Me gusta dialogar, con mis amigos y con cualquiera, rasgo que heredé de mi madre, quien se hacia encontradiza con todo el que pasara por su camino para dialogar. Ella era de esas personas que gozaba de la conversación.
A todos los llamo “vecino”, porque eso somos en este mundo mientras caminamos por la vida al encuentro de la Vida, donde el diálogo y la convivencia serán eternos. “Conocer las Escrituras es conocer a Jesucristo”, decía San Jerónimo. Y el Concilio Vaticano II nos urge a leer asiduamente las Escrituras. La iglesia lo hace cada día, lee, medita, ora, predica y celebra las Escrituras vivas en la persona de Jesús y en la vida de sus miembros. Esto es lo que les ofrezco, las lecturas que la Iglesia usa cada día y una reflexión y cómo orar con ellas “para adquirir, como dice Pablo, el conocimiento de Jesucristo.” Los invito a caminar, como Jesús con los discípulos de Emaús, para que al final del camino “lo conozcamos al partir el pan".



miércoles, 6 de junio de 2007

TIEMPO ORDINARIO

Tobías 3,1-11; Salmo 24,2-9; Marcos 12,18-27

HOMILIA Y ORACION

Martín Luther King decía que Dios había preparado a los discípulos para enfrentar a un mundo difícil y hostil, donde “ellos iban a enfrentar a hombres arrogantes y fríos cuyos corazones habían sido endurecidos por el largo invierno del tradicionalismo…” Y esto aparece claro en el capítulo 12 de Marcos que estamos leyendo esta semana. Cada día Jesús se enfrenta con los endu-recidos tradicionalistas, hombres que tenía el poder en la sociedad judía, pero Jesús se mantiene lleno de firmeza frente a ellos. Por eso Martín Luther King, dice que todo hombre firme tiene que tener dos características, una mente firme y un corazón tierno. Para Jesús hubiera sido fácil seguirle el juego a los saduceos, manteniéndose en una continua discusión acerca de las cosas que nos esperan después de la muerte, pero apenas se digna darles una respuesta…”

Lo mismo nosotros cuando nos metemos en el diálogo con otros, con frecuencia nos guiamos por la costumbre de actuar con tacto, que a veces aparece más un estar de acuerdo con ellos y la aprobarlos. Pero Jesús, sincero y honesto como era, no necesitaba de ninguna aprobación. Muchas veces estamos llamados a expresar, a afirmar la verdad tal cual es y nuestra posición. Sea esto en el ámbito de la política, la vida social o en nuestra familia y comunidad. Si somos de esas personas que tienden a estar de acuerdo con todo y con todos, no quiere decir que tenemos que empezar a decir cosas hirientes. No, por el contrario, debemos no callar, tenemos que tomar la actitud de controlarnos, dejarnos guiar por la oración y la firmeza y practicar cómo expresarnos con integridad y honestidad, con tacto, amor y compasión. Nunca practicaremos demasiado estas actitudes que nacen de nuestra fe.

Tenemos un ejemplo de esto, en las dos oraciones, la de Tobías y la joven Sara, que son las más preciosas oraciones del todo el libro de Tobías. La oración de Tobías nace del dolor, oración hecha entre lágrimas (¡ante Dios también se puede llorar!) La oración “es estar delante de Dios con nuestra verdad…” Aparecen dos notas en la oración de Tobías. Aunque su vida parece no tener salida continúa confiando en el Señor que es justo, leal y miseri-cordioso. A Dios no hay que reprocharle nada. La segunda, es que le pide lo único que le parece posible: en su dolor sin salida, pide la muerte, como hizo Elías (1 Reyes 19) Pero Dios no le da a Tobías la muerte sino la vida, para Dios nunca hay una situación sin salida. Y afortunadamente no siempre nos da lo que le pedimos.

La oración de Sara, desesperada e insultada, también sin futuro en la vida, se produce al mismo tiempo que la de Tobías. Tampoco Sara cae en la deses-peración, se pone ante el Señor, le suplica con lágrimas y le pide ser liberada de su desgracia, que aparece acompañarla con una maldición: se ha casado siete veces y en todas ellas ha muerto su marido en la noche de bodas. Sara no pide la muerte, tal vez es demasiado joven para pedirla, sino la liberación.
No siempre acaban bien las cosas de la vida. Esta también conoce el silencio, aparente de Dios. Pero aquí, el relato es edificante, todo acaba bien. Dios acoge la oración de Tobías y Sara y les envía un ángel para socorrerlos.

En el evangelio nos encontramos con los saduceos, la mayoría del grupo de la aristocracia sacerdotal, se distinguían de los fariseos en dos temas, pri-mero negaban el valor de las tradiciones, a las que los fariseos estaban muy apegados y afirmaban que solo la Torá era la guía de sus vidas, y en segundo lugar, negaban la resurrección de los muertos citando textos bíblicos como el de Génesis 3,19: “eres polvo y en polvo te convertirás….” Y en la historia que presentan a Jesús se vuelven irónicos, ¿de quien será esposa en la eternidad si se ha casado con siete?. Los fariseos afirmaban la resurrección citando ellos textos bíblicos bien conocidos (Ezequiel 37,8 y Job 10,11).

Jesús no se deja encerrar en los términos en que se plantea el debate; los rompe y los destroza desde dentro. La resurrección está afirmada por la Escritura, por lo tanto los saduceos cometen un grave error al negarla, pero no es cuestión de citar un texto u otro. Para Jesús tenemos que ir al centro de la Escritura, allí se atestigua (Éxodo 3,6) que Dios es un Dios de vivos, Dios de la vida no de la muerte. Esta es la razón que autoriza la fe en la resurrección: Dios es fiel y ama la vida, y no es posible que haya creado al hombre con sed de vida para abandonarlo al final, a la muerte. Pero la respuesta no va solo contra los saduceos incluye a los fariseos también, porque algunos concebían la resurrección en términos supersticiosos, materiales, prestándose a la ironía de los saduceos. La vida de los resucitados, declara Jesús, no tiene que ser pensada en términos de este mundo. Se trata de una vida diferente: “ni ellos se casarán…’

Tobías y Sara nos enseñan a abrirnos al Otro, a ese Otro de quien saben que dependen como criatura, no se dirigen a é lpara contarle su sufrimiento sino su adoración, la admiración que sienten por su justicia y su ilimitada confianza en él. Saben que Dios “tiene un corazón más grande” que es un Dios de vida. Nosotros pecamos por encerrarnos en el círculo de “nuestros” problemas, ellos se sienten parte del drama más general del pueblo, encerrado en el exilio en Asiria. Saben que Dios ni tiene que ver ni quiere el sufrimiento. Nuestro Dios es un Dios de vida. A Cristo lo llamamos “varón de dolores…” experto en el sufrimiento.
ORA Y REFLEXIONA, repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: “Señor, tú actúas siempre con misericordia, con lealtad y justicia…” (Tobías 3,2)

ORACION

Señor Jesús, enséñanos que hay momentos que necesitamos ser firmes en la mente y el corazón, y momentos donde debemos ser tiernos de corazón. Haznos aprender de tus enseñanzas de sinceridad, de sabiduría, de tu com-pasión y de tu valentía. Amén.

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