El pueblo que caminaba en la noche divisó una luz grande;
habitaban el oscuro país de la muerte,
pero fueron iluminados.
Tú los has bendecido y multiplicado,
los has colmado de alegría.
Es una fiesta ante ti como en un día de siega,
es la alegría de los que reparten el botín.
Pues el yugo que soportaban
y la vara sobre sus espaldas,
el látigo de su capataz,
tú los quiebras como en el día de Madián.
Los zapatos que hacían retumbar la tierra
y los mantos manchados de sangre
van a ser quemados: el fuego los devorará.
Porque un niño nos ha nacido,
un hijo se nos ha dado;
y proclaman su nombre:
«Consejero admirable,
Dios fuerte, Padre que no muere,
príncipe de la Paz.»
El imperio crece con él
y la prosperidad no tiene límites,
para el trono de David y para su reino:
El lo establece y lo afianza
por el derecho y la justicia,
desde ahora y para siempre.
Sí, así será, por el amor celoso de Yavé Sabaot.
Salmo de Lucas 1,46-55
Proclama mi alma la grandeza del Señor,
y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador,
porque se fijó en su humilde esclava,
y desde ahora todas las generaciones me llamarán feliz.
El Poderoso ha hecho grandes cosas por mí:
Santo es su Nombre!
Muestra su misericordia siglo tras siglo
a todos aquellos que viven en su presencia.
Dio un golpe con todo su poder:
deshizo a los soberbios y sus planes.
Derribó a los poderosos de sus tronos
y exaltó a los humildes.
Colmó de bienes a los hambrientos
y despidió a los ricos con las manos vacías.
Socorrió a Israel, su siervo,
se acordó de su misericordia,
como lo había prometido a nuestros padres,
a Abraham y a sus descendientes para siempre.
Lucas 1,39-47
Por entonces María tomó su decisión y se fue, sin más demora, a una ciudad ubicada en los cerros de Judá. 40 Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. 41 Al oír Isabel su saludo, el niño dio saltos en su vientre. Isabel se llenó del Espíritu Santo
y exclamó en alta voz: «¡Bendita tú eres entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! 43 ¿Cómo he merecido yo que venga a mí la madre de mi Señor? 44 Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de alegría en mis entrañas. 45 ¡Dichosa tú por haber creído que se cumplirían las promesas del Señor!»
María dijo entonces:
Proclama mi alma la grandeza del Señor,
y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador,

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