En aquellos días, queriendo el tribuno poner en claro de qué acusaban a Pablo los judíos, mandó desatarlo, ordenó que se reunieran los sumos sacerdotes y el Sanedrín en pleno, bajó a Pablo y lo presentó ante ellos. Pablo sabía que una parte del Sanedrín eran fariseos y otra saduceos y gritó: - «Hermanos, yo soy fariseo, hijo de fariseo, y me juzgan porque espero la resurrección de los muertos.» Apenas dijo esto, se produjo un altercado entre fariseos y saduceos, y la asamblea quedó dividida. (Los saduceos sostienen que no hay resurrección, ni ángeles, ni espíritus, mientras que los fariseos admiten todo esto.) Se armó un griterío, y algunos escribas del partido fariseo se pusieron en pie, porfiando: - «No encontramos ningún delito en este hombre; ¿y si le ha hablado un espíritu o un ángel?» El altercado arreciaba, y el tribuno, temiendo que hicieran pedazos a Pablo, mandó bajar a la guarnición para sacarlo de allí y llevárselo al cuartel. La noche siguiente, el Señor se le presentó y le dijo: - «¡Animo! Lo mismo que has dado testimonio a favor mío en Jerusalén tienes que darlo en Roma.»
Salmo 15, 1-2 y 5. 7-8. 9-10. 11
Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti; yo digo al Señor: «Tú eres mi bien.» El Señor es el lote de mi heredad y mi copa; mi suerte está en tu mano.
Bendeciré al Señor, que me aconseja, hasta de noche me instruye internamente. Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré.
Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena. Porque no me entregarás a la muerte, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.
Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha.
Que sean completamente uno
En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos al cielo, oró, diciendo: - «Padre santo, no sólo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. También les di a ellos la gloria que me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado y los has amado como me has amado a mí. Padre, éste es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste, porque me amabas, antes de la fundación del mundo. Padre justo, si el mundo no te ha conocido, yo te he conocido, y éstos han conocido que tú me enviaste. Les he dado a conocer y les daré a conocer tu nombre, para que el amor que me tenías esté con ellos, como también yo estoy con ellos.»
Hechos 22,30;23,6-11: Tienes que dar testimonio en Roma Salmo 15: Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti Juan 17,20-26: Que todos sean uno
Jesús nos centra en la importancia que tiene la unidad entre el Padre y el Hijo, y que va a tener como modelo y fuente de unidad entre los cristianos y por supuesto entre todos los que entiendan la realidad del mensaje entre todos aquellos que respondan y acepten la causa del Reino. Todo esto tiene algo de importante e el mundo y esto va a consistir en la unidad visible entre los seguidores de Jesús. Por eso la incluye en la unidad visible que debe existir por eso incluye en la plegaria que nos quiere enseñar. Todos sabemos que el mundo no reconoció a Jesús en su trabajo pero en el ministerio de los discípulos le dará al mundo una nueva oportunidad.
La unidad del Hijo y el Padre es modelo y fuente de la unidad entre los cristianos y entre todos aquellos y aquellas que asuman la causa del Reino. La unidad visible entre los seguidores de Jesús es un reto al mundo para que crea en su misión, de esta manera Jesús incluye, indirectamente, al mundo en su plegaria. Durante su minis-terio el mundo no reconoció a Jesús, pero en el ministerio de los discípulos se dará al mundo una nueva oportunidad.
Por eso Jesús habla de dos rasgos característicos de los cristianos. Primero “creen en Jesús”, fe que implica el conocimiento personal, comunitario y el amor. Segundo llegan a la fe a través de la palabra de los discípulos. El Espíritu Santo da testimonio a través de la palabra de los discípulos y no de un modo puramente espiritual. Para el que escucha esta palabra, ella se convertirá en espíritu y vida, y para quienes se nieguen a recibirla se convertirá en juez.
Si la unidad de los creyentes tiene como modelo la unidad que hay entre el Padre y el Hijo, esta unidad dará espacio a la diversidad, pues el Padre y el Hijo son personas distintas sin que disminuya su unidad. La unidad implica una relación de amor de los creyentes La unidad implica una relación de amor de los creyentes con el Padre y con el Hijo y una relación de amor de los creyentes entre sí.
