Me gusta dialogar, con mis amigos y con cualquiera, rasgo que heredé de mi madre, quien se hacia encontradiza con todo el que pasara por su camino para dialogar. Ella era de esas personas que gozaba de la conversación.
A todos los llamo “vecino”, porque eso somos en este mundo mientras caminamos por la vida al encuentro de la Vida, donde el diálogo y la convivencia serán eternos. “Conocer las Escrituras es conocer a Jesucristo”, decía San Jerónimo. Y el Concilio Vaticano II nos urge a leer asiduamente las Escrituras. La iglesia lo hace cada día, lee, medita, ora, predica y celebra las Escrituras vivas en la persona de Jesús y en la vida de sus miembros. Esto es lo que les ofrezco, las lecturas que la Iglesia usa cada día y una reflexión y cómo orar con ellas “para adquirir, como dice Pablo, el conocimiento de Jesucristo.” Los invito a caminar, como Jesús con los discípulos de Emaús, para que al final del camino “lo conozcamos al partir el pan".



viernes, 31 de diciembre de 2010

TIEMPO DE NAVIDAD, DICIEMBRE 31, 2010

PALABRA DE VIDA

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (2,18-21):

Hijos míos, es el momento final. Habéis oído que iba a venir un Anticristo; pues bien, muchos anticristos han aparecido, por lo cual nos damos cuenta que es el momento final. Salieron de entre nosotros, pero no eran de los nuestros. Si hubiesen sido de los nuestros, habrían permanecido con nosotros. Pero sucedió así para poner de manifiesto que no todos son de los nuestros. En cuanto a vosotros, estáis ungidos por el Santo, y todos vosotros lo conocéis. Os he escrito, no porque desconozcáis la verdad, sino porque la conocéis, y porque ninguna mentira viene de la verdad.

Salmo 95, 1-2. 11-12. 13-14

Alégrese el cielo, goce la tierra

Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor, toda la tierra; cantad al Señor, bendecid su nombre,
proclamad día tras día su victoria.

Alégrese el cielo, goce la tierra, retumbe el mar y cuanto lo llena; vitoreen los campos y cuanto hay en ellos,
aclamen los árboles del bosque.


Delante del Señor, que ya llega, ya llega a regir la tierra: regirá el orbe con justicia y los pueblos con fidelidad.

Comienzo del santo evangelio según san Juan (1,1-18):

En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Éste es de quien dije: "El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo."» Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la Ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha contado.

HOMILIA

¿Alguna vez hemos contemplado el crecimiento de una planta? En algún video se muestra ese crecimiento condensado en unos minutos, mediante la toma de imágenes a lo largo de varias semanas, meses y años… Lo que comienza siendo una semilla, casi imperceptible, termina siendo una planta, un árbol, que muchas veces da su fruto… para la vida de otros vivientes. Nos gusta comer el fruto, aunque a veces olvidamos que para llegar a ello hace falta plantar, regar, cuidar, esperar… La naturaleza tiene sus tiempos y sus ritmos. Y pretender otra cosa es violentar y asegurar un fracaso.

También esto lo vivió Jesús. Su crecimiento fue progresivo. Quien le viera de un día para otro, no percibiría apenas ningún cambio externo. También fue recién nacido, tuvo cinco años, cumplió los doce, llegó a los dieciocho, a los veinticinco, a los treinta… En la esperanza de vida de aquella época, podemos decir que, aunque su vida fue interrumpida violentamente, Jesús pasó por todas las edades del ser humano: niñez, juventud y madurez. Y en ese crecimiento supo de la importancia del día a día, de cada palabra y cada gesto, de la perspectiva que dan los años… Y experimentó que el Padre estaba a su lado, en todo momento y circunstancia. “El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba”.

Así es nuestra vida. A veces quisiéramos crecer más rápido. A veces quisiéramos disfrutar de los frutos… sin haberlos plantado… o cuidado… o esperado a que estén en su sazón. Y nada hay más antinatural que querer saltarse etapas.

