A la pregunta ¿Qué es lo quieres de la vida? muchos responden, casi sin pensarlo: salud y dinero. El hombre sensato responde: Sabiduría. Y todos los sabemos, a los primeros Dios le da cruces y problemas y cosechen desesperanzas y quejas; a los otros el Señor le da cruces y problemas y sabiduría para comprnder el plan de Dios y muchas veces, salud y dinero, como a Salomón.
El libro de al Sabiduría termina con la oración de Salomón, que le pide a Dios “sabiduría para gobernar al mundo con santidad y justicia.” (9,3) La vida del hombre es considerabda por el Libro de la Sabiduría como una maravillosa relación con la sabiduría, y esta relación es oración: “Concédeme la sabiduría”. (4) Y ésta se basa en la experiencia de la propia fragilidad y del propio pecado, por eso sólo puede ser vivida en el clima de acogida de un amor y de una luz irresistibles y respetuosos de nuestra humanidad. Ninguna perfección puede ser suficiente para la obra a la que Dios llama al ser humano: “Sin sabiduría sería estimado en nada” 96). Sólo el don de la sabiduría nos hace contemplar el explendor de la creación.
La oración de Salomón tiene un fin, conocer: “¿quién conocerá tu designio si tú no le dieras sabiduría y le enviarás tu santo espíritu desde los cielos? (17) El hombre sabe que Dios siempre le guía por la sabiduría: “apendieron los hombres qué es lo que te agrada, y se salvaron por la sabiduría” (18). La respuesta de Dios a la oración es la venida del Verbo al seno de María, la sabiduría se encarnó en la persona de Jesús.
Los textos del domingo nos ponen frente a una mismo tema: el abandono en Dios. Con frecuencia nos preguntamos: ¿quién puede conocer la voluntad de Dios? O bien ¿cómo podemo saber lo que Dios quiere de nosotros? Las lecturas de la misa nos dicen que sólo podemos concoer las intenciones de Dios si poseemos la sabiduría. Ahora bien, para poseer la sabiduría es preciso renunciar a todo para seguir a Jesús. La sabiduría que el Señor nos enseña es seguir a Jesús. Nada más. Es preciso librarnos, despojarnos, renunciar a todo lo que creíamos poseer, vender todo lo que tenemos, no llevar dinero con nosotros, no poseer ni siquiera una piedra donde reclinar la cabeza, no encerrarnos en vínculos familiares. “Si alguno quiere venir en pos de mi y no está dispuesto a renunciar a su padre, y a su madre, a su mujer y a sus hijos, hermanos, hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser mi dicípulos” (Lucas 14,26)
La garantía del discípulo consiste en ir a Jesús sin tener nada. La verdadera sabiduría consiste en no llevar ningún peso que nos impida la marcha tras Jesús. Dicho de manera positiva, se trata de llevar un único peso: la cruz de Jesús. Y el peso de la cruz es el peso de su amor. No se trata de hacer cálculos, de contar el número de piedras necesarias para edificar la casa, o el número necesario de personas para la batalla. No es ésta la intención del Señor. Ser discípulo significa no preferir nada que no sea el amor de Jesús. Preferir únicamente y siempre al Señor, es decir, elegirle de nuevo cada día y ofrecerle toda nuestra vida. El don de la sabiduría, que es algo que debemos pedir cada día, nos permite darnos por completo, con libertad y de una manera transparente a ese amor. Quien ha sido vencido por este amor ya no tiene miedo a nada por parte de Dios. El amor vence todo temor. Ya nada podrá espantarnos.
Pablo le enseña Filemón la sabiduría con que tiene que vivir, al esclavo que se le escapó y Pablo lo bautizó ahora tiene que recibirlo Filemón, no como esclavo sino como hermano muy querido” (16) En efecto, mediante el amor de Pablo, Onésimo se ha vuelto para Filemón un hombre como él, auténticamente vivo, en posesión de un tesoro que no perecerá nunca y ahora es para Filemón: “precisamente para ahora lo recibas de forma definitiva” (15).
ORA Y REFELXIONA: repite con frecuencia hoy y vive la Palabra: “Si pierdo la vida por Jesús, reinaré con él eternamente.”
ORACION
Señor Jesús, confirma mi corazón para que no vacile ante la cruz: la tuya, la mía y la de mis hermanos. Sí, Señor: “sólo tú tienes paralabra de vida eterna.” Amén

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