón evangélica en las obras buenas como la limosna, la oración y el ayuno. Pero, por desgracia, la búsqueda de la admiración humana impide la recompensa del Padre. Jesús se muestra drástico: o el hombre o Dios. A la acusación de hipocresía, contra los fariseos y maestros de la Ley, Jesús añade su propia propuesta positiva, alternativa y cualificativa.
Primera alternativa: la discreción al dar limosna. La limosna es con frecuencia y gesto público (Marcos 12,41-44: en el templo; Marcos 10,46: a lo largo del camino. Jesús ejemplifica la discreción, denunciando dos actitudes negativas, la publicidad (no tocar la trompeta) y el narcisismo (“que no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha…”) otra especie de autopublicidad, de un remirar en el espejo de la propia silueta de hombres generosos. Y esto beneficia a la persona necesitada, no se la humilla con el paternalismo solapado o miradas desdeñosas. La discreción es el espacio en el que Dios recompensa: en el secreto de la conciencia.
La segunda alternativa: la soledad. A la oración le conviene la soledad. Jesús conoce y nos anima a la oración en común, como en la liturgia. El centro de la oración es Dios no el orante. El mismo Jesús se retira a menudo para orar (Marcos 1,35; Mateo 14,23; Lucas 5,16). Esta soledad no es aislamiento o rechazo del otro, hacia los cuales el orante a de volver recompensado por el Padre, o sea con la gracia de la filiación y con una madura sentido de frater-nidad.
La tercera alternativa: la normalidad. El ayuno como signo penitencial debe ser acompañado de la normalidad exterior. El ayuno es un signo penitencial y un entrenamiento espiritual en el que la austeridad, el control autocrítico donde nada es ocasión exhibicionismo o se ponen en peligro por una finalidad egoísta. Jesús ayunó en soledad (Mateo 4,2), aun cuando tanto él como los discípulos se sentían libres de la fórmula envejecida de las tradiciones (Mateo 9,15) sin bien Jesús estaba convencido que cierto tipo de demonios no pueden ser expulsados más que con la oración y el ayuno (Marcos 9,29).
EL centro de las innovaciones y alternativas de Jesús es la recompensa por parte del Padre: “el secreto” no es la “ocultación” de la clandestinidad, ni tiene nada que ver con lo exotérico o el culto, es más bien la intimidad de una experiencia personal que vive y no se llega a decir: se atestigua.
Pablo habla de esta recompensa del Padre diciendo que es un pasar de hacer dones con alegría (episodios de bondad) a ser donantes felices, (continuidad). Quien ha recibido la ordenar de considerar al prójimo como así mismo (Lucas 19,18) no debe considerarlo así solamente un día, sino toda la vida; a quien se le ha ordenado que dé todo lo que se le pida (Mateo 7,12) se le pedirá que haga también esto a los otros....)
ORA Y REFLEXIONA: repite y vive hoy la Palabra: “Tú, cuando ores, entra en tu habitación, cierra la puerta, y ora a tu Padre, que está en lo secreto…” (Mateo 6,6)
ORACION
Padre santo, mueve en nosotros el espíritu de generosidad que hace posible que demos como tú nos das. Danos el poder y la convicción de dar de lo que necesitamos que nos ayudará a cambiar el modo de vivir del mundo donde nos has puesto. Amén

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