Me gusta dialogar, con mis amigos y con cualquiera, rasgo que heredé de mi madre, quien se hacia encontradiza con todo el que pasara por su camino para dialogar. Ella era de esas personas que gozaba de la conversación.
A todos los llamo “vecino”, porque eso somos en este mundo mientras caminamos por la vida al encuentro de la Vida, donde el diálogo y la convivencia serán eternos. “Conocer las Escrituras es conocer a Jesucristo”, decía San Jerónimo. Y el Concilio Vaticano II nos urge a leer asiduamente las Escrituras. La iglesia lo hace cada día, lee, medita, ora, predica y celebra las Escrituras vivas en la persona de Jesús y en la vida de sus miembros. Esto es lo que les ofrezco, las lecturas que la Iglesia usa cada día y una reflexión y cómo orar con ellas “para adquirir, como dice Pablo, el conocimiento de Jesucristo.” Los invito a caminar, como Jesús con los discípulos de Emaús, para que al final del camino “lo conozcamos al partir el pan".



jueves, 22 de octubre de 2009

23 DE OCTUBRE DEL 2009

LA PALABRA DE DIOS


ROMANOS 7,18-25
18 El querer está a mi alcance, el hacer el bien, no. 19 De hecho no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero. 20 Por lo tanto, si hago lo que no quiero, eso ya no es obra mía sino del pecado que habita en mí.
21 Ahí me encuentro con una ley: cuando quiero hacer el bien, el mal se me adelanta. 22 En mí el hombre interior se siente muy de acuerdo con la Ley de Dios, 23 pero advierto en mis miembros otra ley que lucha contra la ley de mi espíritu, y paso a ser esclavo de esa ley del pecado que está en mis miembros.
24 ¡Infeliz de mí! ¡Quién me librará de este cuerpo de muerte!
25 ¡Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo, nuestro Señor!
25 En resumen: por mi conciencia me someto a la Ley de Dios, mientras que por la carne sirvo a la ley del pecado.

SALMO 119,66-67,77,93-94

66 Enséñame el buen sentido y el saber, pues tengo fe en tus mandamientos.
67 Antes de ser humillado me había alejado, pero ahora yo observo tu palabra.
68 Tú que eres bueno y bienhechor, enséñame tus preceptos.
76 Que tu gracia me asista y me consuele, conforme a tu palabra dada a tu siervo.
77 Que venga a mí tu ternura y me dé vida, porque mis delicias son tu Ley.
93 Jamás olvidaré tus ordenanzas pues por ellas me haces revivir.
94 Tuyo soy, sálvame, ya que he buscado tus ordenanzas.

LUCAS 12,54-59

54 También decía Jesús a la gente: «Cuando ustedes ven una nube que se levanta por el poniente, inmediatamente dicen: “Va a llover”, y así sucede. 55 Y cuando sopla el viento sur, dicen: “Hará calor”, y así sucede.
56 ¡Gente superficial! Si ustedes saben interpretar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo es que no comprenden el tiempo presente?
57 ¿Cómo no son capaces de juzgar por ustedes mismos lo que es justo?
58 Mientras vas donde las autoridades con tu adversario, apro vecha la caminata para reconciliarte con él, no sea que te arrastre ante el juez y el juez te entregue al carcelero, y el carcelero te encierre en la cárcel. 59 Yo te aseguro que no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último centavo.

HOMILIA

Rom 7,18-25a: ¿Quién me librará de este cuerpo presa de la muerte? Salmo 118: Instrúyeme, Señor, en tus leyes. Lucas 12,54-59: “¿Cómo no saben interpretar el momento presente?”

La capacidad profética de leer los signos de los tiempos es una de las que más desarrolla el cristiano en el seguimiento de Jesús. Seguirlo a él implica aprender; estar dispuesto a formarse y a conformarse con ese ser humano nuevo que nace en la experiencia pascual. Este camino, sin embargo, implica una dimensión de lucha, de esfuerzo, de transformación. Y la primera transformación es la apertura a la esperanza, al futuro, a la novedad que viene de Dios en todo momento. Ese futuro es posible precisamente porque la memoria del paso de Dios nos permite tener una referencia y una experiencia de ese Dios que se empeña en que seamos libres. Al mismo tiempo, exige que valoremos el momento presente, este preciso instante, porque en él Dios se manifiesta de manera extraordinaria; y si no tenemos la mente lista y el ojo afinado, perderemos esa posibilidad de encuentro con el Dios que crea, mantiene y defiende la vida. Hemos de tener presentes los acontecimientos de la vida diaria, para descubrir desde allí lo que el mismo Dios nos va a revelar. Pero eso significa estar bien atentos y no dormirnos en los laureles dejando pasar este tiempo tan significativo en nuestras vidas.
El texto que hoy hemos leído de Pablo es uno de los más dramáticos, entre otras razones porque el apóstol considera en él no tanto la condición espiritual de la humanidad como nuestra situación de cristianos, salvador por la fe, pero siempre en la lucha por la consecución de la salvación. No basta con conocer la ley de Dios para observarla. No basta con hacer nuestro el misterio pascual de Jesús, que anima y sostiene asimismo la vida de todo verdadero discípulo suyo. La enseñanza de pablo se hace mucho más concreto y personal.
En efecto se trata de una descripción en primero persona del singular, que por una parte nos permite entrar en el drama de Pablo y, por otra, nos ayuda a vivir con plena conciencia neu7stro drama personal. Es cierto que hemos sido liberados de una terrile esclavitud, -la del pecado y Satanás-, pero es igualmente cierto que día tras día estamos a otra esclavitud de la carne, la del mal la de nuestros deseos más bajos. En consecuencia, no podemos dejar de compartir el tono de esta carta pauloina y dejarnos de considerarla también como plenamente nuestra. Basta releerla con honestidad para sentirnos implicados personalmente en las reflexiones, en las angustias y en el anhelo profundo que sube del corazón de Pablo: “!Desdichado de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo, que es portador de muerte? (24) En esta exclamación y en esta pregunta reconocemos todo el drama de Pablo, todo nuestro drama.

