En aquellos días, el sumo sacerdote y los de su partido -la secta de los saduceos-, llenos de envidia, mandaron prender a los apóstoles y meterlos en la cárcel común. Pero, por la noche, el ángel del Señor les abrió las puertas de la celda y los sacó fuera, diciéndoles: - «ld al templo y explicadle allí al pueblo íntegramente este modo de vida.» Entonces ellos entraron en el templo al amanecer y se pusieron a enseñar. Llegó entre tanto el sumo sacerdote con los de su partido, convocaron el Sanedrín y el pleno de los ancianos israelitas, y mandaron por los presos a la cárcel. Fueron los guardias, pero no los encontraron en la celda, y volvieron a informar: - «Hemos encontrado la cárcel cerrada, con las barras echadas, y a los centinelas guardando las puertas; pero, al abrir, no encontramos a nadie dentro.» El comisario del templo y los sumos sacerdotes no atinaban a explicarse qué había pasado con los presos. Uno se presentó, avisando: - «Los hombres que metisteis en la cárcel están ahí en el templo y siguen enseñando al pueblo.» El comisario salió con los guardias y se los trajo, sin emplear la fuerza, por miedo a que el pueblo los apedrease.
Salmo 33, 2-3. 4-5. 6-7. 8-9
Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren.
Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre. Yo consulté al Señor, y me respondió, me libró de todas mis ansias.
Contempladlo, y quedaréis radiantes, vuestro rostro no se avergonzará. Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha y lo salva de sus angustias.
El ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los protege. Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a él.
Lectura del santo evangelio según san Juan 3, 16-21
Dios mandó su Hijo para que el mundo se salve por él
Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.
Hechos 5,17-26: Están en el templo enseñando al pueblo Salmo 33: Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha. Juan 3,16-21: La luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz.
Y esto es grave cuando es nuestra ceguera encerrada en nuestras instituciones civiles, lo tenemos encarnado en el seno de nuestras Iglesias.
No lo podemos negar, y nos hemos dejado invadir por la ceguera y ha cerrado los ojos ante la injusticia por defender su poder y sus privilegios.
Necesitamos volvernos a Jesús. Cuánta falta nos hace abrir los ojos y volver a ver la luz. Dios es el único que nos salva nos hace meditar las lecturas de hoy. En la primera vemos al sumo sacerdote y su partido cómo actúan contra los apóstoles por los signos y prodigios que realizan en medio del pueblo. Pero son milagrosamente liberados y los mensajeros les indican cómo han de seguir proclamando la Palabra de la salvación en el templo. El Sanedrín se reúne para juzgar a los presos, mientras los guardias proclaman su libertad, ante la perplejidad del Sanedrín que ordena que triagan ante él a los apóstoles y les prohíben predicar en nombre de Jesús (Hechos 5, 17’26).
El “segundo signo” es la virtud salvadora. Cristo elevado en el madero de la cruz ya es la soberanía salvífica para todo el que cree en él. Criso es imagen de la serpiente elevada en alto como un mástil. No es que la serpiente matara o hiciera vivir, sino que “cada vez que Israel dirija su mirada hacia lo alto y tiene el corazón subordinado a su Padre del cielo, son curados.”
La voluntad de Dios es “el tercer signo”. El Hijo del hombre exaltado en la cruz confiere la salvación a todos los hombres por decisión del Padre. La certeza de esta acción se debe al plan salvador de Dios porque los que aceptan a Jesús han creído en el Nombre del Hijo Único del Padre. Los creyentes reciben de El la vida eterna.
Jesús es el “exaltado”, es decir, está glorificado. La venida de Cristo al mundo es la apertura a la vida eterna. La luz juzga a todos los hombres, aunque “Dios no ha enviado al Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por El” (Juan 3, 17). Cristo es juez en el sentido de que los hombres no se adhieren mediante la fe al misterio de Jesús. Algunos de ellos, negando al Hijo, se condenan porque han preferido las tinieblas a la luz.
El relato de Juan acerca de Nicodemo resalta aspectos importantes en el interior del cristianismo primitivo. El evangelista muestra una intencionalidad eminentemente teológica para resaltar la salvación de Dios. Desde antiguo, Dios tenía trazado un plan de salvación con los hombres. El Señor manifiesta su amor con el envío del Hijo (Juan 3,16-21).
Por eso debemos repetir con frecuencia y vivir hoy la Palabra: “El ángel del Señor acampa en torno a los que le temen y los salva.” La Buena Noticia se convierte en mala noticia cuando es anunciada sin paz ni alegría. Todo el que proclama el amor de Jesús, que perdona y cura, con un corazón amargado es un falso testigo.
Jesús es el salvador del mundo. Nosotros, no. Nosotros estamos llamados a dar testimonio, siempre con nuestra vida y en ocasiones, con nuestras palabras, de las grandes cosas que Dios que Dios ha hecho a favor nuestra. Cuando más confiemos en el amor incon-dicionado de Dios por nosotros, más capaces seremos de anunciar el amor de Jesús sin condiciones internas ni externas.
Debo convencerme, Señor, de que, cuando tú quieres algo, eres irresistible. Pero no debo inquietarme ni tener miedo, ni deprimirme, ni rendirme. Cuando tu Palabra parece encadenada, cuando tus anunciadores parecen encarcelados en un gueto, no puede perder la confianza en tu poder, aunque éste sea quizás la tentación más peligrosa de hoy.
Concédeme, Señor, no dudar nunca de tu iluminado poder, convencido de que debo sembrar siempre tu Palabra, sin “adaptarla” demasiado, para que quizás, para que quizás sea mejr aceptada y acogida. Hazme humilde, confiado, fiel dispensador de tu Palabra en todo momento y circunstancia, incluso cuando siembro encerrado en la cárcel de mi aislamiento.

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