Quiero misericordia, y no sacrificios
Vamos a volver al Señor: él, que nos despedazó, nos sanará; él, que nos hirió, nos vendará. En dos días nos sanará; al tercero nos resucitará; y viviremos delante de él. Esforcémonos por conocer al Señor: su amanecer es como la aurora, y su sentencia surge como la luz. Bajará sobre nosotros como lluvia temprana, como lluvia tardía que empapa la tierra. - «¿Qué haré de ti, Efraín? ¿Qué haré de ti, Judá? Vuestra piedad es como nube mañanera, como rocío de madrugada que se evapora. Por eso os herí por medio de los profetas, os condené con la palabra de mi boca. Quiero misericordia, y no sacrificios; conocimiento de Dios, más que holocaustos.»
Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado.
Los sacrificios no te satisfacen: si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias.
Señor, por tu bondad, favorece a Sión, reconstruye las murallas de Jerusalén: entonces aceptarás los sacrificios rituales, ofrendas y holocaustos.
Lucas 18, 9-14
El publicano bajó a su casa justificado, y el fariseo no
En aquel tiempo, a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola: - «Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: "¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo." El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: "¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador." Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»
Oseas 6,1-6: Vengan, regresemos al Señor Salmo 50: Quiero misericordia, y no sacrificios. Lucas 18,9-14: Quien se humilla será alabado
El fariseo sale del templo de Herodes el Grande con un pecado m[as, el orgullo, y así pierde la ocasión de encontrarse con el Señor. Por otyro lado el publicano sale tranquilo, porque ha encontrado la gracia a los ojos de Dios. El fariseo fue al templo para tener la recompensa de su acción y de su fidelidad a la ley.
El fariseo pretende que ha cumplido con la ley, por eso ora en el templo con toda naturalidad, simplemente hace una rendición de cuentas y gracia porque no es como los demás, por eso la petición que hace le paree justa y adecuada; se siente merecedor de una recompensa acorde con su medida de cumplimiento que, en este caso, es “perfecta”, según él. ¿Dónde está aquí la relación de amor, la confesión del vacio yla necesidad de Dios?
Para esta mentalidad de un ser humano está completamente desvirtuada. Se es persona, se es alguien, si y sólo si se cumple lo mandado por la ley, si no se pasa por alto algo que está ordenado, pues está de por medio el miedo a la maldición “maldito sea quien no cumpla con la ley”, y este miedo sí que pesa en la conciencia de quienes han puesto su confianza y la medida de su ser en el frío cumplimiento de unas normas.
El Evangelio nos presenta, justamente, en este tiempo de Cuaresma dos hombres y dos formas de entender la fe y la religión. No se puede uno llenarse de orgullo, ni considerar la autosuficiencia ciega la capa-cidad de discernimiento una vez que no somos considerados por los demás.
El fariseo comienza con una oración de acción de gracias. Pero observamos el contenido de sus palabras, una complacencia, una ala-banza de sí mismo y cómo Dios debe ser complacido con él. Se copara con otros hombres y declara ante todo cuáles son los malas acciones, revela que no es un mentiroso, ni un adúltero. Es verdad que ayuna dos veces por semana y paga el diezmo, pero eso no es hacer el bien. Está convencido de su autosuficiencia, es decir, se cree justo por sus propias fuerzas y piensa que Dios aprueba su independencia, es decir, ser justo por sus propias fuerzas. La valorización de sí mismo es una injusticia porque se considera como su obra y no como don de Dios.
La conducta del fariseo es condenada claramente por el Maestro porque debería realizar un discernimiento sobre sí mismo y reiniciar su confianza en dios. El punto de partida del fariseo no es bueno, pero todo lo convierte en arrogancia, e convierte en un arrogante, ingreído, está cegado por su autosuficiencia.
El punto de partida del publicano es negativo. No puede justificar lo que ha hecho. No entra en detalles de sus culpas, pero discierne su situación, y llega a la conclusión de que es pecador, se reconoce como tal y busca la reconciliación con Dios porque es un pecador, se reconoce como tal y busca la reconciliación con Dios. Al final vuelve a su casa justificado porque con todos sus pecados se ha dirigido a Dios de manera sensata. (Lucas 18,9-4).
Como en el tiempo de la Cuaresma debe sentirnos como el publicano, como nos enseñan las oraciones de la liturgia en el tiempo de Cuaresma.
ORACION
Te damos gracias Padre de bondad, y te glorificamos, Señor, Dios del Universo, porque no cesas de convocar a los hombres de toda raza y cultura, por medio del evangelio de tu Hijo, y los reúnes en un solo cuerpo, que es la Iglesia.
Esta Iglesia, vivificada por tu Espíritu, resplandece como signo de unidad de todos los hombres, da testimonio de tu amor en el mundo y abre a todos la puerta de la esperanza.
De esta forma se convierte en un signo de fidelidad a la alianza que has sellado con nosotros para siempre.

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