TIEMPO ORDINARIO 2007
Ver y oír.
Todavía encontramos padres que cierran su corazón a sus hijos, que los han defraudado, según dicen, que no han seguido sus enseñanzas y se encuentran en problemas como consecuencia de sus mismas acciones. A pesar de que conocen la parábola del hijo pródigo cierran su corazón pensando que a sus hijos no se aplica la parábola o es sólo una historia.
En el evangelio de hoy, Jesús explica que habla en parábolas para ayudar a sus oyentes a entender su mensaje. El sabe que muchos de sus oyentes han cerrado su corazón a sus enseñanzas. Dios revela los secretos del reino, sólo a los humildes y sinceros que confían y reconocen la necesidad de Dios y la verdad de Dios. Las parábolas de Jesús nos van a iluminan si nos acercamos a ellas con un corazón y una mente abiertos, prontos a dejar que nos desafíen. Si nos acercamos a ellas con la convicción de que ya sabemos la respuesta, entonces, también nosotros podemos mirar pero no ver, escuchar pero no entender. Muchos esperan soluciones hechas y no, la solución no están dadas y hechas sino se hacen y se construyen.
Jesús nos invita a un ser discípulos y esto tiene su precio y es una manera nueva de pensar. Es interesante como las parábolas siempre tienen una manera nueva de encontrar nuevas maneras de conducta. Convertirse a Jesús quiere decir ir contra la corriente de los valores y presupuestos de la cultura dominante.
Por eso la primera lectura nos habla de la preparación del pueblo para recibir, para la gran revelación, teofanía, en la que se establecerá la alianza. Esto significa: un pacto de confianza recíproca entre Dios e Israel, un pacto que supone un vínculo particular, con obligaciones recíprocas que carac-terizarán de ahora en adelante a ese pueblo y esa fe. Para llegar a ello se necesita una preparación que el autor describe en todos sus detalles, que sirven para manifestar la majestad de Dios, el respeto que inspira, la actitud de temor y de reverencia que suscita en el pueblo.
El Dios que se manifiesta sigue siendo un Dios que infunde temor, el pueblo tiene que mantenerse alejado de él, no es posible ver su rostro, está rodeado de relámpagos y fuego. Son imágenes que hablan de lo distinto de Dios, de un Ser que está siempre más allá y por encima de todo, y más allá de nuestras concepciones, de nuestras imágenes, de nuestras demandas. Sólo Moisés es capaz de resistir la presencia divina, y en condiciones especialísimas, alejado de todos, en la cima del monte, en un ayuno ininterrumpido de cuarenta días y sus noches. Dios es totalmente otro, que demanda nuestra adoración y nuestra sumisión.
Esta escena servirá para caracterizar al Dios del Antiguo Testamento, en contraste con la revelación del Nuevo Testamento. Aquí se nos mostrará otro aspecto de la divinidad, en la cual predominan la bondad, la gracia, el perdón, la paternidad divina revelada en la persona de Jesús. (Hebreos 12,18-24.
Sabemos que la predicación de Jesús se caracteriza por las parábolas, unas setenta en total, algunas de las cuales constituyen una gran pedagogía religiosa, verdaderas obras maestras de sicología y actitudes humanas, como el buen samaritano, el buen pastor, el hijo pródigo… Las parábolas suponen un primer paso de comprensión al que siguen un segundo paso, donde se encuentran los discípulos de Jesús, que le siguen, le escuchan siempre y reciben explicación más detallada de su doctrina. El pueblo, en cambio,, se encuentra en una situación de iniciación y tiene necesidad de una catequesis más esmerada.
Jesús prueba esto con una cita de Isaías, que se nos vuelve difícil de entender y interpretar; tal como suena, parece decir que Dios endurece el corazón del pueblo, cierra los ojos y los oídos del pueblo para que no se salve. El verdadero sentido de esta cita es, simplemente, el resultado de la predi-cación del profeta, que tuvo que hacer frente a la dureza del corazón de Israel, que no le escuchaba. El mismo Jesús, y más tarde los apóstoles y Pablo tuvieron una experiencia semejante en su misión.
Lo que el evangelio quiere decirnos es que la Palabra de Dios debe encontrar unos corazones bien dispuestos para acogerla, oídos y ojos abiertos para percibir y asimilar lo que se dice. La Palabra no suprime la libertad, y por eso el hombre tiene la capacidad de oponerse y dejarla infructuosa. Pero, cuando se recibe con corazón abierto, entonces el fruto es abundante y se producen los primeros signos del triunfo del Reino, como la santificación, la novedad de vida, la verdadera fe y adoración a Dios.
En las dos lecturas hay algo misterioso, escondido, algo que no es al menos evidente. Se trata de la esencia de Dios y de la manifestación de su voluntad. Ambas pertenecen al mundo divino, sobrenatural; nosotros con las solas fuer-zas de la razón no podemos comprender ni hacernos una idea de la realidad divina. Tenemos la necesidad de la revelación, entonces llega al hombre la ayuda de la fe, la capacidad otorgada por el mismo Dios, para poder acoger con humildad y agradecimiento lo que Dios quiere revelarnos de sí mismo y de su voluntad. Incluso con la fe, el hombre encontrará siempre límites e interrogantes que se formarán en su mente y conciencia. Esto está expresado en el salmo, el ¿dónde está tu Dios? de los malvado. Debemos prepararnos como el pueblo para la venida de Dios, sabiendo, que en el camino, aparecerán también las dificultades, las pruebas y el cansancio. Pero Dios no tardará, y traerá la luz y su descanso y después, la eterna recompensa.
San Gregorio Magno dice algo respecto de esto: “Cuando la mente cesa de ocuparse de las obras exteriores, entonces reconoce de un modo más claro el valor de los mandamientos de Dios.”
ORA Y REFELXIONA: repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: “Dichosos los que tienen un corazón limpio, porque ellos verán a Dios.” (Mateo5,8)
ORACION
Señor, sabemos que tu palabra solo puede tener raíces en una corazón abierto a creer. Haz que escuchemos las enseñanzas de Jesús y las tomemos seriamente; que nuestro corazón no sea tierra dura y pedregosa y nuestros oídos nunca se cansen de escuchar la voz de Cristo. Amén

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