Me gusta dialogar, con mis amigos y con cualquiera, rasgo que heredé de mi madre, quien se hacia encontradiza con todo el que pasara por su camino para dialogar. Ella era de esas personas que gozaba de la conversación.
A todos los llamo “vecino”, porque eso somos en este mundo mientras caminamos por la vida al encuentro de la Vida, donde el diálogo y la convivencia serán eternos. “Conocer las Escrituras es conocer a Jesucristo”, decía San Jerónimo. Y el Concilio Vaticano II nos urge a leer asiduamente las Escrituras. La iglesia lo hace cada día, lee, medita, ora, predica y celebra las Escrituras vivas en la persona de Jesús y en la vida de sus miembros. Esto es lo que les ofrezco, las lecturas que la Iglesia usa cada día y una reflexión y cómo orar con ellas “para adquirir, como dice Pablo, el conocimiento de Jesucristo.” Los invito a caminar, como Jesús con los discípulos de Emaús, para que al final del camino “lo conozcamos al partir el pan".



viernes, 5 de octubre de 2007

HOMILIA Y ORACION

TIEMPO ORDINARIO 2007

No rechaces la Palabra

Todos aprendemos fácilmente las reglas del juego en los negocios. Aprendemos a cómo evitar y usar los errores para nuestro beneficio. Admitimos nuestro error. Explicamos lo lo que ha pasado y que vamos a hacer para corregirlo. Pedimos disculpas Corregimos el error y le damos gracias al cliente por su paciencia. La confianza desarrollada es importante para el progreso del negocio.

La priemra lectura de hoy nos hace ver cómo Dios ofrece a los israelitas ayuda y guía para mantenerlos en el camino recto. Pero a pesar de los los muchos profetas que el Señor les ha enviado el pueblo persiste en darle la espalda a Dios. El evangelio nos deja ver el justo enojo del Señor contra las ciudades que rechazado su enseñanza. Y como vimos con los profetas, el pueblo que debiera haber oído a Jesús, lo ha ignorado.

¿Cuál es la diferencia entre nosotros y los lugares que menciona el evangelio, como Cafarnnaún? Que nosotros hemos tenido dos mil años de reflexión y revelación que nos han ayudado a entender sus palabras. Por lo tanto, si Jesús reprende severamente a los habitantes de las ciudades que lo vieron y escucharon, ¿qué hará con nosoros?. Gracias a Dios, no todo está perdido. Nosotros no sólo nos beneficiamos por admitir nuestros errores, tenemos la posibilidad de transformar nuestras vidas cuando confesamos y pedimos el perdón de Dios.

Baruc nos presenta una liturgia. Tras la lectura de la Escritura, Baruc nos introduce una amplia oración penitencial. Es la súplica de los exilados, en la cual pueden reconocerse todos los que están ahora sometidos al poder extranjero, en cualquier parte que se encuentren porque fueron dispersados por el imperio asirio y luego bailónico. Es por lo tanto la oración del pueblo en la diáspora que no quiere perder su identidad espiritual.

En primer lugar se sienten solidarios en la culpa que ha marcado la historia pasada, una historia compuesta de promesas divinas y pecados del pueblo. Es una historia solidaria en el bien y en el mal. Los dones de Dios han sido numerosos y grandiosos, mientras que el pueblo ha reaccionado con la desobediencia y con la rebelión. Por eso se hace necesaria una confesión de la culpa que reconozca la justicia e inocencia de Dios. “Reconocemos que el Señor es inocente, nosotros en cambio estamos abrumados de vergüenza…” (15). En esta justicia, en esta falta de culpabilidad de Dios se encuetra la posibilidad que tiene el pueblo de comenzar de de nuevo, de aguardar el perdón de Dios. En esta confesión, el pueblo que está presente y que ha dirigido su súplica a Dios se siente responsable de las culpas del pasado, y esto es lo que lo hará precisamente solidario en las promesas de Dios al pueblo.

En el evangelio es importante observar que Lucas pone el relato del juicio sobre las ciudades del algo después del envío de los 72 discípulos (10,1-12) dejando entender así un desenlace negativo de su anuncio. Jesús les había dado las instrucciones para la misión y aquí indica las condiciones requeridas para una efectiva acogida del Evangelio del Reino.

Las ciudades del lago son sometidas a un juicio severo (13-15) por no haber respondido con fe verdadera y una sincera conversión al anuncio de los discípulos de Jesús. Corazaín, Betsaida y Cafarnaún son las ciudades en las que más actuó Jesús, anunciando el Nuevo Proyecto de Dios, la Buena Nueva y haciendo muchos milagros, sin embargo no creyeron en el evangelio ni cambiaron de conducta. Les profetiza una suerte peor que Sodoma y Gomorra, que representan en la tradición bíblica la oposición más obstinada a Dios (Génesis 19) Luego las compara a Tiro y Sidón, ciudades enemigas de Israel y extrañas a la promesa, pero que se han mostrado abiertas a la escucha de la Palabra y dispuestas a la penitencia. Jesús termina refiriéndose al principio de que el enviado goza de la misma autoridad del que le ha enviado, y por lo tanto puede exigir la misma obediencia que se debe a quien lo envía. Dado que los discípulos han sido envadiados por Jesús, a su vez han sido enviados por el Padre, recibirlos o rechazarlos significa rechazar o recibir al mismo Dios. Es decir, se convierte en salvación o perdición

Si unimos las dos lecturas ambas tienen en común un rasgo penitencial. La constante conversión exigida por el discípulo exige que el aspecto penitencial de cambio, conversión, siempre esté presente en nuestra vida cristiana. Este juicio severo de Jesús es una advertencia para quienes creemos la palabra del Evangelio, a fin de que no cerremos y endurezcamos el corazón a la verdad escuchada en la Palabra. Debemos acoger de buen grado a quien exhorta a la conversión haciéndonos constatar nuestros pecados e incitándonos a cambiar de vida. En los profetas que a veces nos resultan incómodos, la Palabra nos hace reconocer la voz de Dios que nos señala el camino de la conversión. ¿Por qué? Lo dice Baruc: “cada uno de nosotros ha seguido los proyectos de su obstinado corazón dando culto a otros dioses y ofendiendo a nuestro Dios, con su conducta” (Baruc 1,22)

ORA Y REFLLEXIONA: repite con frecuencia y vive la Palabra: “Perdona nuestros pecados obstinados” (Baruc 1,19).

ORACION

Señor redentor nuestro, sólo tú conoces lo grande de nuestras faltas. Te abro mi corazón y te pido que me guíes con tu amor y entonces cumpliré totalmente tu voluntad. Amén

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