El perdón, un punto sin retorno
Los ríos están asociados a grandes hechos de la historia. Cuando los aliados cruzaron el río Oder en el este del Rin esto señaló el principio del fin del régimen nazi. George Washington cruzó el río Delaware y esto es visto como el momento en que cambia la guerra de la independencia, Julio César cruzó el Rubicón los tiempos de Roma y así declaró la guerra al senado romano. “Cruzar el Rubicón…” ha quedado una manera de describir el paso de compromiso de una persona que se decide en un curso de acción. El cruce del río Jordán marcó el comienzo de la conquista de la tierra prometida. No hay ya oportunidad de volver atrás.
Los judíos dejan el desierto al que entraron al cruzar el Mar Rojo. El éxodo ha terminado. La continua presencia de Dios está simbolizada en el arca de la alianza. Ellos están convencidos que Dios los ayudará a conquistar la tierra de Canaán y así confirmar du identidad de pueblo. En el evangelio Jesús da la supremacía del perdón. El arca ha sido reemplazada: es ahora el Dios encarnado que habla ahora. El éxodo de Cristo será nuestra salvación, al paso-éxodo, de la muerte a la resurrección. En este caminar de su éxodo el grita al Padre por el perdón de toda la humanidad: perdónalos, no saben lo que hacen. Por las aguas del bautismo, entramos a vivir con él y somos llamados por su enseñanza y ejemplo. El perdón incondicional es el corazón de esta vida nueva. Y se vuelve el punto de decisión que se requiere de nuestra vida.
La entrada el pueblo en tierra prometida está descrita en el libro de Josué como una solemne procesión litúrgica. En el centro se encuentra el arca de la alianza: es el lugar de la presencia de Yavé en medio del pueblo, el memorial de la alianza puesto que el arca contiene las tablas de la Ley La repetición de seis veces del nombre del arca, llamada en el texto también “arca de la alianza del dueño de toda la tierra” (11) marca casi rítmicamente el paso de la presencia de Dios en medio de su pueblo. Es siempre el Dios fiel quien precede y acompaña al pueblo. Habla a Josué, como antes hablaba a Moisés y el nuevo líder interpreta y transmite la voz de Dios.
Ante la tierra prometida se repite lo mismo que frente al Mar Rojo. Las aguas se detienen, y el pueblo al que acompaña el arca cruza el río a través de un sendero seco. Así de una manera paralela el paso de la esclavitud de Egipto a la libertad y la entrada en la tierra prometida están marcadas por la intervención maravillosa de Dios.. Y el salmo 113 de l liturgia de hoy asocia el recuerdo del mar Rojo y del río Jordán unidos en un prodigio semejante: “El mar al verlos, huyó, el Jordán se echó atrás… ¿qué te pasa que huyes, a ti Jordán que te echas atrás… 3,5) Es el Dios soberano que pasa y, con su pueblo, atraviesa ahora el umbral de la tierra prometida.
El evangelio hoy nos transmite una enseñanza fundamental. Toda la sustancia de la enseñanza se encuentra en la pregunta de Pedro de cuantas veces debemos perdonar al hermano que nos ofende. Se trata de un hermano, y por eso tiene que ser perdonado siempre, hasta la paradoja. No solo “siete veces”, un número que indica plenitud, sino incluso un número increíble de “setenta veces siete” un número infinito, que significa “siempre” sin poner límites a la misericordia.
Pero la realidad no se encuentra en el número de las veces que se debe conceder el perdón sino en la calidad misma del perdón. La calidad quiere decir el sentido, debe ser la calidad de Dios y debe llegar al corazón, lugar de la verdad, de los sentimientos y de la venganza, del amor verdadero y del perdón sincero. Una corazón que perdona debe ser un corazón misericordioso. Perdonar de corazón (35) significa sellar con el amor verdadero el perdón que se concede. Dado que alguien nos ha perdonado así, sin límites en el número de veces, no podemos poner límites a nuestro amor misericordioso del perdón.
Podemos unir las dos lecturas y recordar por un lado que la infidelidad del pueblo a la alianza sucedió por la negligencia en la observancia tanto del amor a Dios como del amor al prójimo. Aún cuando el pueblo permaneció fiel, en cierto modo, a unos ritos que honraban a Dios, los profetas le reprochan la falta de atención al prójimo, al huérfano, a la viuda, a los pequeños y al extranjero. Dios no pide sacrificios sino misericordia.
Jesús se sitúa en el mismo plano de los profetas pero con una propuesta inaudita, la del perdón al hermano sin condiciones de tiempo y de número: perdonar siempre, perdonar a todos, sin pedir cuenta, perdonar de corazón. Es la lógica divina, que nos ofrece, si no tenemos el corazón endurecido, un perdón sin límites. Perdonar es la última palabra del amor, es amor gratuito, el único que junto con la misericordia, puede ir más allá de la justicia.
La parábola del siervo sin entrañas culmina la enseñanza de Jesús sobre la comunión eclesial: “Esto mismo hará con ustedes mi Padre celestial sino perdonan cada uno de corazón a su hermano.”. No está en nosotros no sentir la ofensa y olvidarla, pero el corazón que se deja guiar por el Espíritu Santo cambia la herida en compasión y purifica la memoria transformando la ofrenda en intercesión. Hay una verdad que olvidamos y es que todos somos deudores. Pablo dice: “Con nadie tengáis otra deuda que la del mutuo amor.” (Romanos 13,8) Dios no acepta el sacrifico de los que provocan desunión y los despide del altar para que antes se reconcilien con sus hermanos. San Cipriano dice: “La obligación más bella que tenemos que hacer a Dios es nuestra paz, nuestra concordia, la unidad en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu de todo el pueblo fiel…”
ORA Y REFLEXIONA: repite hoy con frecuencia y vive la Palabra: “Perdónanos nuestras ofendas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden.” (Mateo 6,12)
ORACION
Señor y Dios nuestro, las aguas del bautismo nos han llamado a vivir una vida libre de egoísmo por amor a ti y a los hermanos. Haznos dejar de lado todos los resentimientos y la dureza del corazón; que aprendamos a perdonar como Jesús perdonó, porque él es Dios por los siglos. Amén.

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