El Dios de la Vida, que conoce por experiencia lo que es el ritmo de las cosas desde su encarnación en la persona de Jesús, acompaña ese crecimiento, alentándolo desde dentro… en la espera de que cada cual dé los frutos esperados, para la vida del mundo.

Juan en su Primera Carta nos habla de su vida en la mentalidad de su tiempo. Juan exhorta a la comunidad cristiana a la vigilancia por la inminente “última hora” de la historia (8) marcada por un violento ataque del enemigo del pueblo de Dios llamado “anticristo”, símbolo de toda las fuerzas hostiles a Dios y personificado en la figura de los herejes. El tiempo final de la historia, cierto no debe ser entendido en un sentido cronológico sino teológico, es decir, como tiempo decisivo y último de la venida de Cristo, tiempo especialmente de lucha, de persecución y de prueba para la fe de la comunidad. Cuando las dificultades se hacen más opresoras, advierte el Apóstol, el fin está cerca, el mundo nuevo se perfila en el horizonte y la señal es dada justamente por lso herejes que difunden el error (Mateo 24,23-24). Estos, si bien pertenecieron un tiempo a la comunidad, se han mostrado sus enemigos al abandonar la Iglesia y obstaculizando su camino.

Es una experiencia dolorosa conocer que la voluntad de Dios permite a Satanás encuentre a menudo sus instrumentos precisamente dentro de la comunidad eclesial. A éstos, sin embargo, se contraponen los auténticos discípulos de Jesús, aquellos que han recibido la “unción del Espíritu Santo” (20), es decir, la Palabra de Cristo y su Espíritu que, a través del bautismo, les enseña la verdad completo (ver Juan 14,26). Tal verdad se refiere a la persona de Cristo, el Verbo de Dios hecho carne, como aclaa el Apóstol y no a un Jesús aparentemente humano, figura de una realidad sólo espiritual, como dicen los herejes.

En el evangelio, el prólogo de Juan, a diferencia de los relatos de los evangelios de la infancia no narra las vivencias históricas del nacimiento y la primera infancia Jesús, sino que describe, en forma poética, el origen de la Palabra en la eternidad de Dios y su persona divina en el amplio horizonte bíblico del palan de la salvación que Dios ha trazado para el hombre. Esta presentación de Jesús-Palabra se hace en tres momentos.

Primeramente La “preexistencia” de la Palabra (1-5) real y en comunión de vida con Dios, él nos puede hablar del Padre porque posee la eternidad, la personalidad y la divinidad (1). Después de “la venida histórica de la palabra entre los hombres” (6-13) de cuya luz fue testigo el Bautista (6-8); esta luz pone al hombre ante una opción de vida: rechazo o acogida, incredulidad y fe (9-11); sólo la acogida favorable permite la filiación divina, que no procede ni de la carne ni de la sangre, esto es, de la posibilidad humana (12-13). Y finalmente “la encarnación de la Palabra” (14) como punto central del prólogo. Esta Palabra, que había entrado por primera vez en la historia humana con la creación, viene ahora a morar entre los hombres con su presencia activa: “y el Verbo se hizo carne”, es decir, se ha hecho hombre en la debilidad, la fragilidad e importancia del rostro de Jesús de Nazaret para mostrar el amor infinito de Dios. En él la humanidad creyente puede contemplar la gloria del Se{or (16), no una gloria como la de Moisés, revelador imperfecto de la Ley que puede hacer esclavos, sino la de Jesús, el Revelador perfecto y escatológico de la Palabra que hace libres, el verdadero Mediador humano-divino entre el Padre y la humanidad, el único que nos manifiesta a Dios y nos lo hace conocer. Por eso Juan dice hoy: “Ninguna mentira viene de la verdad”. (1 Juan 2,21)

ORACION

Tú has amado tanto al mundo que nos has hablado a través del don de tu Hijo para que el que crea en él tenga vida eterna. (Juan 3,16)

Continúa, Padre, todavía hoy, manifestándote a través de él, para que nos sintamos hijos tuyos y la vida divina que has sembrado en nuestro corazón con el bautismo se refuerce con una camino de fe que nos haga experimentar siempre tus favores y contemplar tu gloria. Toda la vida de Jesús se ha desarrollado como vida filial en una actitud de escucha y la obediencia a ti, Padre, en una relación de amor y como expresión de amor. Esto es la razón por la que Jesús no se ha buscado nunca a sí mismo ni su propia gloria, sino sólo escucharte a ti para revelarnos tu rostro. Por esto la vida de Jesús es para nosotros la relación completa, la plenitud de la verdad.

