1 Las almas de los justos están en las manos de Dios y ningún tormento podrá alcanzarlos.
2 A los ojos de los insensatos están bien muertos y su partida parece una derrota. 3 Nos abandonaron: parece que nada quedó de ellos. Pero, en realidad, entraron en la paz.
4 Aunque los hombres hayan visto en eso un castigo, allí estaba la vida inmortal para sostener su esperanza:
5 después de una corta prueba recibirán grandes recompensas.
5 Sí, Dios los puso a prueba y los encontró dignos de él.
6 Los probó como al oro en el horno donde se funden los metales, y los aceptó como una ofrenda perfecta.
7 Cuando venga Dios a visitarnos, serán luz, semejantes a la centella que corre por entre la maleza.
8 Gobernarán naciones y dominarán a los pueblos, y el Señor será su rey para siempre.
9 Los que confiaron en él conocerán la verdad, los que fueron fieles en el amor permanecerán junto a él.
SALMO 23,1-6
1 El Señor es mi pastor: nada me falta;
2 en verdes pastos él me hace reposar.
2 A las aguas de descanso me conduce,
3 y reconforta mi alma.
3 Por el camino del bueno me dirige,
3 por amor de su nombre.
4 Aunque pase por quebradas oscuras,
4 no temo ningún mal,
4 porque tú estás conmigo
4 con tu vara y tu bastón,
4 y al verlas voy sin miedo.
5 La mesa has preparado para mí
5 frente a mis adversarios,
5 con aceites perfumas mi cabeza
5 y rellenas mi copa.
6 Irán conmigo la dicha y tu favor
6 mientras dure mi vida,
6 mi mansión será la casa del Señor
6 por largos, largos días.
ROMANOS 5,5-11
La esperanza no quedará frustrada, pues ya se nos ha dado el Espíritu Santo, y por él el amor de Dios se va derramando en nuestros corazones.
6 Fíjense cómo Cristo murió por los pecadores, cuando llegó el momento, en un tiempo en que éramos impotentes.
7 Difícilmente aceptaríamos morir por una persona “justa”; tratándose de una buena persona, tal vez alguien se atrevería a sacrificar su vida. 8 Pero Dios dejó constancia del amor que nos tiene: Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores.
9 Con mucha más razón ahora nos salvará del castigo si, por su sangre, hemos sido hechos justos y santos.
10 Cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con él por la muerte de su Hijo; con mucha
más razón ahora su vida será nuestra plenitud. 11 No sólo eso: nos sentiremos seguros de Dios gracias a Cristo Jesús, nuestro Señor, por medio del cual hemos obtenido la reconciliación.
JUAN 6,37-40
Todo lo que el Padre me ha dado vendrá a mí, y yo no rechazaré al que venga a mí,
38 porque yo he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. 39 Y la voluntad del que me ha enviado es que yo no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite en el último día.
40 Sí, ésta es la decisión de mi Padre: toda persona que al contemplar al Hijo crea en él, tendrá vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.»
HOMILIA
Celebramos hoy la Conmemoración de los Fieles Difuntos. Es la gran fiesta de la esperanza de la vida. Para los que creemos en Dios, la vida no termina con la muerte, sino que se trasforma, alcanza una calidad superior mediante la cual se entra en plena comunión con Dios, que es la fuente primordial e inagotable de la vida. Pero también, recordar a nuestros difuntos significa confesar que ellos “siguen vivos”, junto a Dios, en lo profundo de nuestro corazón y en medio de la comunidad creyente. Por otra parte, es una manifestación de nuestra opción por amar, cuidar y defender la vida en todas sus formas y manifestaciones. Porque la vida es un don de Dios. El pasaje tomado del evangelio de Lucas narra la experiencia de las mujeres cuando van a visitar el sepulcro de Jesús. Los mensajeros de Dios las interpelan: “¿por qué buscan entre los muertos al que vive?”, y una afirmación les anuncia: “no está aquí; ha resucitado”. Esta es la buena noticia que las mujeres van a contar al resto de los discípulos. Esta es la gran noticia que tenemos que seguir proclamando: la resurrección de Jesús es el anticipo de nuestra propia resurrección y garantía de nuestra fe.
La muerte: A todos nos preocupa la muerte, sin embargo, para los cristianos no debe ser motivo de angustia y desesperación. A través de la muerte, el hombre consigue llegar a su fin último que es volver a Dios de quien procede. Sabemos que un día vamos a resucitar con Cristo, pero para esto es necesario "dejar este cuerpo para ir a morar cerca del Señor" (2 Corintios 5,8).
La muerte es el final de la vida terrena. Nuestras vidas están sometidas al tiempo, en el cual cambiamos, envejecemos y, como todo ser vivo, tenemos un término, que es la muerte. Ante esta realidad, debemos pensar que contamos con un tiempo limitado para llevar a término nuestra vida y vivir de acuerdo a la voluntad de Dios.· La muerte es consecuencia del pecado. Aunque el hombre poseyera una naturaleza mortal, Dios lo destinaba a no morir. La muerte fue contraria a los designios de Dios Creador y entró en el mundo como consecuencia del pecado (Lee Génesis 2,13; 3,3; 3, 19; Sabiduría 1,13; Romanos 5,12; 6,23). El hombre se hubiera librado de la muerte corporal si no hubiera pecado, es pues, el último enemigo que el hombre debe vencer. (Reflexiona 1 Corintios 15,26).
No es lo mismo que reencarnación. La doctrina de la reencarnación es contraria a la fe cristiana. Los cristianos creemos que cada hombre tiene una sola vida y una sola oportunidad para realizarla según la voluntad de Dios. Si el hombre vive de acuerdo a lo que Dios quiere, va a resucitar un día, en cuerpo y alma, igual que Jesús.
Todos los hombres que han muerto "los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación" (Juan 5,29; Lee también Daniel. 12,2). Esta resurrección será en el "último día", "al fin del mundo" (Medita Juan 6,39-4.44.54; 11,24). La resurrección de los muertos está íntimamente asociada a la Parusía de Cristo, es decir a su segunda y definitiva venida. (Ve 1 Tesanolicenses, 4,16)
ORACION
Oh Dios mío, de quien es propio compadecerse y perdonar: te rogamos suplicantes por las almas de tus siervos que has mandado emigrar de este mundo, para que no las dejes en el purgatorio, sino que mandes que tus santos ángeles las tomen y las lleven a la patria del paraíso, para que, pues esperaron y creyeron en ti, no padezcan las penas del purgatorio, sino que posean los gozos eternos. Por Cristo nuestro Señor. Amén. Dales, Señor, el descanso eterno. Y luzca para ellos la luz perpetua. Descansen en paz. Amén.

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