San Alfonso María de Ligorio fue un gran santo en la ciudad de Nápoles, Italia. Vivió una vida muy larga en el siglo 18. Y en su vida se narra que estando ya muy viejo en un monasterio en la ciudad de Pagani, vio un día que el gran volcán del Vesubio empezaba a echar humo y fuego. Desde la quietud del monasterio Alfonso rezó y levantó las manos en bendición y con el signo de la cruz el volcán dejó de echar humo y fuego. Este relato aunque admirable no es nada en comparación del gran esfuerzo del santo que dedicó su vida a atraer a los pecadores al camino del Señor. Cualquier daño, que un volcán puede ocasionar, no es nada en comparación con el daño que la malicia y el pecado humano puede causar cada día. ¿Lo pensamos? No.
En el evangelio de Mateo se ve el poder de Jesús de curar toda enfermedad, de calmar tormentas, de curar a personas perturbadas mentalmente, y hoy, de perdonar los pecados del paralítico. El poder de Jesús cubre toda enfermedad humana, y poco a poco vemos cómo enfrenta la maldad del pecado. Las tristezas de su vida fueron muchas, pero la gran tristeza de su vida es la destrucción de la paz y la felicidad debido al egoísmo, a la avaricia y la crueldad. ¿Lo pensamos? No.
Dios es un Dios de amor. Lo decimos fácil. Abram lo descubre en la montaña del sacrificio, Dios no es un Dios de muerte sino de vida, un Dios que ama al ser humano para que llegue a toda su realidad, a la que él lo ha destinado. El Señor levanta la mano para bendecir, y nosotros hemos recibido su bendición. Por eso tenemos que pedir que la paz de Cristo anide en nuestro corazón, que nuestras vidas sean una bendición y sanación para el mundo donde vivimos.
La primera lectura nos muestra una belleza de obra maestra. Y nos muestra cuatro bellezas que contiene todo lugar de culto. Y este lugar será después identificado con el lugar donde se levanta el templo de Jerusalén. La historia critica y condena los sacrificios humanos; la prueba de la fe y por último la ratificación de la promesa hecha por Dios a Abram. Más allá de todo esto, el relato se presenta siempre vivo, actual y comprometedor. Antes que nada el lector debe saber que se trata de “una prueba” en la que Dios verifica la fe y la obediencia de Abram, el cual con prontitud que dice: “aquí estoy…” y toma a su amadísimo hijo para ejecutar la paradójica orden de Dios.
La historia no habla de los sentimientos de Abram que camina tres días, esto demuestra que su obediencia ha sido ampliamente reflexionada y deci-dida. Es notable, que entre los diferentes gestos se hable de “la atadura” de Isaac, que se somete voluntariamente al sacrificio.
Los cristianos siempre hemos visto en este sacrificio del amadísimo hijo de Abram, el único y perfecto sacrificio de Cristo en la cruz. De él se puede deducir que Dios “se deja ver” cuando “ve” el corazón del hombre que le busca, tras la noche oscura de la fe, y llega a saber que Dios “provee” siempre.
El ángel del Señor, muestra a Isaac en su papel de hijo de la fe que abre la descendencia de la promesa de que “todas las naciones alcanzarán la bendición. “
El evangelio, nos muestra otro Isaac, hijo amadísimo de Dios, el paralítico. El relato se centra en el poder de Dios de perdonar, lo podemos ver en Marcos 2,1-12) Mateo omite los detalles de Marcos de que los camilleros abren el techo y bajan al paralítico frente a Jesús, y centra su atención en las palabras de Jesús: “Animo, hijo, tus pecados te son perdonados… (9,2) donde él se identifica con Dios, el único que puede perdonar. Los maestros de la Ley captan enseguida la “blasfemia”, puesto que el perdonar es una prerrogativa divina (Éxodo 34,6ss; Salmo 25,18, Salmo 32,1-5) Sin embargo Jesús desen-mascarando la maldad de sus corazones, afirma con claridad la razón del milagro: son signos para manifestar el poder que tiene de Dios de perdonar los pecados, gestos con que el hombre está ibloqueado en la parálisis, una parálisis que anticipa la muerte. La parálisis impide al hombre, llamado a caminar para llegar a la verdadera casa: el amor del Padre, único lugar donde puede saborear la paz y el reposo.
En efecto, Jesús ha venido a dar a los hombres (9,8) el poder de Dios, para que en el perdón recíproco entre hermanos se manifieste la gloria del Padre en la tierra. A nosotros, la comunidad cristiana, nos ha sido confiada, por lo tanto, la prerrogativa de perdonar como somos perdonados, de amar como somos amados, para llevar a cabo el Reino para el que él nos ha creado y redimido.
Podemos decir que en la vida de todo creyente, llega el momento que Dios “nos pone a prueba”. Es el momento en que Dios deja de ser para nosotros el Dios bueno y amante que nos ha colmado de favores para convertirse, de una manera inexplicable, en el patrón exigente de sus dones a quien hemos de devolverle todo. Es el momento donde faltándonos la seguridad solo nos queda la fe, una fe pura y exigente que nos pide “esperar contra toda esperanza” todo lo que nos había dado, tal vez la vida, los talentos recibidos, las personas queridas. Nos queda sólo él, convertido en el Otro. Dichoso el que sepa conocer la “hora” y recorra como Abram el camino hacia el lugar del sacrificio. Dichoso quien pueda subir con él, sin proferir un solo lamento, sin una protesta, la montaña de la ofrenda. Nuestra vida es caminar el camino de la fe y la obediencia, para transformarnos en aquel Dios, que por nosotros, sacrificó a su Hijo amado, el verdadero Isaac.
ORA Y REFLEXIONA: repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: “Sé en quien he puesto mi confianza…” (2 Timoteo 1,12)
ORACION
Padre, escucha nuestra oración por la paz del mundo. Cambia nuestros pensamientos de destrucción. Danos la gracia de ser pacientes en medio de las pruebas. Ayúdanos a perdonar a los que se consideran nuestros enemigos y a vivir en paz con todos. Por Cristo el Señor. Amén

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