También nosotros, como el apóstol Juan, queremos experimentar que la auténtica identidad de tu Hijo se comprende sólo cuando en la contemplación nos situamos fuera del tiempo y de la historia y encontramos la razón de la existencia de Jesús en tu intimidad. Sobre esta plenitud queremos fundamentar nuestra fe.

jueves, 30 de diciembre de 2010

TIEMPO DE NAVIDAD, DICIEMBRE 30, 2010


PALABRA DE VIDA

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (2,12-17):

Os escribo a vosotros, hijos míos, porque se os han perdonado vuestros pecados por su nombre. Os escribo a vosotros, padres, porque conocéis al que es desde el principio. Os escribo a vosotros, jóvenes, porque habéis vencido al Maligno. Os he escrito a vosotros, hijos míos, porque conocéis al Padre. Os he escrito, padres, porque conocéis al que es desde el principio. Os escribo a vosotros, los jóvenes, porque sois fuertes, y la palabra de Dios permanece en vosotros, y habéis vencido al maligno. No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguno ama al mundo, no está en él el amor del Padre. Porque lo que hay en el mundo –las pasiones del hombre terreno, y la codicia de los ojos, y la arrogancia del dinero–, eso no procede del Padre, sino que procede del mundo. Y el mundo pasa, con sus pasiones. Pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.

Salmo 95,7-8a.8b-9.10

Alégrese el cielo, goce la tierra

Familias de los pueblos, aclamad al Señor, aclamad la gloria y el poder del Señor, aclamad la gloria del nombre del Señor.

Entrad en sus atrios trayéndole ofrendas, postraos ante el Señor en el atrio sagrado, tiemble en su presencia la tierra toda.

Decid a los pueblos: «El Señor es rey, él afianzó el orbe, y no se moverá; él gobierna a los pueblos rectamente.»

Lectura del santo evangelio según san Lucas (2,36-40):

En aquel tiempo, había una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén.
Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.

HOMILIA

En el último día del año, terminando la octava de Navidad, se nos recuerda el prólogo de Juan, que condensa esa historia del Dios-con-nosotros que recordamos y actualizamos en estos días.

Terminar un año es tiempo de balances y de esperanzas.

Miramos atrás para ver lo que fue, desde la distancia que dan los días, en perspectiva. Y en esa mirada, podemos descubrir lo que realmente fue importante de lo que no dejó de ser intranscendente, por mucho que pareciera otra cosa. Y se puede abrir el corazón para dar gracias, profundamente, por todo lo recibido en esos días vividos. Quizá primero por conservar la vida, que no conviene dar por supuesta. Y por la fe. Y por las personas queridas. Y por las dificultades que nos pueden ayudar a crecer…

Miramos adelante para esperar lo que está por venir. Con una espera activa, que se predispone a hacer algo bueno con lo que se nos regale de ahora en adelante. ¿Qué será? ¿Cómo vendrá? ¿Qué podré hacer con esto… o con aquello…? Quizá hoy es un buen día para pedir, y para confiar.

Gracias, Señor, por este año que termina. Gracias porque, en medio de la vida de cada día, Tú te has hecho presente…Dame tu mirada para agradecer todo lo recibido…Y sobre todo, gracias por ser Dios-con nosotros, de quien recibimos “gracia tras gracia”.

Por eso la lectura de Juan nos invita preguntarnos ¿cómo vivir el amor hacia el Padre? El texto es una exhortación afectuosa a la comunidad cristiana para que se c lara con el plan de salvación y con las acciones hechos respecto a Dios y al mundo.

