3 ¡Una palabra del Señor, y el cielo retenía la lluvia! Tres veces además dejó caer el rayo.
4 ¡Oh Elías, tus milagros constituyeron tu gloria! ¿Quién podría vanagloriarse de ser como tú?
5 A una sola palabra del Altísimo, hiciste que un muerto se levantara, arrancándolo del mundo de los muertos, de la Morada de abajo. 6 Por ti, reyes se fueron a la ruina, y hombres importantes no se levantaron más de su cama.
7 Tu escuchaste en el monte Sinaí una sentencia, conociste en el Horeb el castigo decretado por Dios. 8 Consagraste a reyes para que hicieran justicia, y a profetas para que continuaran tu misión.
2Re 2,11
9 Después fuiste arrebatado en un torbellino de fuego, en un carro con caballos de fuego.
10 Está escrito que volverás un día para apaciguar la cólera lista para estallar, para que los padres se reconcilien con los hijos y para restablecer las tribus de Jacob.
11 ¡Oh Elías, felices los que te vieron, y que luego se durmieron en el amor! — porque nosotros también ciertamente que viviremos.
SALMO 79
Oh Dios, los paganos han entrado en tu heredad, han profanado tu santuario, y a Jerusalén la han dejado en ruinas.
2 Arrojaron los cuerpos de tus siervos como carroña a las aves de rapiña y la carne de tus fieles a las fieras.
3 Derramaron la sangre como el agua en torno a Jerusalén y no había ningún sepulturero.
4 Somos una vergüenza ante nuestros vecinos, objeto de risa y burla a nuestro derredor.
5 ¿Hasta cuándo, Señor, durará tu cólera? ¿Tus celos quemarán siempre como fuego?
6 Descarga tu furor sobre los paganos, sobre la gente que no te conoce, sobre los reinos que no invocan tu nombre.
7 Pues devoraron a Jacob y asolaron tu dominio.
8 No nos tengas rencor por faltas de nuestros padres, que tu misericordia corra a nuestro encuentro, pues ya no podemos más.
9 Ayúdanos, oh Dios, salvador nuestro, en atención a la gloria de tu nombre; líbranos y perdona nuestros pecados en honor a tu nombre.
10 ¿Quieres que digan los paganos: «¿Dónde está su Dios?»
10 Que bajo nuestros ojos conozcan los paganos cómo cobras venganza de la sangre derramada de tus siervos.
MATEO 17,10-13
11 Contestó Jesús: «Bien es cierto que Elías ha de venir para reordenar todas las cosas.
12 Pero créanme: ya vino Elías y no lo reconocieron, sino que lo trataron como se les antojó. Y así también harán sufrir al Hijo del Hombre.»
13 Entonces los discípulos comprendieron que Jesús se refería a Juan el Bautista.
HOMILIA
Además de su ardiente predicación para llevar al pueblo al único Dios, los rasgos trazados por el autor muestras sus acciones taumatúrgicas, de acuerdo con las tradiciones populares de su época, (2-4). Pero el elogio primordial de Elías está en la consideración de su destino singular (su ida al cielo en el carro de fuego: (9) vista como una victoria sobre la muerte por obra del amor de Dios. Su figura es, pues, acicate para esperar una vida más allá de la muerte, una bienaventuranza plena que espera a los que, como Elías, “mueren fieles al amor.”
Al motivo de su arrebato al cielo en la traducción judía (Malaquías 3,24) se asocia el de la espera de su regreso, preparando a los hios de Israel a la llegada de los tiempos mesiánicos (10). El Nuevo Testamento heredará esta tradición judía del regreso de Elías viendo su cumplimiento en la persona de Juan Bautista.
Por eso el evangelio nos ofrece, después de la transfiguración de Jesús, bajando del monte, que Jesús mantiene con sus discípulos una conversa- ción, trata de uno de los profetas de la visión: Elías. Refiriéndose a las discusiones rabínicas del papel de Elías, sobre la verdad y el significado de su regreso anunciado por Malaquías (3,23-24), Jesús declara aceptar la tesis de los que afirman la necesidad de una venida de Elías antes del juicio. Por otra parte, Jesús niega cualquier visión fantástica, comúnmente difundida, de un regreso de Elías e invita a sus discípulos, a discernir el plan de Dios que está manifestándose ante sus propios ojos. Por consiguiente, afirma que Elías anuncia la del Hijo del hombre (12).
Para llevar a los discípulos a la comprensión de la urgencia de la conversión, de la sanación de las relaciones interpersonales y de la relación con Dios. Jesús indica expresamente a Elías con el Bautista, Jesús identifica expresamente a Elías con el Bautista. Los discípulos comprenden la identificación (13). Resulta así claro que tal identificación no se desprende automáticamente de las Escrituras, sino que revela a quien, desde la docilidad de la fe, está dispuesto a acoger la predicción de Juan con su invitación a convertirse y prepararse al encuentro del que viene. Por un momento, los discípulos parecen, pues, comprender, aunque muy pronto caerán de nuevo en la incomprensión, en obstinación de incredulidad. Pueden ver Mateo 15, 20: “Estas son las cosas que hacen impuro al hombre; pero el comer sin lavarse las manos no hace impuro al hombre.”
La figura del Bautista predomina en las lecturas litúrgicas del tiempo de Adviento. Más que ponernos a considerar cuestiones históricas de perso-naje, hoy nos sentimos llamados a meditar en el significado de su persona para nuestra vida, lo que significa, el parangón del profeta Elías mani-festado en el texto evangélico. La misión del Bautista trata en analogía con la de Elías, dos puntos capitales también para nuestra vida, mi ralación con Dios (que me pide volver a él) y el sanar las relaciones con el prójimo.
Por eso se nos repite con frecuencia vivir la Palabra de Dios: Felices los que vieron y murieron fieles al amor. (Eclesiástico 48,11).
ORACION
“!Dichosos los que te vieron Elías, y murieron fieles al amor!” También nosotros ciertamente viviremos.”
Señor, te damos gracias por la esperanza que ilumina nuestras vidas y da sentido a nuestras fatigas y esfuerzo para amar. Saber que vienes a encarnarse en nuestra frágil humanidad para posibilitarnos una vida llena y eterna contigo nos colma de aliento y gratitud.
Señor, te damos gracias porque eres el Dios que viene en nuestro auxilio para traernos salvación y felicidad. Señor, te damos gracias porue no has permitido que faltasen en nuestras personas, que como Elías y el Bautista, han preparado de mil maneras nuestro encuentro contigo.
Que tu Espíritu nos inflame, para que también nosotros podamos ser fuego tuyo en el mundo.
“¡Dichosa tú, que creíste! ¡Porque se cumplirá lo que el Señor te anunció!” Lucas no se cansa de insistir en su evangelio que la mayor dicha está en creer en lo que Dios dijo por medio de su Palabra, pues es con esa Palabra que se genera vida nueva en el seno de las personas y comunidades que verdaderamente la acogen.
Celebrar a la Virgen de Guadalupe, patrona de Latinoamérica, significa luchar por la dignidad de nuestros pueblos y, de manera especial, por nuestros indígenas, que aun hoy, en pleno siglo XXI, siguen siendo amenazados por los poderes que imperan en nuestra sociedad injusta. El cántico de María ante Isabel ensalzando al Dios benefactor de los pobres (Lc 1,46) es su mejor aliento maternal a la lucha de nuestros pueblos por la liberación y la dignificación de todos.

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