¿El Dios del amor o el Dios de la guerra?
Un poeta, durante la primera guerra mundial, escribió esta reflexión: “Dios escuchó a las naciones en guerra cantar y gritar: “Destruid a Inglaterra” y “Dios salve al rey.” Dios esto y Dios aquello y Dios de otra cosas. Dios mío, se dijo Dios: ¿Qué es lo puedo hacer?”
La amarga ironía de esta afirmación pone a la luz el problema de la violencia en nombre de Dios, y que en cada conflicto piensa que Dios está de nuestro lado. Y el problema es tan antiguo como el libro de Josué, como vemos en el la primera lectura de hoy. Algunos encuentran al libro deprimente: ellos ven al Dios de la guerra acompañando a Israel en su campaña de la conquista de Canaán. Pero la lectura apunta a otra, más profunda dimensión del liderazgo de Josué: como sucesor de Moisés, él llama al pueblo a hacer una alianza con el Señor, renovando la alianza del Sinaí. El advierte al pueblo a no entrar a la alianza sin pensarlo, y creer que la fidelidad al Señor va a ser fácil.
EL libro de Josué puede ser engañoso. El establecimiento de Israel en Canaán exigió más tiempo de lo que el libro de Josué describe. Los israelitas no tienen que ser vistos como un pueblo de conquistadores, sino como un pueblo fiel a Dios. En el evangelio de hoy el amor tierno de Jesús por los niños revela la verdadera naturaleza de Dios. La única conquista del mundo requiere eso, el amor como el de Cristo.
El libro de Josué concluye con una alianza que tiene tres momentos esen-ciales: el primer momento, la llamada de Josué al pueblo para que se adhiera a Dios completamente, a un servicio total, renunciando a todos los ídolos. Josué cabeza del pueblo da el ejemplo en nombre de su casa y de su tribu. Viene la respuesta del pueblo que significa una purificación de la memoria, olvidarse de los ídolos de sus padres, y la renuncia colectiva a los ídolos para servir al Señor. El segundo momento es que Josué anuncia la realidad de Dios de Israel, el Dios de la alianza, que es santo y celoso a la vez. Y lo hace con una amenaza, Dios podría dar la espalda al pueblo, y tras haberle procurado toda bendición, podría repudiarlo.
Y en el último momento, resuena dos veces la profesión de fe del pueblo. Se trata de una promesa de alianza concreta en obras y palabras: “serviremos al Señor, nuestro Dios, y obedeceremos su voz…” Apesar de la fuerza de la adhesión, ésta seguirá siendo débil y endeble, como lo demostrará la historia posterior. Sin embargo, Dios seguirá siendo fiel a su promesa y al estable-cimiento de una nueva alianza. El servicio de Dios, el “sí” de la colaboración incondicionada, el eco fiel de las promesas a los padres, será personificado al final de los tiempos por la Hija de Sión, María, al sierva del Señor, la mujer que representa a todo Israel de Dios. Siempre habrá un pequeño resto que será fiel a la alianza.
El episodio de los niños en el evangelio de hoy, contiene la afirmación de que ellos pertenecen al Reino de Dios en virtud que sus personas: tienen un gran valor en la presencia de Dios. Era costumbre en Israel que los padres presentaran a sus hijos a los maestros y sabios para que le mostraran un gesto de bendición, una caricia y una oración (13). La intervención de los discípulos revela un dato cultural de la época que presta poca atención a los pequeños, lo poco que contaban los niños como niños. Los adultos despreciaban a los niños en esa época.
El gesto de Jesús restablece el sentido de la dignidad original, más aún, se refiere a ella con un trato de predilección: “Dejad que los niños y no les impidáis que vengan a mi…” (14) Jesús confirma su disponibilidad para la acogida del Reino de Dios, como quien se hace pequeño por una disponibilidad no contaminada con la malicia. Jesús aceptó vivir una experiencia humana de niño y le dio un sentido a este momento, la niñez, de la vida humana. Hay una advertencia sobre la proximidad entre él y los niños y del destino de todos, desde pequeños a la persona, a quien pertenecen y a su Reino.
Podemos unir las dos lecturas. En la primera lectura escuchamos: “Serviremos al Señor, nuestro Dios…” se trata de una actitud interior y exterior, de entrega total. “Servir al Señor…” supone una entrega total de la propia vida, una dedicación de nuestro propio ser y de nuestras propias cualidades, la plena realización del proyecto de amor a favor de la humanidad. Es abrir nuestra propia existencia a la voluntad de Dios, expresada en los manda-mientos de la alianza no, como puras normas de conducta, sino como senderos de santidad personal, comunitaria y social.
El Señor ha puesto remedio a la insuficiencia de la antigua alianza de Moisés con la nueva alianza del Espíritu. El ofrecimiento de la mente y la voluntad, el plegarse de lo humano a lo divino, constituye la novedad de un servicio en el que el amor y el temor, la condición de siervos y de hijos, el mandamiento exterior y la libertad interior; la adhesión a la voluntad salvadora de Dios, se manifiestan como la ley nueva del Espíritu en el corazón del hombre. La dignidad de la persona humana, expresada en el niño, alcanza su cima cuando con amor, con libertad y sin miedo sirve al Señor. Jesús presenta como ejemplo de esto al niño, pero el modelo de esta entrega libre lo tenemos en María, la madre y la sierva del Señor.
El Padrenuestro no dice “que tu voluntad se haga en mí o en ustedes…” sino “en la tierra…” para que reine la verdad, el vicio sea desterrado, y la virtud vuelva a florecer en la tierra y no sea diferente del cielo.
ORA Y REFLEXIONA: Repite y vive hoy la Palabra: “Serviremos al Señor, nuestro Dios…” (Josué 24,21)
ORACION
Dios de la paz, líbranos de la violencia en nuestros corazones y pensamientos. Haznos imitar a tu Hijo que es humilde y tierno de corazón. Haz de nosotros trabajadores de la paz de tu reino, trabajadores de reconciliación y de esperanza para un mundo en tinieblas. Te lo pedimos en nombre de Cristo, el Señor.

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