Juan dirigiéndose a los hijos en general, los invita a reflexionar sobre su situación actual de salvación cristiana en la que viven, porue han obtenido el perdón de los pecados (12) y han conocido al Padren(14ª). Escribiendo a los padres les recuerda que han conocido a Jesús, “el que es desde el principio” (13ª, 14b y ver 1, 1; Juan 1,1) a través de su Palabra, por lo que loes exi8ge una fe madura para no dejarse seducir por el mundo. A los jóvenes les recuerda que se han adherido a Jesucristo y han vencido el mal (13b) y que su fuerza espiritual, reforzada por la palabra de dios los excluye de los compromisos con los fáciles atractivos del mundo (14c). Este proyecto de vida espiritual se resume en la práctica en una vida apartada de la lógica del mundo que se opone a Dios. Dios y el mundo son dos realidades opuestas. Del mundo, enemigo de Dios, Juan menciona algunos aspectos que pertenecen a la transitoriedad: “los apetitos desordenados”, es decir, las malas tendencias que viven en el hombre viejo e inclinados al pecado; “las codicias de los ojos”, esto es, el deseo que pueden vivir a través de los ojos, como el ansia de loos buenos terrenos, “el afán de grandezas humanas”, es decir, el orgullo basado en la concepción materialista de la vida (15-16).

Esta separación del mundo tiene su razón de ser: el cristiano vive en el mundo, pero sabe que dios permanece mientras el mundo pasa (17; ver 1 Corintios 7, 31)

El evangelio concluye con la escena de la presentación de Jesús en el templo y consta de dos partes: el testimonio de la profetiza Ana (36-38) y el retorno de la familia de Jesús a Nazaret (39-40).

Según la ley judía se exigía la presencia de dos testigos en la declaración de los testigos.Tras el anciano Simeón se presenta Ana, la profetiza, hija de Fanuel de la tribu de Aser; viuda y rica en años, mujer de oración y penitencia (36-37) Es otra persona pobre según Dios, genuina representante de aquellos que esperaban la salvación de Israel. Ana alaba al Señor por haber reconocido en Jesús-Niño, presentado al Señor, al esperado Mesías, y difundido la noticia sobre él a cuantos vivían abiertos al evento de la salvación (38).

Luego Lucas narra el crecimiento de Jesús en Nazaret “iba creciedo en saber, en estatura y el favor de Dios lo acompañaba” (40). De la vida oculta de Jesús se dice bien poco, pero este poco es suficiente para captar el espíritu y apreciar el ambiente en que vivía el Salvador, sus padres eran fieles y obedientes a la ley y Jesús crecía en sabiduría, lleno como estaba de los dones de gracia con que el Padre lo colmaba (52 y ver 1 Samuel 2,26). Una comunidad que se abre al reino de Dios en el respeto a la voluntad del Padre. Pör eso Juan afirma: “el que cumple la voluntad de Dios permanece para siempre.” (1 Juan 2,17).

ORACION

Señor Jesús, tú escogiste la opción de vivir con nosotros la experiencia humana en el seno de una familia sin apariencias, ni prestigio, ni riqueza; has querido que tu infancia, como la de todo niño estuviese marcada por la debilidad y por el crecimiento normal antes de conocer nuestro mundo y la misma vida de los hombres; has querido experimentar la fatiga del trabajo cotidiano para tener un pan sobre tu mesa; has vivido tu preparación a la vida pública en el ocultamiento y la reflexión silenciosa para poer contrastar el orgullo del mundo que se opone al Padre.

