En aquellos días, Azarías se detuvo a orar y, abriendo los labios en medio del fuego, dijo: - «Por el honor de tu nombre, no nos desampares para siempre, no rompas tu alianza, no apartes de nosotros tu misericordia. Por Abrahán, tu amigo; por Isaac, tu siervo; por Israel, tu consagrado; a quienes prometiste multiplicar su descendencia como las estrellas del cielo, como la arena de las playas marinas. Pero ahora, Señor, somos el más pequeño de todos los pueblos; hoy estamos humillados por toda la tierra a causa de nuestros pecados. En este momento no tenemos príncipes, ni profetas, ni jefes; ni holocausto, ni sacrificios, ni ofrendas, ni incienso; ni un sitio donde ofrecerte primicias, para alcanzar misericordia. Por eso, acepta nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde, como un holocausto de carneros y toros o una multitud de corderos cebados. Que éste sea hoy nuestro sacrificio, y que sea agradable en tu presencia: porque los que en ti confían no quedan defraudados. Ahora te seguimos de todo corazón, te respetamos y buscamos tu rostro, no nos defraudes, Señor. Trátanos según tu piedad, según tu gran misericordia. Líbranos con tu poder maravilloso y da gloria a tu nombre, Señor.»
Salmol 24, 4-5ab. 6 y 7bc. 8-9
Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas: haz que camine con lealtad; enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador.
Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas; acuérdate de mí con misericordia, por tu bondad, Señor.
El Señor es bueno y es recto, y enseña el camino a los pecadores; hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes.
Mateo 18,21-35
En aquel tiempo, se adelantó Pedro y preguntó a Jesús: - «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?» Jesús le contesta: - «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Y a propósito de esto, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: "Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo." El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: "Págame lo que me debes." El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo: "Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré." Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: "¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la Perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?" Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.»
Las lecturas de hoy nos enfrentan con la actitud del perdón, que en el pensamiento de Dios tiene un motivo mucho más activo y personal, distinto a lo que tenemos en la sociedad humana sobre el perdón. Porque se basan en el perdón y la misericordia y como tales deben ser una realidad constan-te en la actividad humana. Unos de los temas típicos de la Biblia nos llevan a pensar en el ejercicio de la misericordia y la reconciliación. Sin esos dos elementos es impensable el entender el perdón como Dios y Jesús los entienden. La razón es muy simple y es que Dios no es como el hombre. Y esto se debe que con Jesús la dinámica de la ofensa y el perdón adquieren un sentido completamente nuevo. Pues antes de pensar en la ofensa contra Dios hay que pensar, hay que mirar si tal ofensa no está relacionada con el hermano, y antes de pensar en el perdón divino hay que obtener como primer paso el entender en el hermano ofendido. Y esto antes de pensar en el perdón divino, que es el primer paso al perdón que le debemos al hermano ofendido.
Pero, ¿hasra cuando hay que perdonar? Es la preocupación de Pedro que no lo nueve tanto la “calidad” del perdón sino la “cantidad”. Es lo que la ley exige es decir aquellas que eran necesarias para sentirse bueno y justo, claro según la ley por eso es siete veces, es decir, muchas veces.
Las personas nos movemos muchas veces en las discordias, en las divisiones y ls rencillas. El mal de la humanidad es el egoísmo y, sobre todo, el cerrarnos a “desatar los lazos de los maldad” (Isaías 58).
El perdón encierra siempre el perdón y lleva consigo la imagen de la ternura y de la cercanía. Dios perdona siempre y abre de una manera perenne su piedad a los hombres.
El cristiano no puede ser miembro de la Iglesia si no abre su corazón al perdón, al amor y a la reconciliación. Porque Perdonar es olvidar Mantener la ofensa no es una actitud cristiana. La plenitud del perdón se obtiene cuando nuestra mente y nuestro sentimiento se abren a una universalidad de la salvación.
El perdón es un servicio sin límites en la vivencia de la fe que llevan a la armonía y a la paz. EL perdón es un servicio porque supone un dispo--nibilidad ilimitada.
Pedro pregunta a Jesús cuántas veces ha de perdonar al hermano. ¿Cuáles son los límites del perdón? El evangelista recuerda en su mente el pensamiento de Caín (Génesis 4,24) y aplica el simbolismo a Jesús, el heraldo del Reino de Dios. Y esto explica el sentido teológico del perdón y la misericordia del nuevo Israel. El número “setenta” indica la plenitud de nuestra identidad más genuina. “Setenta veces siete” indica no una canti-dad medida de casos, sino la ilimitación del perdón. Jesús alarga el hori-zonte de los cristianos, porque todos estamos llamados a perdonar sin medida. Esa es nuestra tarea, nuestra vocación cristiana, nuestro sentido más genuino, nuestra práctica más real y nuestra certeza de que actuamos según la voluntad divina.
Porque perdonamos en nombre de Dios. La imagen de la Iglesia se describe en la parábola del siervo sin extrañas y en la adverencia del mismo Cristo sobre la disponibilidad de la reconciliación.
Y terminamos con la misma oración de la Iglesia en el tiempo de Cuaresma, ya que somos espejos del Señor. Por eso las lecturas nos presentaron la oración penitencial de Azarías y en el Padrenuestro, el perdón de los pecdos.
ORACION
Por ese amor tan grande, queremos darte gracias y cantarte con los ángeles y los santos que te adoran en el cielo. ¡”Gloria a ti, Señor, porque nos amas”!

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