Me gusta dialogar, con mis amigos y con cualquiera, rasgo que heredé de mi madre, quien se hacia encontradiza con todo el que pasara por su camino para dialogar. Ella era de esas personas que gozaba de la conversación.
A todos los llamo “vecino”, porque eso somos en este mundo mientras caminamos por la vida al encuentro de la Vida, donde el diálogo y la convivencia serán eternos. “Conocer las Escrituras es conocer a Jesucristo”, decía San Jerónimo. Y el Concilio Vaticano II nos urge a leer asiduamente las Escrituras. La iglesia lo hace cada día, lee, medita, ora, predica y celebra las Escrituras vivas en la persona de Jesús y en la vida de sus miembros. Esto es lo que les ofrezco, las lecturas que la Iglesia usa cada día y una reflexión y cómo orar con ellas “para adquirir, como dice Pablo, el conocimiento de Jesucristo.” Los invito a caminar, como Jesús con los discípulos de Emaús, para que al final del camino “lo conozcamos al partir el pan".



jueves, 19 de julio de 2007

HOMILIA Y ORACION

TIEMPO ORDINARIO 2007

Un modelo de vida

En sus vacaciones del 2006, el Papa Benedicto habló del peligro del excesivo trabajo. Y citó a San Bernardo que escribió en el siglo 12: “El excesivo trabajo puede llevar a la dureza del corazón y a la torpeza de la mente.” Y esto es un peligro, dijo el Papa, que todo el mundo enfrenta, incluso él mismo. San Bernardo vivió en un monasterio, donde el modelo de vida era de oración, acción y descanso. Y si él pudo ver los efectos del excesivo trabajo en tal vida, sus palabras contienen una advertencia para nuestros días.

La invitación de Jesús a descansar puede parecer extraña. Después de todo él nos avisa de seguirlo y cargar la cruz, nos dice que podemos ser perseguidos y perder nuestras vidas. Pero nos promete descanso y ligereza en las cargas. La respuesta es imitar su vida. El modelo de su vida tiene que ser el modelo de la nuestra. El vino a hacer la voluntad de su padre, y nos pide hacer lo mismo en humildad y mansedumbre. Y entonces en lo profundo de nuestra vida podemos conocer la presencia de Dios que nada nos podrá quitar.

La oración es la llave de la paz interior, y cualquier tiempo es bueno para orar, en el tren, en la guagua, en el carro, haciendo las cosas normales, lavar la ropa o simplemente sentarnos en una silla. Si nos volvemos a Jesús, solamente por un momento descubriremos que él viene a nuestro encuentro aún antes de que busquemos encontrarlo.

En la primera lectura, Moisés le pregunta a Dios por su nombre y Dios le responde: “Yo soy el que soy…” (14) Este nombre nuevo será venerado por el pueblo, un nombre lleno de significado. Durante mucho tiempo hemos oído la definición del nombre de Dios (Yavhé) como si fuera una definición metafísica del ser eterno de Dios “Aquel que existe…” desde siempre por el hecho de ser Dios. Pero los estudios bíblicos nos han hecho ver que el sentido del nombre nuevo de Dios es éste: “Yo soy el Dios que está siempre para salvarte…” revelando así la presencia, la ayuda, el amor del Dios comprometido con la salvación de su pueblo.

Con todo, ese Dios con este nombre nuevo es el mismo Dios de los patriarcas, el Dios que se había aparecido a Abrahán, Isaac y Jacob; por consiguiente el Dios de la promesa, que ahora, frente a la esclavitud de su pueblo quiere actuar como salvador. En las palabras de Dios se alude, en efecto, a la tierra prometida como una tierra “que mana leche y miel…” (17) que será la meta del largo viaje que emprenderá Israel caminando hacia la libertad.

Dios preanuncia a Moisés lo que sucederá: el pueblo escuchará, pero el faraón presentará resistencia al plan de Dios. Sin embargo, toda esta oposición no servirá más que para hacer resaltar el poder de Dios. El actuará a favor de su pueblo con prodigios, las diez plagas, que acabarán por doblegar el corazón del faraón. Se da pues, una continuidad por parte de Dios, de su proyecto, de su fidelidad al pueblo que seguramente se había olvidado de su promesa de la tierra. Pero aparece la sorprendente revelación de un rostro de Dios, que está cerca de los suyos y quiere la salvación de su pueblo.

La afirmación del evangelio de hoy, se encuentra sólo en Mateo. Es una de las afirmaciones más consoladoras y llena de esperanza del mensaje de Jesús y del ejemplo de su vida. Es una invitación a todos los que encuentran “fatigados y agobiados…” algo en lo que se puede encontrar cualquier ser humano, hasta que se sienta más libre y más perfecto. La fatiga acompaña al ser humano a lo largo de la vida, y la opresión, en sus mil formas diferentes, moral, sicológica, social, familia, no permite que el hombre goce plenamente de la libertad completa a que ha sido llamado. Por eso la invitación de Jesús va dirigida a todos los hombres de todos los tiempos: se trata de una invitación maravillosa, la más necesaria de todas. Jesús nos facilita el motivo de la invitación: él mismo nos aliviará, nos consolará, nos reanimará.

Viene luego una orden: la de imitarle en lo que constituye el fondo de su corazón: su sencillez y su humildad. Jesús no dice que le imitemos en su caridad o en su entrega, cosa que nos haría ver la absoluta desproporción que media entre su generosidad y nuestra mezquindad. Habla de una actitud interior más fácil, más factible cuando no sentimos ayudados por el Espíritu Santo: nos pide que le sigamos en su sencillez y su humildad, sin pretender grandes cosas o metas excelsas, sin considerarnos demasiado perfectos o santos.

Se trata, por consiguiente de la otra cara de una segunda invitación la de que carguemos con su yugo (29). El yugo une a dos bueyes en el trabajo. En esta comparación, el yugo de Jesús nos une a él con cada uno de nosotros. Esta asociación en la misma suerte de Jesús hace a la persona feliz, porque “mi yugo es suave y mi carga ligera …” (30) y la persona es capaz de caminar y trabajar con Jesús, que le abre el camino de la paz y el alivio.
Esto nos hace ver que la fe no es solo un acto intelectual, la adhesión a afirmaciones y conceptos doctrinales, sino algo que llega a la vida, que entra a formar parte del mismo ser del creyente, que transforma su existencia y le hace semejante al Hijo de Dios: la fe nos conduce a un camino de fidelidad y de amor y, después, a una recompensa de gloria infinita. La fe es creer en un Cristo vivo, amigo, vecino, compañero de camino, que comparte con nosotros fatigas, aspiraciones y consuelos.

ORA Y REFLEXIONA: repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: “Todo el que invoque el hombre del Señor será salvado.” (Hechos 2,21).


ORACION
Espíritu Santo, cambia nuestras ansiedades en calma, nuestros apuros en alegría, nuestras quejas en paz. Haznos gozar de la dulzura de tu presencia y enséñanos gozar de momentos de oración. Te lo pedimos en nombre de Jesús. Amén.

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