Sabemos que la vida de los discípulos en el fondo, es idéntica a la tuya. Pero sabemos también que la ceguera y la falta de fe al proyecto del Padre son la verdadera causa de esta oposición del mundo. Señor, no nos dejess caer en la tibieza y en la superficialidad de fe, sino has nos fuertes con tu Palabra.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

TIEMPO DE NAVIDAD DICIEMBRE 29, 2010

PALABRA DE VIDA

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (2,3-11):

En esto sabemos que conocemos a Jesús: en que guardamos sus mandamientos. Quien dice: «Yo le conozco», y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso, y la verdad no está en él. Pero quien guarda su palabra, ciertamente el amor de Dios ha llegado en él a su plenitud. En esto conocemos que estamos en él. Quien dice que permanece en él debe vivir como vivió él. Queridos, no os escribo un mandamiento nuevo, sino el mandamiento antiguo que tenéis desde el principio. Este mandamiento antiguo es la palabra que habéis escuchado. Y, sin embargo, os escribo un mandamiento nuevo –lo cual es verdadero en él y en vosotros–, pues las tinieblas pasan, y la luz verdadera brilla ya. Quien dice que está en la luz y aborrece a su hermano está aún en las tinieblas. Quien ama a su hermano permanece en la luz y no tropieza. Pero quien aborrece a su hermano está en las tinieblas, camina en las tinieblas, no sabe a dónde va, porque las tinieblas han cegado sus ojos.

Salmo 95,1-2a.2b-3.5b-6

Alégrese el cielo, goce la tierra

Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor, toda la tierra; cantad al Señor, bendecid su nombre.

Proclamad día tras día su victoria. Contad a los pueblos su gloria, sus maravillas a todas las naciones.

El Señor ha hecho el cielo; honor y majestad lo preceden, fuerza y esplendor están en su templo.

Lectura del santo evangelio según san Lucas (2,22-35):

Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo primogénito varón será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, corno dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones.» Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo.
Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.»
Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño.
Simeón los bendijo, diciendo a María su madre: «Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones.
Y a ti, una espada te atravesaráel alma.»

HOMILIA

La Palabra de hoy nos presenta lo que podríamos llamar un “personaje secundario” de los Evangelios, que sin embargo puede ser un icono de una vida lograda. Se trata del anciano Simeón.

Simeón era un “hombre justo y piadoso”. Desde ese dato podemos imaginar que, como tantos hombres y mujeres de aquél tiempo –y de todos los tiempos-, había vivido una vida más o menos sencilla, con sus luces y sombras, con sus certezas y dudas, en acogida de Dios y en servicio humilde hacia los demás. “Una buena persona”, “un hombre de Dios”, podrían comentar de él sus vecinos. Seguro que algunos simpatizaban más con él que otros, que ya se sabe que siempre pasa. Pero no tenía grandes enemigos declarados. Porque en su corazón había siempre un lugar para el perdón y la reconciliación. Quizá porque él también necesitó ser reconciliado y perdonado en más de una ocasión. Y era de los que, en medio de la confusión del mundo -en su época y en todas las épocas- no había perdido la esperanza. Y “aguardaba el consuelo de Israel”. Con una profunda confianza en el Dios en cuyas manos vivimos, nos movemos y existimos. Este es Simeón. Con toda su historia. “El Espíritu Santo moraba en él”.

Este es quien, en el relato de Lucas, toma al niño en brazos y bendice a Dios. Sus palabras son toda una muestra de confianza y de lucidez. Le dice a Dios que ya, cuando quiera, entiende que su vida ha llegado a su meta, porque se ha encontrado con el Dios-con-nosotros. Y a la vez que dice eso, anuncia ese futuro nuevo: ha llegado la “luz para alumbrar a las naciones”… y orienta a María con unas palabras que quieren fortalecerla para lo que pueda venir.

Simeón personifica la historia de Israel. Con todas sus historias, ahí está un pequeño resto manteniendo la confianza en el futuro nuevo que Dios les había prometido.

Simeón personifica la historia de cualquier persona. En búsqueda, con posibilidad de acoger al Dios-con-nosotros y de anunciar la novedad de su Reino.

Necesitamos más ancianos como Simeón. También jóvenes y personas de mediana edad. Que desde la experiencia de una vida vivida en confianza, no busquen aferrarse a nada, sino transmitir esa confianza a los que vienen por detrás. Tú también puedes ser Simeón.

