La quería como a una hija. Un día llegó un visitante a la casa del rico, y éste no quiso sacrificar ninguna de sus ovejas ni de sus reses, sino que se apoderó de la ovejita del pobre, para agasajar a su huésped”.
Al escuchar esto, David se puso furioso y le dijo a Natán: “Verdad de Dios que el hombre que ha hecho eso debe morir. Puesto que no respetó la ovejita del pobre, tendrá que pagar cuatro veces su valor”.
Entonces Natán le dijo a David: “¡Ese hombre eres tú! Por eso te manda decir el Señor: ‘La muerte por espada no se apartará nunca de tu casa, pues me has despreciado, al apoderarte de la esposa de Urías, el hitita, y hacerla tu mujer. Yo haré que de tu propia casa surja tu desgracia, te arrebataré a tus mujeres ante tus ojos y se las daré a otro, que dormirá con ellas en pleno día. Tú lo hiciste a escondidas; pero yo cumpliré esto que te digo, ante todo Israel y a la luz del sol’ ”.
David le dijo a Natán: “He pecado contra el Señor”. Natán le respondió: “El Señor te perdona tu pecado. No morirás. Pero por haber despreciado al Señor con lo que has hecho, el hijo que te ha nacido morirá”.Y Natán se fue a su casa.
El Señor mandó una grave enfermedad al niño que la esposa de Urías le había dado a David. Este pidió a Dios por el niño, hizo ayunos rigurosos y de noche se acostaba en el suelo. Sus servidores de confianza le rogaban que se levantara, pero él no les hacía caso y no quería comer con ellos.
Salmo 50
Crea en mí, Señor,
un corazón puro.
Crea en mí, Señor, un corazón puro, un espíritu nuevo para cumplir tus mandamientos. No me arrojes, Señor, lejos de ti, ni retires de mí tu santo espíritu.
Crea en mí, Señor,
un corazón puro.
Devuélveme tu salvación, que regocija, y mantén en mí un alma generosa. Enseñaré a los descarriados tus caminos y volverán a ti los pecadores.
Crea en mí, Señor,
un corazón puro.
Líbrame de la sangre, Dios, salvador mío y aclamará mi lengua tu justicia. Señor, abre mis labios y cantará mi boca tu alabanza.
Crea en mí, Señor,
un corazón puro.
Marcos (4, 35-41)
Lo despertaron y le dijeron: “Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?” El se despertó, reprendió al viento y dijo al mar: “¡Cállate, enmudece!” Entonces el viento cesó y sobrevino una gran calma. Jesús les dijo:
“¿Por qué tenían tanto miedo? ¿Aún no tienen fe?” Todos se quedaron espantados y se decían unos a otros: “¿Quién es éste, a quien hasta el viento y el mar obedecen?”.
HOMILIA
Seguir a Jesús tiene sus sorpresas. Jesús ha empezado un proyecto nuevo y exige a sus discípulos, usted y yo a evitar todo miedo. Esta es la exigencia del evangelio de hoy. No importa que él esté durmiendo en la barca, él está con ellos y no hay razón para temer. Al despertarse Jesús da órdenes al mar y al viento. Esto va a indicar primero la resurrección y al mismo tiempo el señorío de Jesús. Es interesante observar que Jesús habla con el viento y con el mar como si fueran una persona y les habla con autoridad. El viento y mar no tienen otra alternativa que obedecer. Aparece evidente que el viento representa el mal que no tienen otra alternativa que reconocer el señorío de Jesús y no les queda otra alternativa que obedecer.
Es evidente que en el Reino de Jesús está de lado de los que aceptan su proyecto y a él se ofrecen. Y no ha que temer pues Dios es la garantía de su amor, el Dios que nunca abandona al creyente, y los creyentes deben estar convencidos de la compañía sincera de Jesús, que vive y está en medio de la historia. Dios nunca abandona al creyente, con él puede.
En el Reino, Jesús está al lado de los que se adhieren a su propuesta. ¡No hay que temer! Dios da la garantía que su amor no abandona nunca al creyente. Lo que el creyente debe hacer es convencerse de la compañía sincera de Jesús en medio de la historia. Dios mismo camina y avanza con el pueblo hasta llevarlo a puerto seguro.
Muerto Urías David toma a su mujer como esposa. Pero Dios recuerda y no deja impune el crimen de David y envía a Natán el profeta parea que mueva al corazón del rey a la conversión. Natán le cuenta al rey una parábola del hombre rico que le toma al pobre la única oveja (1-4). David es un rey justo y pronuncia con indignación la maldad del rico, la inmediata condena que el hombre debe morir (5).
Pero se produce un giro dramático: “Ese hombre eres tú.” (7) David reconoce su pecado y lo demuestra con una plegaria de arrepentimiento, para lo cual compone el salmo 50.
Pero el dra no ha terminado. David no es rechazado por el Señor. Dios se mantiene fiel a sus promesas de no alejarse de él como lo había hecho con Saúl. Llega, por supuesto. El castigo es un castigo terrible y David padece impotente y postrado de dolor, el niño fruto del adulterio, enferma y muere.
La enseñanza no ter}mina ahí, Jesús asume ahora su enseñanza en el evangelio, la tempestad calmada que sigue a la historia de las parábolas, (Marcos 4,1.34) a que nos inició el mismo Señor ayer, e inaugura una sección de cuatro milagros (4,35-5,43). Estamos aún en el lago (35ss). La iniciativa procede de Jesús, pero los discípulos son sujetos activos. Estos “lo llevaron en la barca” y quedaron solos luchando contra la tempestad, mientras Jesús dormía.
La primera parte del relato (35-37) nos muestra un ritmo creciente de acontecimientos hasta el drama. El (38) es central, y marca el contraste entre la serenidad de Jesús y la angustia de los discípulos. En la segunda parte (39ss), la decisiva intervención de Jesús soluciona el problema. La pregunta de Jesús (40) queda sin respuesta. El miedo que se ha apoderado de los discípulos es señal de falta de fe.
La manifestación del poder de Jesús sobre lso elementos transforma el miedo en temor de Dios, los discípulos no tienen todavía claro quien es Jesús y solo intuyen que hay en él algo que les llena de espanTo.
Distinta es la actitud de David, descubre, no los discípulos, que sólo se puede vivir de la Palabra, por eso dirá simplemente: “He pecado contra el Señor.”.
Socorre nuestra fragilidad, Señor, humilla nuestro orgullo. Abre nuestros ojos para que reconozcamos nuestro pecado. Nos jactamos ante los otros, como si el don de participar de tu rebaño fuera una garantía y una gracia inmerecida. Ayúdanos a comprender que el conocimiento de tu Evangelio es un don que debemos comunicar a los otros, y no una posesión que debamos guardar celosamente.
Sostennos en las pruebas, para que no caigamos en la tentación de considerar el mal como un desmentido de tu bondad. Te ausamos a menudos de estar lejos, e no ver ni oír nuestros lamentos; merecemos tus reproches mucho más que tus discípulos:” ¿Por qué sois tan cobardes? ¿Todavía no tenéis fe?
No eres tú el que duermes, Señor. Somos nosotros lo que conseguimos verte. Perdónanos y ten piedad de nuestra poca fe.

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