Completo mi carrera, y cumplo el encargo que me dio el Señor Jesús
En aquellos días, desde Mileto, mandó Pablo llamar a los presbíteros de la Iglesia de Éfeso. Cuando se presentaron, les dijo: -«Vosotros sabéis que todo el tiempo que he estado aquí, desde el día que por primera vez puse pie en Asia, he servido al Señor con toda humildad, en las penas y pruebas que me han procurado las maquinaciones de los judíos. Sabéis que no he ahorrado medio alguno, que os he predicado y enseñado en público y en privado, insistiendo a judíos y griegos a que se conviertan a Dios y crean en nuestro Señor Jesús. Y ahora me dirijo a Jerusalén, forzado por el Espíritu. No sé lo que me espera allí, sólo sé que el Espíritu Santo, de ciudad en ciudad, me asegura que me aguardan cárceles y luchas. Pero a mí no me importa la vida; lo que me importa es completar mi carrera, y cumplir el encargo que me dio el Señor Jesús: ser testigo del Evangelio, que es la gracia de Dios. He pasado por aquí predicando el reino, y ahora sé que ninguno de vosotros me volverá a ver. Por eso declaro hoy que no soy responsable de la suerte de nadie: nunca me he reservado nada; os he anunciado enteramente el plan de Dios.»
Salmo 67, 10-11. 20-21
Derramaste en tu heredad, oh Dios, una lluvia copiosa, aliviaste la tierra extenuada y tu rebaño habitó en la tierra que tu bondad, oh Dios, preparó para los pobres.
Bendito el Señor cada día, Dios lleva nuestras cargas, es nuestra salvación. Nuestro Dios es un Dios que salva, el Señor Dios nos hace escapar de la muerte.
Padre, glorifica a tu Hijo
En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: - «Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a los que le confiaste. Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo. Yo te he glorificado sobre la tierra, he coronado la obra que me encomendaste. Y ahora, Padre, glorifícame cerca de ti, con la gloria que yo tenía cerca de ti, antes que el mundo existiese. He manifestado tu nombre a los hombres que me diste de en medio del mundo. Tuyos eran, y tú me los diste, y ellos han guardado tu palabra. Ahora han conocido que todo lo que me diste procede de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste, y ellos las han recibido, y han conocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me has enviado. Te ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por éstos que tú me diste, y son tuyos. SI, todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío; y en ellos he sido glorificado. Ya no voy a estar en el mundo, pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti.»
En su último discurso de despedida Jesús se encuentra un diálogo entre él y el Padre y el tema es el futuro de sus discípulos. Jesús está entre su último momento de su presencia entre sus discípulos y la presencia del Padre. Y más allá del tiempo de su muerte y de su ida al Padre está hablando a los discípulos de todos los tiempos.
Es calo en su diálogo con el Padre afirma que su glorificación es para la glorificación del Padre y para dar la vida eterna a sus discípulos. Jesús es el lugar en que Dios ha puesto su nombre.
Cuando les dice “los que me confiaste”, s refiere en primer lugar a los Doce, pero desde el momento que ellos son el modelo para todos los cristianos Jesús tiene en cuenta a sus futuros discípulos, porque en ellos se revela la gloria de Jesús, en los cristianos que han aceptado la fe después de la resurrección. Siguen en el mundo pero no son del mundo. Por eso serán un problema para los que por su presencia serán amenazantes para los poderes y los sistemas de opresión y de dominación a a lo largo de la historia-.
Allí aparece la figura de un misionero dedicado en curpo y alma a la causa del servicio del Señor, donde se fija en el designio de Dios, no la aprobación de los hombres. En ella hay tres notas características de la acción de Pablo. “La humildad” en el servicio al Señor: se trata de una virtud desconocida en el mundo pagano basada en el ejemplo del Señor, que vino a servir y no ser servido: “el valor” Pablo ha anunciado el evangelio “con lágrimas, en medio de las pruebas”, sin dejarse condicionar por kas oposiciones; “el desinterés”, no sólo trabajando con sus propias manos, sino impulsándose hasta decir “nada me importa mi vida, ni es para mí estimable, con tal de llevar a buen término mi carrera.” El valor más importante es el Evangelio, no la conservación de su propia vida; para Pablo lo más importante es lo que recogen aquí sus últimas palabras: “nunca dejé de anunciaros todo el designio de Dios”. Para Pablo, se perfila un futuro oscuro, un fuego cargado de prisiones y tribulaciones, iluminado por la certeza de ser “forzado por el Espíritu”. Lo importante es “llevar a buen término mi carrera”: la evangelización es urgente, necesita impulso, empeño, concentración, dedica exclusiva. Es demasiado importante como para no tomarla en serio. Y entonces debemos preguntarnos hoy ¿lo es también para nosotros?
Hoy tenemos la oportunidad de escuchar la “Oración sacerdotal”, tiene dos fragmentos (1-5 y 6-11ª) La primera parte se centra en la petición de la gloria por parte del Hijo. Y estamos en la parte más importante de la conversación de Jesús y los discípulos. Jesús es consciente de que su misión está llegando a su fin y, con el gesto típico del orante _levantar los ojos al cielo, es decir, al lugar simbólico de la morada de dios, da comienzo a su oración.
Lo primero que pide es que su misión llegue a su culminación defiitiva con su propia glorificación. Y la pide para glorificar al Padre (2). Jesús ha recibido todo el poder del Padre, que ha puesto las cosas en sus manos, hasta el poder de dar la vida eterna a los que el Padre les ha confiado. Y la vida eterna consiste en esto: en conocer al Único Dios verdadero y a aquel que ha sido enviado por él a los hombres, el Hijo (3) Como es natural no se trata de la vida eterna entendida como contemplación de Dios, sino de la vida que se adquiere a través de la fe. Esta es participación de la vida íntima del Padre y del Hijo. De este modo al término de su misión, el revelador, profesa Jesús que ha glorificado al Padre en la tierra, cumpliendo en su totalidad la misión que le había confiado el Padre. Jesús no quiere la gloria como recompensa, sino sólo llegar a la plenitud de la revelación con su libre aceptación de la muerte en la cruz. Estos han respondido con la fe y así glorificarán al Hijo acogiendo la Palabra y practicándola en el amor. Por eso ha dicho: “Y la vida eterna consiste en esto: en conocer al Único Dios verdadero y a aquel que ha sido enviado por él a los hombres, el Hijo.” (Juan 17,3)
ORACION
Concédeme el don de consejo, para que te busque y te conozca incluso en medio de las ocupaciones que me esperan dentro de poco. Concédeme el don de discernimiento, para que pueda optar por ti en todas las cosas, según la enseñanza de tu Hijo. Concédeme ver brillar tu rostro en todo rostro humano, para que siempre te busque a ti y sólo a ti. Concédeme el instinto divino de buscar que seas glorificado y conocido, antes y más de lo que pueda serlo yo. Y perdóname desde ahora si te olvido, si persigo de una manera impropia las cosas de esta tierra, si me lleno con frecuencia de nociones y sentimientos que no me unen a ti. No me abandones a mí mismo, señor, porque tú eres mi vida, tú eres la vida eterna.

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