La gran pregunta que nos ofrecen las lecturas de hoy es muy simple para los guiados por el Espíritu: ”?cuál es el camino para conocer aq Dios y morar en él?” El apóstol nos ofrece dos, el negativo de la comunión “no pecar” y el positivo, la observancia de los mandamientos, el amor a Dios (3-6) y a los hermanos (8-11). Para el cristianismo, pues, el conocimiento de Dios comporta exigencias de vida que han de ser observados. Para la filosofía religiosa del tiempo llamado “gnosis”. Los mandamientos se obtienen a través del conocimiento de Dios, que en el fondo importa la liberación del mundo visible. Juan dice que el único conocimiento de Dios debe estar avalado por la observancia de los mandamientos, porque el que cumple “su palabra”(5) experimenta el amor de Dios y mora en El, porque vive como ha vivido Jesús y tiene dentro de sí una realidad interior, que le impulsa a imitar a Jesús, cuyo ejemplo de vida ha sido justamente el amor (6, ver Juan 13,15.34; 15,10).

Este mandamiento del amor, además es nuevo y antiguo al mismo tiempo: “nuevo” porque ha sido enseñado desde el principio del anuncio cristiano. Entonces, el auténtico criterio reside en la práctica del amor fraterno, porque no se puede estar en la luz de Dios y después odiar al propio hermano. Para Juan el que ama vive en la luz,, el que odia vive en las tinieblas.

La escena de la presentación del Niño en el templo sugiere un elemento teológico: la antigua alianza cede el lugar a la nueva, reconociendo que Jesús-Niño al Mesías doliente y al Salvador universal de los pueblos. El hecho sucede en el templo, lugar de la presencia de Dios y de la revelación profética es rica en referencias bíblicas (Malaquías 3; 2 Samuel 6; Isaías 49,6) y consta de dos partes: la presentación de la escena (22-24) y la profecía de Simeón (25-35).

María y José, obediente a la ley hebrea, entran en el templo como sencillos miembros pobres del pueblo para ofrecer su primogénito a Dios y para la purificación de la madre (ver Éxodo 13,2-16; Levítico 12,1-8). Confianza y abandono en Dios cualifican esta ofrenda de Jesús-Niño, anticipo de la verdadero ofrenda del Hijo al Padre que se cumplirá en el calvario. Pero el centro de la escena est[a formado por la profec[ia de Simeón: “Hombre justo y piadoso de Dios que esperaba el consuelo de Israel.” (25). Guiado por el Espíritu va al templo y reconociendo en Jesúsal Mesías esperado, estalla en un saludo festivo unido a una confesión de fe: las antiguas “promesas” se han cumplido; él ha visto al Salvador, gloria del pueblo de Israel, luez y salvación para todas las gentes; ahora su fin está marcado por el triunfo de la vida. Pero esta luz del Mesías tendrá el reflejo del dolor, porque Jesús será “signo de contradicción” (34) y la misma Madre será implicada en el destino de sufrimiento (35= Por eso Juan dirá hoy: “El que ama a su hermano vive en la luz.” (1 Juan 1,10)

ORACION

Señor Jesús, desde niño has querido darnos ejemplos de sencillez y pobreza con tu vida oculta y confundida entre la gente común. Has querido también ser presentado en el templo y someterte a la ley del tiempo como primogénito cualquiera de su pueblo. Te has hecho reconocer como Mesías y Salvador universal, por Simeón, hombre justo y abierto a la novedad del Espíritu, porque tú siempre te revelas a los sencillos y mansos de corazón y no a los que el mundo considera grandes y poderosos.

