TIEMPO ORDINARIO
Las parábolas de la misericordia.
Sorprende que el evangelio, que antes había descrito con gran riqueza la partida del hijo hacia un país lejano, no mencione el estado de ánimo del hijo. Lucas quiere hacer comprender algo: el amor tierno del padre respecto de su hijo está ahora sobre el hijo, le envuelve por completo, y éste se encuentra literalmente por el ambiente festivo de alegría. Todo es a imagen del desbordamiento de su inmensa alegría de padre. Nos maravilla verdaderamente esta búsqueda del hombre perdido por parte de Dios, a través de los caminos y senderos escarpados. Nos sorprende que Dios no encuentre paz mientras no haya encontrado al que se había perdido. Pero precisamente así es ese Dios nuestro, absolutamente diferente, lleno de amor que nunca hemos merecido, donde desaparece todo tipo de cálculo en su condescendencia sin límite. Este amor llega al corazón del hijo “perdido” y “encontrado.”
El fragmento de evangelio celebra también, a través de las palabras y actitudes de Jesús, la misericordia infinita del Padre. Así es como Lucas introduce las parábolas sobre la misericordia. Se trata de una imagen sorprendente, que produce fascinación “Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para oírle. Los fariseos y maestros de la Ley murmuraban: “Este anda con pecadores y come con ellos...” (lss) Como es patente, no conocen el amor d Dios, no tienen idea de la superabundancia de su amor. Esta superabundancia recibe en la Escritura el nombre de “misericordia”. Se revela sobre todo en aquellos que rechazan a Dios, como la oveja perdida que se pierde o el hijo que le abandona y se marcha lejos. Dios tendría todo el derecho de enojare y 4e castigar, pero este sentimiento ni siquiera le roza. Dios deja hacer, no interviene; al contrario corre al encuentro del hijo: “Cuando aún estaba lejos, su padre le vio y, profundamente conmovido, salió corriendo a su encuentro, lo abrazó y lo cubrió de besos” (20). Dios no quiere saber nada de nuestras excusas, solo quiere manifestar su alegría: “Traigan el mejor vestido.., hagamos fiesta, porque este hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y lo hemos encontrado...”. Dios no quiere oír excusas; sólo quiere recubrimos de su amor.
La vida de Jesús se explica a no ser por ese amor que le lleva a la cruz. Jesús, al dársenos del todo, nos ofrece la salvación, esa vida bienaventurada que ahora se encuentra en germen, pero que un día se consumará en vida eterna. No existe la menor duda: Jesús encarna el amor de Dios que escandaliza a los justos (Mateo 11,19) el hijo prodigo es abrazado, festejado a su retorno, mientras que hijo mayor, que ha permanecido siempre junto al Padre, no tiene ningún derecho a estar celoso (11-32) Por ser bueno, Jesús va a buscar la oveja perdida, las otras 99 deben estar contentas que las ha dejado solas, porque la alegría de Dios por esa única oveja encontrada en mayor (Mateo 18,l2ss)
El evangelio nos invita a mirar ese corazón que perdona grandes deudas y que espera el corazón del hombre se sienta inclinado a hacer lo mismo en pequeño (Mateo 18,23-25).
Bien claro: Dios no tiene necesidad de hacer milagros particulares para los que le son fieles: la cosa más milagrosa consiste en el hecho de que nosotros podamos ser sus hijos y que no retiene para él nada de lo que es suyo. Los milagros se hacen para recuperar a las personas que se han perdido, apra festejar a los que vuelvan.
ORA Y REFLEXIONA: repite con frecuencia hoy y vive la Palabra: "Danos, oh Padre, la alegría del perdón” (salmo 50).
ORACION
Míranos, Señor, con ojos de misericordia y haz que experimentemos vivamente tu amor para que podamos servirte con toda nuestra nuestras. Amén

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