Jesús “se dirige a la gente”: en efecto, el deber de saber discernir “el tiempo presente”, que es un tiempo providencial y dramático; a todos concierne el saber juzgar “lo que es justo!'' (57), o sea, lo que en su vida está de acuerdo o no con la voluntad de Dios. El presente discurso sobre “los signos de los tiempos”, no hemos de considerarlo, por consiguiente, como abstracta y académico; al contrario, Jesús pretende llamar neustra atención sobre la extrema seriedad de la vida que llevamos, de la historia que estamos viviendo. Se trata de una instancia evangélica que se repite, ésta: quien no la acepta o no se esfuerza en vivirla iguiente, como si laluz del Evangelio no iluminara a cada hombre que viene a este mundodirectamente de Jesús el calificativo es “hipócrita”.

No se trata, según Jesús, de una mera incapacidad para leer los “signos de los tiempos”: diríase que en ellos no hay evidencia inmediata que ni siquiera los ciegos pueden negar. Tampoco, se trata aquí, de la actitud pecaminosa de quienes viven como si no existiera Dios o, mejor dicho, como si no hubiera venido Jesús a nosotros y, por consiguiente, como si la luz del Evangelio no iluminara a cada hombre que viene a este mundo. Se trata más bien, de la “hipocresía”: la actitud de quien ve los signos pero no quiere comprenderlos, esto es, no quiere aceptar su evidencia, ni siquiera quiere dejarse rozar por la luz que éstos desprender. Los verbos que Jesús usa son “saber”, “discernir”, “juzgar” y este relieve hace aún más evidente el significado de las perábolas dee Jesús. Como es obvio, se trata de los signos que se manifiestan en la vida de Jesús, y no es difícil comprender cuáles son. Ciertamente, los signos de las acciones milagrosas realizadas por él; ciertamente, los signos muy furtes en ocasiones, de sus palabras, de algunas de sus palabras, ciertamente los signos anexos a toda su existencia terrena (vida oculta en Nazaret y vida pública en Palestina). Pero se trata, sobre todo, de ese “signo” que ha sido y sigue siendo todavía la vida de Jesús considerada en su totalidad. Como los profetas de cierto tiempo, también Jesús es una profecía viva, una persona hecha profecía.
Pocas páginas como las que se nos proponen hoy Pablo son capaces de expresar con una carácter más incisivo el drama que se consuma en el interior de cada creyente. Pablo habla de “!Desdichado de mí!” Y a sentir todavía llega a exclamar: “!Desdichado de mí”! y a sentir todavía con más fuerza el deseo de una paz que se aplique a toda disidencia.

Pero, Pablo no se detiene aquí. Va más allá y nos señala la verdadera originalidad del creyente: a él se le concede mirarse y examinarse no bajo un cielo viejo e implacable, sino bajo la mirada de Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo. En consecuencia, puede y debe dejar frotar de su corazón una acción de gracias, porque toda nuestra vida es ahora eucaristía al Padre por medio de Jesucristo.
Recordamos hoy porque la Palabra nos repite repetir con frecuencia y vivir hoy La palabra: “!Desdichado de mí! ¿Quién me librtará de este cuerpo, que es portador de muerte?!” (Romanos 7,24).

El cristiano parte de un núcleo inicial: Dios es Palabra. Verdad, Palabra personal del Padre, Palabra creadora, Palabra que es vida y luz para los hombres. Esta Palarba se ha hecho carne, es decir, ha penetrado en la criatura humana; carne designa aquí a la criatura en su extrema debilidad, casi junta a los confines de la nada. El sentido de que es el hecho inicial es que tal condescendencia tuvo lugar para nuestra elevación, que este empobrecimiento tuvo lugar para enriquecernos, que esta humillación es nuestra más elevada promoción.

La Palabra dee Dios es como el átomo, como la semilla. Bajo su aparente simplicidad y pobreza esconde una comp0lejidad máxima, una capacidad máxima de transformación del hombre y de la vida. La parábola que estamos comentando, tras haber trazado la procedencia, la riqueza, las intnciones de la palabra, presenta su drama: la semilla puede morir la puede matar precisamente el ambiente que debería haberla hecho vivir. La Palabra de Dios puede ser aniquilada en cada uno se nosotros, porque Dios ofrece sus dones, pero no los impone, porque Dios nos ha dado la libertad, ni la retoma ni la pisotea. La libertad, sumo valor, se convierte así en algo que la hace más grande riesgo para el hombre y para Dios.


ORACION

Piedad, Señor, por mi pereza a la hopra de satisfacer las necesidades ajenas; por mi superficialidad, que no es capaz de percibir el llanto de los pobres; por mi tranquilo vivir frente a las injusticias incómodas; por tantas palabras inútiles, que se han quedado como vocablo sin corazón.

Piedad, Señor, por mi orgullo, incapaz de juicios imparciales; por mi intromisión, que ha arrebatado a otros el espacio vital; por haberme servido de las ideas de los otros para manifestar sus debilidades; por haber sido un censar rígido de los fallos ajenos y olvidar los míos de una manera culpable.

Piedad, Señor, por mis infidelidades cotidianas, por mi ingratitud –que ha tomado por descontado todo bien-, por mi presunción intolerante frente a la desaprobación, por haber pasado junto a quien estaba solo sin hacerme su prójimo.

Piedad pido a la humanidad, y a ti, Señor, la libertad.

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