TIEMPO ORDINARIO 2007
La Buena Noticia rechazada
El deseo de Dios de que todos los pueblos lleguen a la plenitud de la vida es algo que como un hilo de oro corre toda la Biblia. La ley fue dada para guiar la conducta de los pueblos, los profetas fueron enviados para animar al arrepentimiento y al recto vivir. Al dar su vida por nosotros Jesús vino a revelarnos a su Padre lleno de amor. En la parábola del hijo pródigo Jesús nos presenta al padre esperando pacientemente la vuelta de su hijo. En la cruz Jesús pide perdón por aquellos que lo han crucificado. En todo este marco se muestra hoy que los apóstoles tienen que sacudirse el polvo de sus sandalias y las palabras de condenación nos dejan un poco desconcertados. Parecen demasiado duras.
Nos puede ayudar a entender si consideramos quien escuchó a Jesús y quien, no. En medio de sus oyentes estaban personas de buen corazón. Y los despreciados de la sociedad, los pecadores y los publicanos. Esto se sintieron movidos en su corazón por las señales y las enseñanzas de Jesús. Y entre ellos estaban los líderes religiosos, que pensaron que lo sabían todo, y es posible que entre ellos había otros que habían abandonado toda religión y habían cerrado sus mentes a todo mensaje.
Podemos ver que la condenación está reservada para aquellos que entendieron el mensaje y lo rechazaron. Se dieron cuenta que aceptar el men-saje llevaba consigo el cambiar del corazón, pero rehusaron cambiar, y en-tonces rechazaron el perdón amoroso de Dios.
La historia del Génesis comienza mostrando a Judá pidiendo que José lo tome a él en lugar de Benjamín, por la promesa que le ha hecho a su padre de devolverle a Benjamín sano y salvo: “Yo me hago responsable, a mí me pedirás cuenta…” (48,8ss). La segunda parte narra cómo José revela su propia identidad, después de tratarlos duramente para ponerlos a prueba (42,15)
Las palabras de Judá indican el camino auténtico del cambio, de conversión: tanto él como sus hermanos, que en un tiempo no tuvieron escrúpulos de vender a José, en buscar algún tipo de ganancia con su desaparición, ahora, delante de José, no están dispuestos a dejar lejos de su padre a Benjamín. Las palabras de Judá muestran que el pasado no debe determinar el presente ni el futuro. La respuesta de José es la revelación de su identidad junto una com-prensión de la historia que recurre a la providencia divina: “No estéis angustiados, ni os pese el haberme vendido, pues Dios me envió delante de ustedes para salvar sus vidas…” (45,5)
En la trama de los acontecimientos interviene una mano poderosa que dirige los senderos de la vida: lo que había sido un hecho cruel es releído e inter-pretado ahora en un horizonte más amplio de la historia de la salvación. Dios engendra salvación incluso del mal; hasta en las contradicciones, en las amar-guras de la historia humana interviene Dios parar traer luz. La reconciliación de José con sus hermanos, su acto de perdón, descansan en la relación que tiene con Dios. “Yo soy un hombre que teme a Dios…” dijo José. (42,18) estas palabras nos dan a entender el horizonte donde se pone José el encuentro con sus hermanos. El temor de Dios abre el corazón del creyente a la reconciliación y a la fraternidad que se establece en el diálogo vivido en paz.
El evangelio nos da una instrucción sobre las tareas y las prácticas misio-neras. Recordamos que los discípulos fueron elegidos y enviados. Llamados a estar con el Señor (Marcos 3,12) y ser enviados por los caminos de los hombres a hacer resonar la Buena Noticia: “Se ha cumplido el plazo y está llegando el Reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio…” (Marcos 1,15) Son enviados a dar testimonio a darle voz a la Palabra de misericordia y salvación (7), a contar la novedad de Jesucristo, que cuida del débil, libera de la muerte y la mentira, restituyendo al hombre a sí mismo. En esto continúa el discípulo la obra del Maestro.. Y el discípulo al ponerse al servicio del evangelio pone el acento en el don: “gratis lo recibisteis, dadlo gratis…” (8) La gratuidad y la pobreza en la misión constituyen el testimonio de que el discípulo cuenta con una sola seguridad y tiene un único objetivo, su Señor y su palabra: “No andéis preocupados sobre el comer y el vestido…” (Mateo 6,25). Y esto lleva a crear una circulación de gracia y de vida entre el que anuncia y atestigua y el que acoge. Una circulación que hace visible la conciencia de la filiación divina de cada creyente, abre a la fraternidad y da cumplimiento a la promesa de la paz mesiánica en la comunidad.
Al ser enviado “el discípulo aprende”, y la palabra discípulo viene del verbo latino discere, “aprender”; aprende la alegría y la fatiga de participar en la realización de la promesa y convertirse en instrumento eficaz, aun en medio de la debilidad, de la misión del Hijo de Dios entre los hombres.
EL discípulo en su caminar, vive la certeza de haber recibido y tener que custodiar un don precioso, el Reino de Dios, Jesucristo, por el que vale la pena dejarlo todo, padres, trabajo, el propio pasado y el propio presente, enseguida, de inmediato, venciendo la tentación de mirar hacia atrás, confiando su propio futuro a una Palabra que exige obediencia: “Seguidme, y os haré pescadores de hombres… “ (Marcos 1,17) Por eso no desea “plata, oro o vestido (Hechos 20,33) no desea ganancias ilícitas (1 Timoteo 3,8; Tito 1,7), porque ha aprendido “que allí donde está su corazón está su corazón” (Mateo 6,21). La adhesión al Señor, la participación en su misión, es lo que llena el corazón, porque “él es el camino, la verdad y la vida…” (Juan 14,6)
ORA Y REFELXIONA: repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: “Está llegando el Reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio…” (Marcos 1,15)
ORACION
Espíritu de Dios, no nos dejes vivir entre la complacencia y nuestros propios méritos. Danos un corazón abierto y preparado para dejar de lado todo lo que nos separe de ti. Te lo pedimos en el nombre de Jesús. Amén

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