2 En Cristo Jesús la ley del Espíritu de vida te ha liberado de la ley del pecado y de la muerte.
3 Esto no lo podía hacer la Ley, por cuanto la carne era débil y no le respondía. Dios entonces quiso que su propio Hijo llevara esa carne pecadora; lo envió para enfrentar al pecado, y condenó el pecado en esa carne.
4 Así, en adelante, la perfección que buscaba la Ley había de realizarse en los que no andamos por los caminos de la carne, sino por los del Espíritu.
5 Los que viven según la carne no piensan más que carne, y los que viven según el Espíritu buscan las cosas del espíritu. 6 Pero no hay sino muerte en lo que ansía la carne, mientras que el espíritu anhela vida y paz.
7 Los proyectos de la carne están en contra de Dios, pues la carne no se somete a la ley de Dios, y ni siquiera puede someterse. 8 Por eso los que viven según la carne no pueden agradar a Dios.
SALMO 24,1-6
1 Del Señor es la tierra y lo que contiene,
1 Del Señor es la tierra y lo que contiene,
1 el mundo y todos sus habitantes;
2 pues él la edifició sobre los mares,
2 y la puso más arriba que las aguas.
3 ¿Quién subirá a la montaña del Señor?
3 ¿Quién estará de pie en su santo recinto?
4 El de manos limpias y de puro corazón,
4 el que no pone su alma en cosas vanas
4 ni jura con engaño.
5 Ese obtendrá la bendición del Señor
5 y la aprobación de Dios, su salvador.
6 Así es la raza de los que Le buscan,
6 de los que buscan tu rostro, ¡Dios de Jacob!
LUCAS 13,1-9
1 En ese momento algunos le contaron a Jesús una matanza de galileos. Pilato los había hecho matar en el Templo, mezclando su sangre con la sangre de sus sacrificios.
2 Jesús les replicó: «¿Creen ustedes que esos galileos eran más pecadores que los demás porque corrieron semejante suerte? 3 Yo les digo que no. Y si ustedes no renuncian a sus caminos, perecerán del mismo modo. 4 Y aquellas dieciocho personas que quedaron aplastadas cuando la torre de Siloé se derrumbó, ¿creen ustedes que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? 5 Yo les aseguro que no. Y si ustedes no renuncian a sus caminos, todos perecerán de igual modo.»
6 Jesús continuó con esta comparación: «Un hombre tenía una higuera que crecía en medio de su viña. Fue a buscar higos, pero no los halló. 7 Dijo entonces al viñador: “Mira, hace tres años que vengo a buscar higos a esta higuera, pero nunca encuentro nada. Córtala. ¿Para qué está consumiendo la tierra inútilmente?” 8 El viñador contestó: “Señor, déjala un año más y mientras tanto cavaré alrededor y le echaré abono. 9 Puede ser que así dé fruto en adelante y, si no, la cortas.”
10 Un sábado Jesús estaba enseñando en una sinagoga. 11 Había allí una mujer que desde hacía dieciocho años estaba poseída por un espíritu que la tenía enferma, y estaba tan encorvada que no podía enderezarse de ninguna manera. 12 Jesús la vio y la llamó. Luego le dijo: «Mujer, quedas libre de tu mal». 13 Y le impuso las manos. Al instante se enderezó y se puso a alabar a Dios.
La liturgia de la Palabra nos hará leer, a partir de hoy, la totalidad del capítulo 8 de la Carta a los Romanos. Sin lugar a duda es el capítulo más bello de todo el Nuevo Testamento. S belleza proviene del contraste con todo el capítulo anterior; dotado de tonos extremadamente dramático como ya hemos visto. A contraluz, las reflexiones de Pablo resultan ahora mucho más iluminadoras y reconfortantes.
El hombre es “carnal, es decir, esclavo de egoísmo que le conduce al pecado y a la muerte. Pero ahora vive bajo una nueva ley, “la ley del Espíritu vivificador me ha liberado por medio de Cristo Jesús.” (2) Los comentaristas señalan que esta expresión es una síntesis de las famosas profecías de Jeremías, 31,33 y de Ezequiel 36,27 y 37,14. El creyente removado y transformado por el Espíritu de Dios, que le ha sido dado por Jesús, puede obedecer ahora a la voluntad de Dios, que le ha sido dada por Jesús, puede obedecer ahora a la volutnad de Dios, y esto no ya por una constricción externa, sino por la ley interior de la nueva vida. Bien dijo Santo Tomás de Aquino que “la ley del Nuevo Testamento es el Espíritu”.
