Me gusta dialogar, con mis amigos y con cualquiera, rasgo que heredé de mi madre, quien se hacia encontradiza con todo el que pasara por su camino para dialogar. Ella era de esas personas que gozaba de la conversación.
A todos los llamo “vecino”, porque eso somos en este mundo mientras caminamos por la vida al encuentro de la Vida, donde el diálogo y la convivencia serán eternos. “Conocer las Escrituras es conocer a Jesucristo”, decía San Jerónimo. Y el Concilio Vaticano II nos urge a leer asiduamente las Escrituras. La iglesia lo hace cada día, lee, medita, ora, predica y celebra las Escrituras vivas en la persona de Jesús y en la vida de sus miembros. Esto es lo que les ofrezco, las lecturas que la Iglesia usa cada día y una reflexión y cómo orar con ellas “para adquirir, como dice Pablo, el conocimiento de Jesucristo.” Los invito a caminar, como Jesús con los discípulos de Emaús, para que al final del camino “lo conozcamos al partir el pan".



lunes, 30 de julio de 2007

HOMILIA Y ORACION

TIEMPO ORDINARIO 2007

En Dios confiamos

El lema de los americanos es: “En Dios confiamos” que apareció por primera vez en las monedas en la primera mitad del siglo XIX, y fue adoptado por el Congreso en 1956. Está fundado en la firme fe de los Padres Peregrinos, y que todavía perdura en la fe de muchos, aunque la Constitución establece la separación de religión y estado.

El pueblo que Moisés sacó de la esclavitud de Egipto era un pueblo profundamente religioso y el lema pudo haber sido “en Dios y sólo en Dios confiamos…” Y fue cierto mientras Moisés fue su líder. Fue el Señor quien planeó la escapada de la esclavitud a través del Mar Rojo rumbo a la tierra prometida. Pero cuando Moisés se retiró a la montaña para recibir los mandamientos de Dios, el pueblo creyó que Moisés estaba perdido y tal vez muerto en la montaña. La vergonzosa fundición de un ídolo, e igualmente la vergonzosa acción de Aaron que lo lleva a excusarse “me pidieron que les hiciera un dios…”, todo esta historia nos dice lo poco que confiaron en Dios.

Jesús les enseña a los discípulos que Dios nunca desaparecen de nuestra vida. En la parábola de la mostaza, nos afirma que solo necesitamos una fe “pequeña”. En Dios confiamos. La fe no viene en pequeñas unidades como los remedios. La tenemos o no la tenemos. Es una cuestión de confiar en Dios que creó el universo, que envió a Jesús y que nos promete que siempre está con nosotros. Por supuesto cuando las cosas cambian a nuestro alrededor nos podemos sentir perdidos como los israelitas. Pero nuestra fe como un grano de mostaza nos va ayudar a no cometer los errores que ellos cometieron. Dios es digno de que confiemos en él.

La primera lectura nos describe la apostasía y el culto idolátrico del becerro de oro, durante la prolongada ausencia de Moisés, la reacción de Dios y de Moisés ante el hecho. Moisés arroja las tablas de la ley, tritura el becerro lo hace polvo y lo mezcla con agua que el pueblo tiene que beber (19-21) Pide cuentas a Aaron, quien hace recaer la culpa en la gente. Moisés hace tomar conciencia al pueblo de la gravedad del pecado, vuelve a dialogar con Dios. La respuesta de Dios está en la línea de la misericordia, prosiguiendo su obra de salvación, aunque también anuncia el castigo de los culpables.

La historia refleja no solo el tiempo del éxodo sino también el tiempo de la decadencia moral en la época de los reyes de Israel, dado que el relato fue compuesto en los siglos IX y VIII. La figura de Aarón, que no sabe reaccionar ante el mal del pueblo y permite que éste caiga en idolatría, es presentada de una manera negativa en comparación con Moisés, verdadero profeta y hombre de Dios que con fuerza y fidelidad, atestigua la fidelidad de Dios. El es la conciencia del pueblo, que denuncia el pecado y llama al pueblo a la conversión, pero es al mismo tiempo el intercesor solitario ante Dios y solidario con su gente, llegando a pedir que lo borre a él del libro que Dios ha escrito, Cuando se pierde el sentido de la presencia de Dios resulta fácil caer en el pecado buscando un sucedáneo o una escapatoria.

Las parábolas del grano de mostaza y la levadura apuntan a describirnos el Reino de Dios, que está presente, aunque escondido, con la venida de Jesús y actúa de manera dinámica no por obra humana, sino por la gracia de Dios.

La pequeña semilla de mostaza tienen en sí misma una energía poderosa que se transforma en planta, como leemos en Daniel: “Estas son las visiones que cruzaron por mente mientras dormía: en medio de la tierra había un árbol de gran altura. El árbol creció y se hizo corpulento, su copa tocaba el cielo, y se veía desde los extremos de la tierra… en sus ramas anidaban los pájaros del cielo." (Daniel 4,7-9)

Lo mismo con la levadura, un poquito de levadura hace fermentar la masa que puede alimentar varias docenas de personas (33). Así sucede con el Reino de Dios y su palabra: parecen perdedores y derrotados en el presente, pero en realidad crecen de manera oculta hasta hacer fermentar toda la realidad humana. En efecto, la fuerza interior y dinámica del Reino de Dios tiene el poder que atrae y transforma toda la vida del hombre.

La parábola puede ser leída como una invitación al cambio radical que la acogida del Evangelio supone “en cada individuo”: pensamientos, proyectos, actitudes, expectativas, aspiraciones, relaciones, todo debe “ser fermentado” por él. Todos lo sabemos que lo que Evangelio no fermenta en nosotros acaba por convertirse en un ídolo, al que, consciente o inconscientemente, rendimos culto.

También la parábola puede ser leída como invitación “a la transformación de la convivencia colectiva” que debería producir el Evangelio anunciado en su integridad. La propuesta del Reino de Dios debe calar como una levadura silenciosa, pero eficaz en las relaciones entre los grupos humanos en todos los ambientes, erradicando de ellos todo lo que no vaya en la dirección de “la vida de abundancia” que Jesús ha venido al mundo (Juan 10,10).

ORA Y REFELXIONA: repite con frecuencia y vive la Palabra hoy: “Ni el que planta, ni el que riega son nada; Dios que hace crecer, es el que cuenta.” (1 Corintios 3,7)

ORACION
Señor y Dios nuestro, tú nunca cambias ni nos abandonas; pero a pesar de eso encontramos difícil confiar en ti, nuestra fe de grano de mostaza nos hace sentir con frecuencia, débiles. Haznos fuertes para que en cada situación alegre o triste, creadora o de caos, podamos poner nuestra confianza en ti. Amén

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