Te pedimos que nos mantengas también a nosotros, a pesar de nuestra pobreza e incapacidad para para acoger el paso de tu Espíritu por nuestra vida, para que podamos reconocerte como “luz” para nosotros y par nuestros hermanos. Que nuestro vivir sea una ofrenda generosa de cuanto somos al Padre, para que nuestra pobre humanidad renazca a una vida nueva.

martes, 28 de diciembre de 2010

TIEMPO DE NAVIDAD DICIEMBRE 28, 2010

PALABRA DE VIDA

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (1,5–2,2):

Os anunciamos el mensaje que hemos oído a Jesucristo: Dios es luz sin tiniebla alguna. Si decimos que estamos unidos a él, mientras vivimos en las tinieblas, mentimos con palabras y obras. Pero, si vivimos en la luz, lo mismo que él está en la luz, entonces estamos unidos unos con otros, y la sangre de su Hijo Jesús nos limpia los pecados. Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y no somos sinceros. Pero, si confesamos nuestros pecados, él, que es fiel y justo, nos perdonará los pecados y nos limpiará de toda injusticia. Si decimos que no hemos pecado, lo hacemos mentiroso y no poseemos su palabra. Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero, si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo. Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero.

Salmo 123,2-3.4-5.7b-8

Hemos salvado la vida,
como un pájaro de la trampa del cazador


Si el Señor no hubiera estado de nuestra parte, cuando nos asaltaban los hombres, nos habrían tragado vivos:
tanto ardía su ira contra nosotros.


Nos habrían arrollado las aguas, llegándonos el torrente hasta el cuello; nos habrían llegado hasta el cuello
las aguas espumantes.


La trampa se rompió, y escapamos. Nuestro auxilio es el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra

Lectura del santo evangelio según san Mateo (2,13-18):

Cuando se marcharon los magos, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, coge al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo.»
José se levantó, cogió al niño y a su madre, de noche, se fue a Egipto y se quedó hasta la muerte de Herodes. Así se cumplió lo que dijo el Señor por el profeta: «Llamé a mi hijo, para que saliera de Egipto.» Al verse burlado por los magos, Herodes montó en cólera y mandó matar a todos los niños de dos años para abajo, en Belén y sus alrededores, calculando el tiempo por lo que había averiguado de los magos. Entonces se cumplió el oráculo del profeta Jeremías: «Un grito se oye en Ramá, llanto y lamentos grandes; es Raquel que llora por sus hijos, y rehúsa el consuelo, porque ya no viven.»

HOMILIA

A los tres días de la navidad, se celebra la fiesta de los “santos inocentes”, partiendo del relato de Mateo de la matanza de los niños por Herodes.

Toda una escena en la que aparecen los “personajes principales” de este tiempo de Navidad: la luz y las tinieblas, la debilidad y la esperanza.

La luz molesta a las tinieblas. Porque son incompatibles. Por eso Herodes quiere hacerla desaparecer, y trama su plan. Y en esa lucha, recreada en tantas escenas de la Biblia y del cine contemporáneo, resplandece la fuerza de la debilidad: una pareja que se pone en camino con su hijo recién nacido, huyendo a la tierra donde sus antepasados habían sido esclavos para salvar su vida. Y en esa debilidad, surge la esperanza…

Jesús, desde su nacimiento, asume la historia de su pueblo, pasando por los mismos lugares por donde pasó y por sus mismos aprietos. Y al asumir esa historia, asume también nuestra historia de luces y tinieblas, de luchas y de esperanzas. Porque la historia del Pueblo de Dios narrada en la Palabra es también nuestra historia.

En la fiesta de hoy recordamos a todos los que en el mundo han vivido esta misma historia de persecución, de huída y de muerte inocente. En el pasado y en el presente… Víctimas concretas de las tinieblas que quieren dominar la historia: niños, mujeres, hombres, ancianos…

Frente a esa tiniebla, Dios no despliega sus ejércitos ni acaba con el mundo de manera drástica… sino que ofrece algo mejor: su Hijo, naciendo entre nosotros, es la fuerza en la debilidad, la luz que alienta toda esperanza y que ya se ha comenzado a transmitir… hasta los confines del mundo.

Ya hay mucho camino recorrido y aún queda mucho por hacer. Pero ya está puesto, en el corazón del mundo, la semilla de un mundo nuevo.

