Dios puede preservaros de tropiezos y presentaros ante su gloria sin mancha
Queridos hermanos, acordaos de lo que predijeron los apóstoles de nuestro Señor Jesucristo. Idos asentando sobre el cimiento de vuestra santa fe, orad movidos por el Espíritu Santo y manteneos así en el amor de Dios, aguardando a que la misericordia de nuestro Señor Jesucristo os dé la vida eterna. ¿Titubean algunos? Tened compasión de ellos; a unos, salvadlos, arrancándolos del fuego; a otros, mostradles compasión, pero con cautela, aborreciendo hasta el vestido que esté manchado por la carne. Al único Dios, nuestro salvador, que puede preservaros de tropiezos y presentaros ante su gloria exultantes y sin mancha, gloria y majestad, dominio y poderío, por Jesucristo, nuestro Señor, desde siempre y ahora y por todos los siglos. Amén.
Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, / mi alma está sedienta de ti; / mi carne tiene ansia de ti, / como tierra reseca, agostada, sin agua.
¡Cómo te contemplaba en el santuario / viendo tu fuerza y tu gloria! / Tu gracia vale más que la vida, / te alabarán mis labios.
Toda mi vida te bendeciré / y alzaré las manos invocándote. / Me saciaré como de enjundia y de manteca, / y mis labios te alabarán jubilosos.
Lectura del santo evangelio según san Marcos 11, 27-33
¿Con qué autoridad haces esto?
En aquel tiempo, Jesús y los discípulos volvieron a Jerusalén y, mientras paseaba por el templo, se le acercaron los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos y le preguntaron: -«¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad? » Jesús les respondió: -«Os voy a hacer una pregunta y, si me contestáis, os diré con qué autoridad hago esto: El bautismo de Juan ¿era cosa de Dios o de los hombres? Contestadme.» Se pusieron a deliberar: -«Si decimos que es de Dios, dirá: "¿Y por qué no le habéis creído?" Pero como digamos que es de los hombres ... » (Temían a la gente, porque todo el mundo estaba convencido de que Juan era un profeta.) Y respondieron a Jesús: -«No sabemos.» Jesús les replicó: -«Pues tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto.»
HOMILIA
Judas 17.20b-25: Dios puede preservarnos de tropiezos Salmo 62: Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío. Marcos 11,27-33: ¿Con qué autoridad haces esto?
Los sumos sacerdotes, letrados y ancianos que representan al sanedrín cuestionan a Jesús: “¿Con qué autoridad haces eso? ¿Quién te ha dado tal autoridad para hacerlo?”.
Jesús tiene la oportunidad de responderles con aquella misma realidad que ellos, los líderes del pueblo se han olvidado. Jesús les va a recordar que él ha sido enviado para llevar la Buena Noticia a los pobres. Y esto quiere afirmarles que la autoridad viene de Dios y que él la ejerce desde el servicio a los pobres. Las autoridades estaban equivocados con él como lo habían estado con Juan Bautista, pero el pueblo, como a Juan, lo considera como autoridad de Dios.
El profeta es el hombre de Dios, su vida es respuesta que surge de escuchar a Dios en su Palabra y en el clamor doloroso de su pueblo. Esta capacidad de escuchar lo adentra cada vez más en el cono-cimiento del proyecto que Dios tiene y se consagra a El sirviendo a los pobres. Para que ellos vivan, el profeta es llamado a dar toda su vida.
El pueblo ha entendido algo que no entendieron los dirigentes de Jerusalén, la autoridad no es cuestión de privilegio ni de títulos sino de aquel que es capaz de servir dando la propia vida. Y así lo hizo Jesús y deben hacerlo sus discípulos.