A partir de esta primera afirmación, el discurso de Pablo se desarrolla de manera línea y lógica. En el centro de su pensamiento se encuentra, como es obvio, el gran acontecimiento de la encarnación del Verbo: “Pues lo que es imposible para la ley, a causa de la fragilidad humana lo realizó Dios enviendo a su propio Hijo con una naturaleza semejante a la del pecado. Es más, se hizo se hizo sacrificio de expiación por el pecado y dicto sentencia contra él a través de su propia naturaleza mortal.” (3) La vida cristiana es por consiguiente “vida espiritual”, en el sentido más fuerte de la expresión: el cristiano, precisamente porque ha hecho suya la “ley del Espíritu” y porque el Espíritu habita en él, vive según el Espíritu, piensa en las cosas del Espíritu y vive con la esperanza de experimentar el poder del Espíritu de Dios, que le hará resucitar de los muertos y partícipe de la gloria de Dios.
El evangelio nos trae una experiencia frecuente en Lucas, después de una afirmación de Jesús sigue una ilustración por medio de una parábola.. La enseñanza global es la siguiente: los signos de los tiempos deben ser leídos e interpretados no sólo en la vida de Jesús, sino también en “nuestra propia historia,” en nuestra vida personal. Sin embargo, es preciso estar en guardia contra le peligro de las seudolecturas, es de ir, por nuestros preconceptos, pensamientos que se nos ocurren a nosotros, pero no al Señor. Lo mismo les pasó a los contemporáneos de Jesús se dejaron desviar por una concepción de la retribución persona pretendiendo percebir en algunas calamidades un castigo de Dios dirigido contra los que las han sufrido.
Se trata de la ocasión de la matanza ordenada por Pilato de unos que estaban ofreciendo sus sacrificios en el templo, además del accidente fortuito de “aquellos dieciocho” que murieron aplastado por la torre de Siloé. El racionamiento de algunas personas anónimas que fueron a contarla la historia a Jesús están totalmente superados ahora: no es que Dios sea justo y se manifieste como tal porque ha castigado esas personas, demostrando así que eran pecadoras, Jesús rechaza esa intepretación tan mezquina y simplista; es más, afirma que esos hombres no eran peores que los otros. La desgracia que se ha abatido sobre ellos, es sólo la señal del juicio que incumbe a todos. Se trata, por tanto, de un a viso de Dios dirigido a todos, también a nosotros, para que sepamos interpretar correctamente no los hechos de una historia pasada, sino unos hechos que sirven de contrapunto a la historia presente.
El Espíritu Santo pone en marcha una fuerza irresistible y suave que nos guía a la verdad completa y nos libera de los vínculos de la “carne”. Ponernos cada vez más bajo el suve jugo del Espíritu es el camino de conversión al que estamos llamados. Nos lo recuerda también el fragmento del evangelio en el que Jesús nos invita a reflexionar sobre algunos acontecimientos dramáticos. Todo debería impulsarnos a alcanzar la inspiración nueva del Espíritu que nos permita dar frutos buenos para nosotros y para los hermanos. Nadie, sin embargo, puede sustituirnos en la aceptación de las invitaciones que, continuamente, se nos dirigen para nos adentremos en alta mar y nos dejemos conducir por el soplo del Espíritu en el gran mar de la libertad y del amor.
Este Espíritu de Cristo, al venir al creyente, a través de los sacramentos, la Palabra y todos los demás medios a su disposición, en la medida en que es acogido y secundado, es capaz de cambiar nuestra situación interior que la ley no podía modificar. He aquí como sucede esto. Mientras el hombre vivir “para sí mismo”, o sea en régimen de pecado, Dios se le muestra inevitablemente como un antagonista y como un obstáculo. Hay entre él y Dios, una sorda enemistad que la ley no hace más que poner en evidencia. El hombre “ansía”, quiere determinadas cosas y, Dios es el que, de sus mandamientos, le cierra el camino, oponiéndose a sus deseos con los propios, “Tú debes” y “tno debes.” La ley nueva que nos trajo el Espíritu en Jesús es mucho más que una indicación, de voluntad, es una “acción”, un principio vivo y activo. Por eso mucho más a menudo que ley, se denomina “gracia” Pablo nos lo dijo hoy, “Ya no estáis en régimen de Ley, sino en régimen de gracia.” (Romanos 6, 14)

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