La vecina de Nazaret se convierte en reina del cielo.
Un poeta, Damian Lundy, compuso una poesía: “Canto a la niña del trigo dorado.” Es una poesía fuera de lo común. Fue compuesta originariamente para el Adviento o la fiesta de la Natividad de María. Los últimos versos son estos: Canto a la niña que nunca envejecerá/ alegría en sus ojos y oro en sus cabellos/ a través del tiempo los hombre escucharán/ del niño que la madre llevará en su seno.
Hoy en la fiesta de la Asunción, cantamos a la niña que nunca envejecerá. Esta es la fiesta de la eterna juventud. Libre, cuerpo y alma del poder de la corrupción y la muerte, ella es siempre joven y la bella Reina y Madre del corazón de todo católico. En el evangelio es la joven María la que canta el Magnificat. La hija de Sión canta por todo su pueblo; la humilde servidora de Dios canta a favor de los pobres del Reino de Dios. Algo de la majestad que María tiene se describe en el Apocalipsis en la visión de la mujer coronada con doce estrellas. Es la reina del cielo la que veneramos hoy. La que perteneció a Cristo como ningún otro lo ha seguido en su gloria.
Compartimos la alegría de los ángeles y nos damos cuenta que lo que Dios ha hecho por María, y lo que Dios desea para nosotros. Oramos a María para que sea la primera de entre los santos que nos de la bienvenida en el cielo.
El texto que leímos en el libro de la Revelación , presenta una visión de apocalipsis, del tiempo final. En ella se mezclan figuras y realidades de tal modo que no siempre es fácil interpretar el significado de las imágenes usadas. En el fondo es un sueño-visión revelador, donde salen a la luz nuestros miedos y nuestras certezas, nuestras necesidades y deseos.
Está compuesto antes que anda de cielo. Es algo que sucede por encima de nosotros, pero nos pertenece. La lucha entre la mujer, el niño, el dragón y los ejércitos angélicos no tienen nada que ver con acontecimientos al margen de nosotros, sino que se cumplen en nuestro mismo cielo. Se trata de una lucha donde se juega nuestra vida o la muerte. Lo muestra bien la señal de la mujer 12,1ss). Esta es casi una reina, soberana sobre la luna, es decir, la otra parte de nuestra conciencia, de nuestra naturaleza más inconsciente, y sobre las estrellas, que se refieren a las doce tribus de Israel, o sea, que esta figura es también soberana de la historia, que aun sin saberlo nosotros, está de nuestro lado. Esto constituye el lado vivo de nuestra realidad, ese lado fecundo que nos impulsa a continuar la vida, que nos permite albergar la esperanza de un mundo nuevo.
Pero esta señal no está exenta de dolor y de peligros (12,3ss). La mujer grita por los dolores de parto y al mismo tiempo teme al dragón que quiere devorar al niño. Si nos dejamos cautivar por este sueño, sentiremos lo que significa que nuestro sueño de una vida nueva esté en peligro, nos preguntaremos si conseguiremos ver de verdad la luz, experimentaremos el dolor que la vida nueva provoca en nosotros.. La lucha se está produciendo en nuestra vida de todos los días, aquí y ahora Y el niño que nace es arrebatado al cielo para defenderlo del dragón, que es derrotado por los ejércitos angélicos (12,5ss). Esto quiere decir la percepción exacta de que verdad en nuestra vida “ya está aquí la salvación y el poder y el reinado de nuestro Dios…” (12,10)
Pablo, después de llamar a compartir el camino de la fe, vuelve a presentar el evangelio inicial, el que anuncia “que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras, fue sepultado y resucitó al tercer día según las Escrituras…” (1 Corintios 15,3ss). La resurrección está vinculada con su acontecimiento primero: Jesucristo. La resurrección es el don de la de Dios en Cristo: no se trata de un premio para quienes se han portado bien. La resurrección es la vida de gracia que transforma nuestro ser y hace que nuestro espíritu y nuestro cuerpo pueden ver el rostro de Dios y seamos elevados al cielo. Es el anuncio definitivo y verdadero de la derrota definitiva de la muerte, que ya no es considerada como pecado y dolor sino que se convierte en la puerta santa, en el último paso hacia el encuentro con el Señor de nuestra vida.
La historia del encuentro de María e Isabel se convierte en un momento de conexión y continuidad de la historia de salvación contada en el Antiguo Testamento y la nueva historia que está a punto de empezar con el nacimiento de Jesús, por eso Isabel saluda a Isabel como “madre de mi Señor…” (43), la proclama bienaventurada por su fe, saltando de gozo, junto con su propio hijo, por impulso del Espíritu Santo (41-45) El cumplimiento se realiza no por las intuiciones de los grandes filósofos griegos, aunque sí junto a ellos, sino a través de la esperanza de estas dos mujeres de Israel, que reconocen que todo lo que les está pasando una obra que las supera. Por eso el canto de María muestra que por detrás y frente de la historia está el Autor misterioso a quien María exalta.
La “humildad de su sierva…” (48-50) habla de la profundidad de quien es capaz de ver lo que está sucediendo y no se deja distraer por otros acon-tecimientos más ruidosos pero menos reales, por eso ve como es objeto privilegiado del amor de Dios y profetiza que la historia la recordará por eso, y así ella se une a todos los orantes del Antiguo Testamento. Ve que la salvación se realiza en aquellos que no tienen salvación, los humildes, los hambrientos, y la dispersión de los que tienen una salvación hecha a su manera, por eso no pueden confiar en la obra del Otro (los soberbios, los poderosos, los ricos…)
Nuestra celebración consiste más en realidad en la indicación del misterio que en su explicación. En efecto aquella que procuró la vida, sube para un viaje de nuestra vida y se traslada al lugar incorruptible, principio de vida. Y ella es la esperanza de lo que nos espera. Dios el todopoderoso ha mirada a María y nos ha mirado a nosotros.
ORA Y REFELXIONA: repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: “El Señor ha mirado la humildad de su sierva…” (Lucas 1,38).
ORACION
Padre del cielo, hoy nos alegramos con la asunción de María; ella es nuestra luz en nuestro caminar de peregrinos. Que al final de nuestra viaje nos de la bienvenida y nos lleve a la presencia del rey eterno, Jesucristo, su Hijo, el Señor por los siglos de los siglos.

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