En la primera lectura Judas nos pone un punto importante y es que debemos creer pero con todo el corazón, y todo depende de entender que la vida cristiana tiene su fundamento en un conepto trinitario de la existencia de la fe. Es decir, tenemos una relación con el Padre, el Hijo y el Espíritu y de esta manerra seremos capaces de defendernos constructivamente los unos a los otros. Podrán usar la bondad y la comprensión hacia aquellos que están en la duda y vaci-lan. Esto nos pone en evidencia que es necesaria una lectura sapiencial de la realidad. Por eso el cristiano deberá comportarse evitando toda caída, para presentarse ante Dios sin mancha y con alegría. (Judas 17,20-25.
Judas se presenta, como debemos hacerlo todos nosotros “como siervo de Jesucristo, hermano de Santiago” (1) Desea la misericordia y la paz abundante “a los elegidos que viven en el amor a Dios Padre y han sido preservados por Jesucristo” (1ss). Lo que quiere preservar y salvaguardar la integridad y la belleza de “la fe que fue transmitida a los creyentes de un vez por todas”. (3), para exhoretarles a recordar “las cosas que fueron predicadas por los apóstoles de Jesucristo” y reconstruir sobre ella su propio edificio espiritual” (17-20).
La perla perfecta de esta tradición está fundada sobre dos polos de la vida recta: la santidad de la vida y la solicitud por las personas cuya fe está en peligro. La santidad va creciendo con las personas divinas, cuya relación cultivada con comportamientos específicos: la oración y la docilidad al Espíritu Santo, el amor a Dios Padre, la esperanza en la misericordia de Jesús para la vida eterna. Diferente es la actitud con los que se encuentran más o menos directamente en dificultades de fe. La petición de comparecer a las personas vacilantes de comportarse con misericordia y firmeza con los que correr el riesgo de ser arrollados por el error, se empareja con la del rigor para no caer en compromisos con los que se encuentran obstinados en su terquedad.
Juds al terminar con una doxología de sentido litúrgico (24ss), a alaba a Dios, único Salvador por medio de Jesucristo nuestro Señor, y concluye con esta afligida exhortación a la perseverancia: sólo Dios tiene el poder de preservarnos de las caídas y de hacernos comparecer ante su su gloria sin defectos y llenos de alegría. A él, en Jesucristo nuestro Señor, gloria, majestad, soberanía y poder desde antes de todos los tiempos, ahora y por todos los siglos.
La misericordia que había inspirado la actitud de Jesús respecto a Bartimeo muestra otro rostro frente a personas que, aunque están en conflictos entre ellas, se encuentran unidas por la arrogancia, por la animosidad contra Jesús. Esta actitud las conduce a interpretarle bruscamente y a manifestar dudas en torno a su autoridad. Jesús pone en práctica una sagacidad que podría provocar su arrepen-timiento o, por lo menos, inducirlas a reconocer que no buscan la verdad sino sólo desembarazarse de él, poniéndole en una situación incomoda.
La autoridad de Jesús se encuentra en la misma línea que de Juan el Bautista y, aunque la trasciende, es tal que que, si se reconoce esta última, sería menos grave la resistencia al Nazareno. Renegar de Jesús es traicionar asimismo a Juan Bautista e ignorar la confianza del pueblo para el que Juan era un verdadero profeta. El pueblo está más dispuesto a admitir la intervención de Dios en la historia humana y desenmascara también las resistencia de los poderosos. Estos para imponerse, deben recurrir a embustes y falsedades de todo tipo. El seguimiento de Jesús no es un acontecimiento emotivo, no madura en cada situación Jesús nos invita a enriquecernos con su presencia, pero no se muestra estar de acuerdo con los despotismos hipócritas.
ORACION
Ojalá no me olvide de las necesidades ajenas. Mantenme en tu amor, así como quieres que todos moren en el mío. Ojaá todo lo que hay en mi ser pueda ser dirigido a tu gloria y ojalá no me desespere yo nunca. Porque estoy en tu mano, y en ti toda fuerza es bondad. Ojalá que todos puedan verte también en mí, ojalá pueda preparar yo el camino hacia ti, ojalá pueda yo dar gracias por todo lo que tocará entonces.

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