Como las jovenes sensatas, estemos preparados para la venida del novio.
Todos sabemos lo atractivo que son la fiestas de Navidad para los niños. Imagínense una familia que cuando amanece el día no tiene nada preparado, absolutamente nada. Ni tarjetas postales, ni regalos, ni comidas navideñas. Allí no hay fiesta. Pero Navidad nunca cae se sorpresa. Se nos avisa con tiempo, semanas si no meses antes. Siempre hay un contar los días de compras que faltan para Navidad.
Nosotros hemos recibido el anuncio y aviso de que una acontecimiento maravilloso va a suceder, Cristo viene de nuevo. Pero no se nos dice el día. ¿Significa algo diferente? En realidad, no. Por el hecho de que no sepamos cuándo va a suceder, eso significa que no tenemos que prepararnos. La preparación es espiritual, poniendo nuestras vidas en orden, creciendo y madurando como cristianos. No somos como las jóvenes necias, esperando pedir prestado lo que no tenemos. Nuestra respuesta a Cristo tiene que ser personal, nuestra respuesta. No podemos culpar a otros por nuestra falta de fe, no podemos pasarle a otro la responsabilidad. Es nuestra responsabilidad y de nosotros solamente. Pero no hemos sido dejados abandonados. Tenemos la Iglesia que nos ayuda, los sacramentos, los santos, los vivos y los muertos, la Escritura y sobre todo, el Espíritu Santo.
Cuando Cristo vuelva de nuevo, no podremos decir que no fuimos avisados. Para los que viven vidas de integridad y santidad, la celebración cuando venga el Señor será de alegría. No seamos como la familia que se olvidó de Navidad.
En la primera lectura de hoy, Pablo mira ahora hacia el futuro, para ello recurre al lenguaje de la exhortación. La santificación de que habla Pablo consiste en el proceso que tiene como resultado la “santificación auténtica”. Nos encontramos con la definición de una actividad que todavía está en desarrollo donde confluyen, por un lado, el compromiso y la libre adhesión del creyente, y por otro, la acción del Espíritu Santo, que interviene transformando a la criatura en imagen de Dios. Todo tiene lugar en “cuerpo “ del hombre, está inscripto en su carne y habla el lenguaje que le corresponde desde la creación. Por lo tanto el santo no es alguien que vive fuera de la realidad terrena, más bien alguien que toma sobre sí, día a día, la voluntad de Dios, haciendo que toda su vida se adhiera a él. El versículo 7: “Pues no nos llamó Dios a vivir impuramente sino como consagrados a él…” se refiere a todo lo que tiene que ver con las pasiones carnales en el ámbito sexual, donde estamos llamados a vivir una opción contracorriente, según la mentalidad del tiempo, y a custodiar el cuerpo como don recibido de Dios, preparándolo desde ahora para recibir en plenitud el Espíritu Santo en la vida eterna.
El evangelio continúa con el tema de la vigilancia, lo dice la invitación final: “así pues vigilad, porque no sabéis el día ni la hora…” (13) El escenario es una fiesta de bodas, en ella todo lleva a comunicar el lenguaje de la alegría y de la vida. Toda la boda se hace en honor al novio, hasta el cortejo que acompaña al novio en el camino. Sabemos ya que la falta de vino (episodio de Caná) podía ser un motivo de vergüenza para la familia recién formada, era como decir, que no estaban en condiciones de ocupar el puesto asignado para ellos, en la sociedad. El adormecerse de las jóvenes es justificable, la demora del novio. Pero la luz de las lámparas debía permanecer encendida para salir al encuentro del novio. Solas las sensatas están preparadas, mientras que las otras al ver sus lámparas languidecer, no tendrán otra cosa que ir a comprar aceite, un intento último y desesperado. Ellas perdieron de vista lo que estaba en juego.
También los cristianos tienen el peligro de perder de vista la meta, el fin del camino; la búsqueda afanosa del éxito, la posesión de cosas, la satisfacción de las pasiones, todo lo que “atrae a nuestra carne” nos distrae e induce al sueño. Olvidamos que debemos cuidar las lámparas. Olvidar significa despreciar a Dios mismo. Lo dijo Pablo hoy: “El que desprecia esta norma de conducta no desprecia a un hombre sino a Dios, que es quien nos da el Espíritu Santo.” (1 Tesalonicenses 4, 8). La meta es Jesús. Si perdemos esto lo perdimos todo.
También debemos considerar el gesto de golpear a la puerta de las jóvenes necias: “Señor, Señor, ábrenos”. (12) Para que el Señor nos abra cuando llamemos, ya nos dijo: “Golpead y se os abrirá…” (Mateo 7,7) primero tenemos que abrirle nuestro corazón a él, que nos llama. El Señor, en efecto, dice en el Apocalipsis: “Mira que estoy a la puerta y llamo. Si alguien oye mi voz, y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo”. (3,20) Por consiguiente el abrir con fidelidad nuestros corazones al Señor que llama, no cabe duda que cuando seamos nosotros los que llamemos, se dignará abrirnos las puertas del Reino de los cielos.
ORACION
Padre, te pedimos que cuando Cristo venga, nos encuentre preparados; que cada día progresemos en nuestro caminar hacia tu Reino; Que nos animemos unos a otros a ser santos y honorables seguidores de Aquel cuya venida esperamos con alegría. Amén.

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