Me gusta dialogar, con mis amigos y con cualquiera, rasgo que heredé de mi madre, quien se hacia encontradiza con todo el que pasara por su camino para dialogar. Ella era de esas personas que gozaba de la conversación.
A todos los llamo “vecino”, porque eso somos en este mundo mientras caminamos por la vida al encuentro de la Vida, donde el diálogo y la convivencia serán eternos. “Conocer las Escrituras es conocer a Jesucristo”, decía San Jerónimo. Y el Concilio Vaticano II nos urge a leer asiduamente las Escrituras. La iglesia lo hace cada día, lee, medita, ora, predica y celebra las Escrituras vivas en la persona de Jesús y en la vida de sus miembros. Esto es lo que les ofrezco, las lecturas que la Iglesia usa cada día y una reflexión y cómo orar con ellas “para adquirir, como dice Pablo, el conocimiento de Jesucristo.” Los invito a caminar, como Jesús con los discípulos de Emaús, para que al final del camino “lo conozcamos al partir el pan".



domingo, 19 de agosto de 2007

HOMILIA Y ORACION

LA PAZ QUE TRAE CRISTO

¿Qué paz vino a traer a la tierra Jesús, que fue llamado «el príncipe de la paz» y a quien Pablo presenta como aquel que, derribando el muro de separación, ha inaugurado los tiempos de la paz mesiánica? Resulta incluso demasiado fácil azúcarar el don de la paz mesiánica, intentando empobrecerla y adaptarla a nuestras miopes visiones, a nuestras expectativas egoístas. Una paz a medida del hombre no siempre corresponde al don de la paz que Dios, por medio de Jesucristo, quiere asegurar a toda la humanidad.

La paz que Jesús anuncia y da es una paz que divide. Es capaz de provocar divisiones incluso en el interior de cada persona Desde este punto de vista, son altamente significativos los acontecimientos que le tocó vivir al profeta Jeremías. Este, por la palabra de su Señor, fue arrancado de sí mismo, de sus proyectos humanos, hasta de sus deseos legítimos, para ser puesto en medio de la historia de su pueblo. Dios lo puso como una luz ante los reyes, sacerdotes y líderes del pueblo.

La paz que Jesús anuncia y da es una paz que divide. Provoca divisiones en el interior de las relaciones humanas: lo afirma Jesús de modo claro en otros lugares de su evangelio y vuelve a afirmarlo también aquí de un modo bastante vigoroso: «De ahora en adelante estarán divididos los cinco miembros de una familia, tres contra dos, y dos contra tres». No es difícil entrever el lugar absoluto y el valor esencial de la Palabra de Dios en la vida del creyente, así como la extrema eficacia de una vocación evangélica cuando ésta debe chocar con una lógica terrena y humana que obedece a criterios muy diferentes.

La paz que Jesús anuncia y da es una paz que divide. Provoca divisiones entre unos grupos y otros, entre unas comunidades y otras, entre unos pueblos y otros, precisamente por la novedad que trae al mundo y por el escándalo de ese «misterio pascual, su cruz y su resurrección» que —tanto para nosotros como para él— constituye el criterio primero e insustituible de todo comportamiento humano, porque incluye por un lado la absoluta confianza en Dios y el cumplimiento de su voluntad, por otro.

Los apóstoles, instruidos por la palabra y por el ejemplo de Cristo, siguieron el mismo camino. Desde los primeros días de la Iglesia, los discípulos de Cristo se esforzaron en convertir a los hombres a la fe de Cristo Señor no por acción coercitiva ni por artificios indignos del Evangelio, palabras humanas va a decir Pablo, sino ante todo por la virtud de la Palabra de Dios. Anunciaban a todos resueltamente el designio de Dios Salvador, «que quiere que todos los hombres se salven y vengan al conocimiento de la verdad”) (1 Tim 2,4), pero, al mismo tiempo, respetaban a los débiles, aunque estuvieran en el error, manifestando de este modo cómo «cada cual dará a Dios cuenta de sí» (Romanos 14,12), debiendo obedecer a su conciencia.

Al igual que Cristo, los apóstoles estuvieron siempre empeñados en dar testimonio de la verdad de Dios, atreviéndose a proclamar cada vez con mayor abundancia, ante el pueblo y las autoridades, «la Palabra de Dios con confianza» (Hechos 4,31). Pues defendían con toda fidelidad que el Evangelio era verdaderamente el poder de Dios para la salvación de todo el que cree. Despreciando, pues, todas «las armas de la carne», y siguiendo el ejemplo de la mansedumbre y de la modestia de Cristo, predicaron la Palabra de Dios confiando plenamente en la fuerza divina de esta palabra para destruir los poderes enemigos de Dios y llevar a los hombres a la fe y al acatamiento de Cristo. Los apóstoles, como el Maestro, reconocieron la legítima autoridad civil: «No hay autoridad que no venga de Dios», enseña el apóstol, que, en consecuencia, manda: «Toda persona esté sometida a las potestades superiores.. quien resiste a la autoridad resiste al orden establecida por Dios» (Rom 13,12). Y al mismo tiempo no tuvieron miedo de contradecir al poder público cuando éste se oponía a la santa voluntad de Dios: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hechos 5,29). Este camino siguieron innumerables mártires y fieles a través de los siglos y en todo el mundo. La Iglesia, por consiguiente, fiel a la verdad evangélica, sigue el camino de Cristo y de los apóstoles cuando reconoce y promueve la libertad religiosa como conforme a la dignidad humana y a la revelación de Dios. Nos algo que conseguimos sino algo que ya está en nuestra persona humana y se expresa en nuestra persona y en cada persona humana. Es algo que nos constituye y nos define personas. “La Iglesia conservó y enseñó en todos los tiempos la doctrina recibida del Maestro y de los apóstoles…” dice el Concilio Vaticano II, en la Declaración sobre libertad religiosa ( #1).

Un monje cartujo de nuestro tiempo, Tomás Merton dijo: “Yo creo que la vida no es una aventura que debamos vivir según los modos y los tiempos que corren, sino con un compromiso encaminado a realizar el proyecto de Dios sobre cada uno de nosotros, un proyecto de amor que transforma nuestras existencia.

Creo que la mayor alegría de un hombre es encontrar a Jesucristo, Dios hecho carne. En él, todo, miseria, pecados, historia, esperanza, asume una nueva dimensión y un nuevo significado.

Creo que cada hombre puede nacer a una vida genuina y digna en cualquier momento de su existencia. Cumpliendo hasta el final la voluntad de Dios no sólo puede hacerse libre, sino también derrotar al mal
.”

ORA Y REFLEXIONA: Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:
«¿Creéis que he venido traer paz a la tierra? Pues no, sino división» (Lucas 12,51).

ORACION
Concédenos, Señor, ojos claros, corazones sencillos para leer “tus signos” y aprender el verdadero conocimiento de Jesucristo, que es caminar en tu amor, servicio a los demás y cambiar nuestro mundo en una experiencia de Reino de Dios. Cada acto de bondad y servicio, lo sabemos Señor, es una victoria de tu Reino. Amén.

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