Y en la primera lectura de hoy nos encontramos con el segundo discurso de Pablo en su condición de prisionero. Había subido a Jerusalén para visitar a aquella comunidad y había seguido, con “incauta” condes-cendencia, el consejo de Santiago de subir al templo. El tribuno romano, que le permite hablar a la multitud, y casi le cuesta la vida. De este modo tiene la ocasión de contar, una vez más, su conversión, relato al que siguió una nueva intervención del tribuno ordenando a los soldados que lo llevaran al cuartel. Una vez allí Pablo declara su ciudadanía romana. Al día siguiente lo llevan antre el sanedrín, donde pronuncia este habilidoso discurso.
Pablo juega con las divisiones entre fariseos y saduceos a propósito de la resurrección de los muertos. Con ella se despierta un furor teológico que les hace llegar a las manos. Los fariseos, superando la prudente posición del mismo Gamaliel, se unen a Pablo y en contra del adversario común. Los romanos tienen que salvar otra vez al apóstol. Esto nos indica la pelea insistentes de tipo nacionalista que estaba subiendo en el ambiente que por poco acaba con la abierta rebelión contra Roma.
Jesús, después de haber presentado a las personas por las que pretende orar, le pide al Padre el don de la unidad en la fe y en el amor para todos los creyentes. Esta unidad tiene su origen y está calificada por “lo mismo que” (kathós). Es decir, por la copresencia del Padre y del Hijo, por la vida de unión profunda entre ellos, fundamento y modelo de la comunidad de los creyentes. En este momento vital, todos se hacen “uno” en la medida en que acogen a Jesús y creen en su Palabra. Este alto ideal, inspirado en la vida de unión entre las personas divinas, encierra para la comunidad cristiana una vigorosa llamada a la fe y es signo luminoso de la misma misión de Jesús. La unidad entre Jesús y la comunidad cristiana se representa se representa así como una inhabitación “Yo en él y tú en mí” (23ª). En Cristo, se realiza, por tanto, el perfeccionamiento hacia la unidad.
A continuación, Jesús manifiesta los últimos deseos en los que asocia a los discípulos los creyentes de todas las épocas de la historia, para los que pide el cumplimiento de la promesa ya hecha a los discípulos (24). En la petición final, Jesús vuelve al tema de la gloria, recupera el de la misión, es decir, el tema de hacer conocer al Padre (25s) y con, concluye pidiendo que todos sean admitidos en la intimidad del misterio, donde existe desde siempre la comunión de vida entre el amor entre el Padre y el Hijo. La unidad con el Padre, fuente de amor, tiene lugar, no obstante, en el creyente por medio de la presencia interior del Espíritu de Jesús. La “prueba” de que Jesús no es uno de tantos profetas, sino el enviado de Dios, está confiada a la fraternidad entre los discípulos. La fraternidad es el signo por excelencia del origen divino del cristianismo: eso es lo que dicen las palabras del Señor. Construir fraternidad es kla prueba más segura y autorizada. Es la oración definitiva del Señor: “que también ellos estén unidos a nosotros; de ese modo, todo el mundo podrá creer que tú me has enviado”. (Juan 17,21).
¡Qué ciego estoy, Señor! Tus palabras pasan por encima de mí como si fueran piedras, sin dejar un signo permanente. La razón de ello es que me he comprometido en mis cosas, y he olvidado lo que tú consideras prioridad para promover tu reino. He intentado hacer mucho, pero me he olvidado lo que tú consideras prioridad Para promover tu Reino He intentado hacer mucho pero me he olvidado de sumergirme en la fraternidad, que es lo que tú, sin embargo, consideras como tu signo.
He de reconocerlo, Señor: con frecuencia tu mensaje no emerge, y no lo hace porque no brotan comunidades, fraternas perfectamente realizadas. Señor, abre mis ojos para comprender el misterio de la fraternidad, la fuerza misionera de la comunión, capaz de vencer los recelos y las resistencias. Ayúdame a creer en el milagro de la fraternidad como punto de partida para toda misión. Ayuda a los cristianos a redescubrir el alcance revolucionario de estas palabras tuyas, para que se compromete en este proyecto, que es, con toda seguridad, el tuyo. Otros proyectos son, probablemente demasiado humano

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