Nuestra lista de invitados y nuestro vestido de bodas.
Un señor africano en 1950 se acercó a una iglesia, exclusiva para personas blancas. Los acomodadores lo pararon en la puerta de la iglesia y le preguntaron qué deseaba. El hombre respondió que quería paricipar del servicio y decir unas palabras. Los acomodadores le dijeron que eso era imposible, y que siguiera su camino. La conregación se enteró después que el hombre había viajado desde Africa para agradecerles la ayuda que les habían mandado para el trabajo misionero.
Hoy leemos del Libro del Esclesiástico, donde se entree en él, el mensaje de las bienaventuranas y el estilo humilde y sencillo de Jesús de Nazaret. Vemos allí la pedagogía de Dios, a cada consejo o recomendsación sigue o está asociada una promesa: “serás amados, obtendrás el favor del Señor.” Es importante recoger esta pedagogía de Dios. Dios quiere educar a su pueblo con las promesas asociadas a sus mandamientos y a sus invitaciones o llamadas.
Se recomiendan dos actitudes: la humildad y la generosidad. La primera hace grande al hombre, aunque siga siendo pequeño en sí mismo, a los ojos de Dios. Grande significa aquí, amado, querido, digno de ser colmado de gracia. Pero lo que impresiona es la motivación que Ben Sirá explicita y que nosotros estamos invitados a hacer mente: el Señor concede gracias a los humildes porque ”acepta que lo honren los humildes.”
Uno de los modos más seguros de dar gloria a Dios es renunciar a nuestra propia gloria en la tierra. ¿Y por qué? A la luz de la historia de la salvación y sobre todo a la luz de la historia de Jesús de Nazaret, podemos dar una respuesta segura a esta pregunta: porque el camino de la humildad, adquirida por la humillación, es el camino escogido por Dios para revelarse a su pueblo, es el camino escogido por Jesús para salvar a la humanidad.
La otra actitud recomenda es la generosidad, que se manifiesta sobre todo por medio de la limosna. En efecto si es verdad que la limosna expía, perdona los pecados, lo es por un motivo muy sencillo: que Dios se deja conmover por la generosidad de quien dirige una mirada compasiva al pobre, que por ellos dilata su corazón y abre su mano de par en par a cada uno que se encuentre en necesidad. Sólo Dios puede perdonar los pecados del hombre: en cierto modo, la limosna le pone en condiciones de perdonar a todos y cada uno.
La enseñanza continúa en el evangelio. En el marco de un banquete Luca recoge un par de enseñanzas de Jesús relacionadas con la elección de los primeros puestos (7-11) y la selección de los invitados (12-14) Y todo esto tiene como tema de fondo el tema de la invitación al banquete escatológico; y podemos llamar a estas parábolas como “las parábolas de la invitación divina”. Parecen dos escenas de la vida diaria, que al final han sido compuestas en una unidad capaz de revelar, por un lado, la mente de quien invita y, por otro, las actitudes éticas de quien acepta la invitación.
En la primera parábola vemos que Lucas le interesa poner de manifiesto que, con frecuencia en las realciones humanas, el anfitrión y los invitados están llenas de prejuicios egoístas, de triviales arribismos, de preocuacciones jerárquicas. Jesús desmantela eso, y pone al desnudo, allí en la mesa, sus sentimientos. Hay motivo aquí para reflexionar y para preocuparse, vistas las modalidades con las que frecuen-temente se enlazan nuestras relaciones interpersonales.
En la segunda parábola Jesús pone en claro que debajo de gestos compasivos se esconden sentímientos egoístas: la selección de los invitados es hecha por motivos de obligación, simpatía o de interés. No es fácil darse cuenta de la fuerte carga de contestación hasta de acusación que caracteriza a estas parábolas de Jesús, que, una vez más, se manifiesta como el Mesías de los pobres, de los pequeños y los oprimidos, alguien que siempre se pone del lado de los últimos.
Así es clara la bieanventuranza del final: “Dichoso tú, si no pueden pagarte. Recibirás tu recompensa cuando los justos resuciten” (14). Jesús promete aquí de una maneera implícita, el ejemplo mismo de Dios, que no tiene acepción de personas a la hora de distrubuir sus bienes: así debería proceder el auténtico discípulo de Jesús, superando la lógica humana, frecuentemente egoísta, y esperar la recompensa, a lo sumo, sólo de Dios.
La humildad no corre en el mundo de hoy, es una rareza indeseable. Sin embargo si todo creyente se mantiene en la escuela de Dios y del Evangelio, advierte cada vez más que se siente más llamado día a día a caminar por el sendero de la humildad. Este es el camino que Dios abrió del ceilo a la tierra cuando él bajó a nosotros. Este es el camino po el que Cristo se movió cuando vivió en medio de nosotros. Este es el camino por el que han andado los santos. Este es el camino de la perfección cristiana, es el camino que se abre ante todos aquellos que, como peregrinossobre la tierra, se sienten llamdos a la patria del cielo. Y hablando de banquete es el traje de bodas para ser admitidos a la mesa. Y es la manera que nos asemeja a Cristo, y es la única manera que reconoce Jesús nuestra semejanza con él. Es una actitud de vida. Si no se es humilde el ánimo, no pueden ser humildes las palabras y los gestos. Y es una lección que solo podemos aprender de Jesús; “aprended de mi que soy sencillo y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras vidas” (Mateo 11,29). ¿Quién de nosotros puede decir de verdad que ha aprendido de Cristo?” (Efesios 4,20)
Por Jesús conocemos al Padre, con las palabras del salmo de hoy: “Tú eres, Señor, el Padre de los humiles, el defensor de los huérfanos y las viudas y preparas una tierra para el indigente,” así invocamos al Padre de Jesús.
ORA Y REFELXIONA: repite con frecuencia y vive la la Palabra: “Dichoso tú si no pueden pagarte”. (Lucas 14,14)
ORACION
Padre bueno y misericordioso, de ti procede toda bendición, infunde en nuestro corazón el amor a tu nombre para que aumentes el bien en nosotros y lo conserves con tu amor de Padre. Amén.

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