No endurezcan el corazón
No hay nada suave en la advertencia de Jesús en el evangelio de hoy: “convertirse…” Palabra que no es popular ni está de moda hoy, pero es una palabra repetida muchas veces en el evangelio, y que significa un cambio del corazón, una decisión de cambiar la orientación de nuestra vida. Jesús contrasta la dureza del corazón de su pueblo y las maravillas que él hace y la respuesta de los gentiles que no tienen la fe de Israel. Los evangelios nos muestran repetidas ocasiones donde Jesús se admira de la falta de fe de su pueblo y se sorprende ante la fe de los paganos.
Convertirse, arrepentirse es parte esencial de la vida de los cristianos. Algo para pensar es que podemos estar ante las puertas del reino y decidir no entrar.
La primera lectura nos muestra en simples pinceladas el nacimiento, la adolescencia y vida adulta de Moisés en Egipto, el descubrir que es un hebreo, no egipcio. Salvado por la Providencia de Dios que todo lo dirige. Aquel niño salvado de las aguas será el salvador del pueblo. El relato tiene un gran importancia para le fe cristiana, y es que el que el niño Moisés se ha vuelto figura de otro Niño, Jesús, que también en su tierna edad será perseguido por otro rey, Herodes, para darle muerte. Moisés es puesto cerca del lugar que se baña la hija del faraón, lo adopta como hijo, María la hermana de Moisés la convence de ir a buscar a una nodriza para el niño, que al fin es su misma madre. L hija de faraón le pone el nombre de Moisés, que es una abreviatura ya que los nombres egipcios traían siempre el nombre de una divinidad.
En la segunda parte de la vida adulta de Moisés, se da cuenta de la suerte de sus hermanos y se pone a favor de ellos. Su celo, demasiado impetuoso le obliga a huir de Egipto a la tierra de Madián, donde empezará otro tipo de vida y se hará pastor de las ovejas de su suegro Jetró.
Dios va modelando al que será el salvador de su pueblo.
El evangelio de hoy es una lección sapiencial, como tantas en el Antiguo Testamento, a saber, de un hecho concreto explicado sobre una semejanza en términos opuestos, como la de los dos caminos, el bien y el mal; los dos árbo-les, el plantado en terreno árido el plantado junto a las aguas. La expectativa frustrada es una realidad humana desconcertante, aunque frecuente en la vida.
Jesús reprocha a las ciudades que no acogen su Palabra. Se trata de tres ciu-dades de las que hoy solo quedan ruinas, Corazaín, Betsaida y Cafarnaún que, aunque habiendo oído su Palabra, acompañada de tantos milagros permanecen frías e insensibles, sin abrir el corazón. Para acentuar aún se culpabilidad, emplea la comparación de otras ciudades paganas, especialmente conocidas por sus pecados, Tiro y Sidón, Sodoma y Gomorra. Y nos hace ver que estas ciudades, aún corrompidas por sus vicios, habrían tenido un comportamiento diferente, más acogedor y respetuoso, aunque sólo fuera por haber visto los milagros, realizados por Jesús. Sin embargo las ciudades “creyentes” de Galilea, a pesar de sus acciones milagrosas, se niegan a escuchar, prefieren la dureza de su corazón y se cierran a su mensaje de salvación que les ha ofrecido.
Podemos unir las dos lecturas. Moisés, salvado de las aguas, salvará luego a su pueblo. Hay una estrecha relación entre lo que se es y lo que hace, entre lo que se experimenta y lo que se comunica. También el cristiano conoce esta experiencia fundamental. Se trata de algo que nos habla de una lógica humano-divina que no admite excepciones. Pablo nos dice: “En otro tiempo eráis tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor. Portaos como hijos de la luz, cuyo fruto es la bondad, la rectitud y la verdad.” (Efesios 5,8ss)
En el Nuevo Testamento aparece con frecuencia esta relación: si somos una cosa, de ahí se deben seguir una serie de consecuencias, o sea el fruto de ese ser. Los antiguos decía: “el obrar sigue al ser…” Si somos cristianos debemos irradiar la luz propia de los cristianos, que no es otra que la de Cristo. Por eso si somos amados, debemos amar, si somos dichosos, debemos hacer dichosos a los demás, si se nos ha anunciado la Palabra, nosotros debemos comunicarla así mismo a los demás.
Esta lógica procede de nuestra unión con Cristo, somos en él una nueva creatura, nos hemos convertido en hijos de Dios, y esto supone un nuevo estilo de vida que fluye de la nueva realidad que hemos adquirido por gracia divina. Nos han sido perdonados nuestros pecados, por consiguiente, nosotros como Cristo, debemos perdonar; hemos sido salvados por Cristo, entonces debemos procurar la salvación e los demás. Nuestra dignidad viene de nuestra unión, del haber sido injertado en la vid que es Cristo Jesús y esto nos hace extender a los demás lo que nosotros hemos recibido.
Jesús dijo: “Quien me ha visto ha visto al Padre…” (Juan 14,9) Nosotros debemos ser entonces de alguna manera, un reflejo del Padre celestial, un pequeño rayo de luz que emana de su persona divina y que nosotros podemos irradiar un poco de su bondad, de su perdón, de su esperanza, de su alegría, de su confianza y su servicio generoso a los demás. Así podemos percibir la belleza de nuestra vocación cristiana, de la fe, la esperanza y del amor de Cristo y también los otros puedan sentirse fascinados de ser hijos de Dios.
ORA Y REFELXIONA: repite con frecuencia y vive la Palabra hoy: “Dios ha elegido lo que el mundo considera débil para confundir a los fuertes…” (1 Corintios 1,27)
ORACION
Señor, cuando nos extraviemos atrae nuestro corazón a ti. Recíbenos con bondad y fortalece nuestra debilidad, para que podamos alegrarnos en tu presencia por siempre. Amén

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