La fiesta de los Santos Inocntes pone no s[olo el don del martirio, sino la gran verdad de la muerte del inocente y revela la maldad del pecador, que como Herodes siembra odio y muerte, mientas el amor del justo inocente., como Jesús, nos trae frutos de vida y de salvación. También la Carta de juan nos presenta un mundo divido en dos partes: el de la luz, el mundo de dios, el de las tinieblas, el mundo de Satanás. Quien “camina en la luz y practica la verdad (7-8) vive en comunión con Dios y con los hermanos y es purificado de todo pecado por la sangre de Jesús derramada en la cruz. Quien por el contrario “camina en las tinieblas, y practica la verdad” (6-8) se engaña a si mismo, no vic en comunión con Cristo o los hermanaos y está lejos de la salvación. Los verdaderos creyentes, en efecto, reconocen a Dios yante sí mismos su pecado, lo confiesan y confiando en el Señor “justo y fiel” (9), son salvados. Los malvados por el contrario, no reconocen sus pecados, hacen vano el sacrificio de Cristo y su Palabra de vida no pueden transformarlo interiormente.

En conclusión, Juan exhorta a recurrir a Jesús como ”abogado junto al Padre” (1), porque es él quien expía no sólo los pecados de sus fieles, sino las de la humanidad entera. Cierto, el cristiano no debe pecar, poero en el caso de tener la experiencia del pecado, lo más importante es reconocerse pecador y, confiando en la misericordia de Aquel que puede liberarlo de su pobreza moral, restablecer inmediatamente la comunión con Dios.

El evangelio nos presenta una de las muchas pruebas que tuvo que sufrir la familia de Jesús apenas él ha nacido. Partidos los Magos, José es advertido en sueños en llevar al Niño y a su Madre a Egipto para escapar el plan de Herodes, que ha decidido matar al Niño (14-16). La familia experimenta una experiencia de persecución.

El lenguaje simple y breve de Mateo sugiere que para esta familia no hay privilegios especiales. En su camino no sólo hay Magos que le buscan, hay también un Herodes que, a la noticia de su nacimiento se turba. Jesús permanece como signo de contradicción, hay geste que lo busca para adorarlo y gente que lo busca para matarlo.

El relato presenta otro tema: la vivencia humana de Jesús, ya desde su infancia, y la historia es leída la vida de Moisés y su pueblo. El nacimiento de moisés y de Jesús coincide n la matanza de los niños hebreros inocentes (Éxodo 1,82,10 y Mateo 2, 13-189; Ambos van a Egipto (Éxodo 2,10; 4,19 y Mateo 2,13-14) en ambos se cumple la Palabra: “De Egipto llamé a mi hijo” (Éxodo 4,22; Oseas 11,1 y Mateo 2,15). Por último, la profecía de Raquel que llora a sus hijos (Jeremías 31,15) nos recuerda que Jesús es el Mesías buscado y rechazado, en quien se cumplen las promesas de Dios y las esperanzas de los hombres. Algo de esto nos recuerda Juan: “La sangre de Jesús nos purifica de todo pecado” (1 Juan 1,7).

ORACION

Jesús, tú eres el único intercesor que pude defender nuestra causa junto al Padre, cada vez que hacemos la experiencia negativa del pecado y del alejamiento de ti. Muchas veces la humanidad ha quebrantado tu alianza y otras tantos tu has reanudado sin cansarte jamás, manifestándose rico en perdón y en bondad. No dejes de ser nuestro defensor, a pesar de las muchas matanzas de inocentes que se repiten en todo tiempo sobre nuestro planeta.

Ciertamente es obra tuya loa unión de los dispersados, la justicia absoluta y la concordia, la paz mesiánica que tú predicado, pero también nosotros queremos colaborar a la construcción de un mundo más justo y fraterno, donde los lazos del egoísmo se rompan, donde todo pacifismo aparente sea superado por la justicia quebrantada. Señor Jesús que nuestra vida cristiana nos haga capaces de edificar la nueva familia humana, basada en el amor al otro.