Me gusta dialogar, con mis amigos y con cualquiera, rasgo que heredé de mi madre, quien se hacia encontradiza con todo el que pasara por su camino para dialogar. Ella era de esas personas que gozaba de la conversación.
A todos los llamo “vecino”, porque eso somos en este mundo mientras caminamos por la vida al encuentro de la Vida, donde el diálogo y la convivencia serán eternos. “Conocer las Escrituras es conocer a Jesucristo”, decía San Jerónimo. Y el Concilio Vaticano II nos urge a leer asiduamente las Escrituras. La iglesia lo hace cada día, lee, medita, ora, predica y celebra las Escrituras vivas en la persona de Jesús y en la vida de sus miembros. Esto es lo que les ofrezco, las lecturas que la Iglesia usa cada día y una reflexión y cómo orar con ellas “para adquirir, como dice Pablo, el conocimiento de Jesucristo.” Los invito a caminar, como Jesús con los discípulos de Emaús, para que al final del camino “lo conozcamos al partir el pan".



martes, 20 de julio de 2010

TIEMPO ORDINARIO 20 DE JULIO, 2010

PALABRA DE VIDA
Lectura de la profecía de Miqueas (7,14-15.18-20):
Señor, pastorea a tu pueblo con el cayado, a las ovejas de tu heredad, a las que habitan apartadas en la maleza, en medio del Carmelo. Pastarán en Basán y Galaad, como en tiempos antiguos; como cuando saliste de Egipto y te mostraba mis prodigios. ¿Qué Dios como tú, que perdonas el pecado y absuelves la culpa al resto de tu heredad? No mantendrá por siempre la ira, pues se complace en la misericordia. Volverá a compadecerse y extinguirá nuestras culpas, arrojará a lo hondo del mar todos nuestros delitos. Serás fiel a Jacob, piadoso con Abrahán, como juraste a nuestros padres en tiempos remotos.

Salmo 84,2-4.5-6.7-8
Muéstranos, Señor, tu misericordiaSeñor, has sido bueno con tu tierra, has restaurado la suerte de Jacob, has perdonado la culpa de tu pueblo, has sepultado todos sus pecados, has reprimido tu cólera, has frenado el incendio de tu ira. Restáuranos, Dios salvador nuestro; cesa en tu rencor contra nosotros. ¿Vas a estar siempre enojado, o a prolongar tu ira de edad en edad? R/.¿No vas a devolvernos la vida, para que tu pueblo se alegre contigo? Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación.

Lectura del santo evangelio según san Mateo (12,46-50):
En aquel tiempo, estaba Jesús hablando a la gente, cuando su madre y sus hermanos se presentaron fuera, tratando de hablar con él. Uno se lo avisó: «Oye, tu madre y tus hermanos están fuera y quieren hablar contigo.» Pero él contestó al que le avisaba: «¿Quién es mí madre y quiénes son mis hermanos?» Y, señalando con la mano a los discípulos, dijo: «Éstos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre.»
HOMILIA

Miqueas 7, 14-15. 18-20: Arrojará a lo hondo del mar todos nuestros delitos Salmo 84: Muéstranos, Señor, tu misericordia. Mateo 12, 46-50: “Éstos son mi madre y mis hermanos"

Entre todos los ue vienen a Jesús, hoy nos encontramos que uno de ellos es su Madre. Los nombres de los familiares de Jesús no son mencionados por sus hombres, pero la madre de Jesús representa a Israel en cuanto origen de Jesús y hoy nos encontramos que ella ha venido a verlo. Israel se queda fuera en vez de acercarse a Jesús, y esto rompe la vinculación con su pueblo. Su nueva familia está abierta a la humanidad entera, la única condición es llevar a efecto el designio del Padre de cielo, que se concreta en la adhesión a Jesús mismo. El designio aceptado por Jesús en el bautismo y para lo cual el Padre lo compromete con el espíritu. Todo aquel que se comprometa a este compromiso de Jesús queda unido en El por los vínculos más estrechos de amor e intimidad. Se realiza así la nueva familia, del nuevo pueblo universal. Jesús tiene ya una familia, sus discípulos, abierta a todo hombre, judío o pagano que tome la decisión de seguirlo. Se deja a una familia carnal para encontrar la nueva familia de hijos, hermanos, padres, madres, todos y todas en la iglesia en la igualdad de hijos de Dios. La dimensión vertical de los lazos carnales, se convierte en la horizontalidad de las relaciones del reino y la referencia es el mismo Jesús. Jesús inaugura con este discurso el nuevo reino, la nueva familia a la que todos tendrán la misma oportunidad de pertenecer si toman la actitud de los discípulos es decir escuchan el mensaje y lo ponen por obra, de ahí la posición de María en el evangelio de hoy.

Si leemos hoy el texto de Miqueas, el pasaje constituye el final del libro de Miqueas, pero se remonta en realidad, al tiempo postexílico. El pueblo vuelve a la tierra de Canaán, pero la encuentra inhóspita, muy diferente de la anhelada por los oráculos proféticos que habán sostenido la esperanza del retorno entre los exiliados. A los repatriados les han dejado las zonas menos fértiles y más inaccesibles, mientras que los pueblos vecinos ocupan lo mejor del territorio que alguna vez había pertenecido a Israel. De ahí la invitación dirigida a Yavhé para que, como pastor conduzca al pueblo, -su rebaño- a pastos mejores, como lo hizo en otro tiempo, cuando guió desde la esclavitud de Egipto a la libertad de la Tierra prometida, obrando milagros maravillosos.

La nueva evocación de los “maravillas de Dios” en tiempo del Exodo conduce a un nuevo acontecimiento de la alianza, que hizo conocer a Israel, por una Parte, el amor del Señor y, por otra, su propia identidad de pueblo, y de pueblo “de Dios”. Eso es precisamente lo que los repatriados necesitan encontrar y experimentar de nuevo.

El pasaje concluye alabando la misericordia de Dios, que perdona las culpas con facilidad (18), porque él mismo se ha dado a conocer como “lento a la ira y rico en benevolencia” (Exodo 34,6). El Dios del Exodo se había manifestado como alguien que goza dispensando dones a los hombre y no busca castigos, sino se conversión al amor. Por eso está seguro el orante de que Dios echará las culpas en el fondo del mar (19), del mismo modo que serán precipitados al mar los enemigos del pueblo.

La oración se vuelve explicita: Dios es fiel a la alianza estipulada ya en los tiempos antiguos con los patriarcas, aunque declarada válida y eficaz para las generaciones futuras (Génesis 15,18).

Jesús en evangelio estaba hablando cuando llegaron sus familiares. Y Jesús, al plantear la cuestión de quienes son sus parientes, declara la condición de los nuevos vínculos los que son engendrados de Dios, y no de la carne o de la sangre (Juan 1,13): la escucha y la puesta en la práctica de su Palabra. Los fariseos y los maestros de la Ley, que no creen en él, quedan encerrados en la búsqueda de un signo y no sed dan cuenta de que está presente la realidad misma, mucho mayor que cualquier signo y no se d de que está la realidad misma, mucho mayor que cualquier signo (Mateo 12,38-42). Los discípulos que escuchan su Palabra, se abren a la comunión más profunda posible con él, según la experiencia humana: la que mantenemos con nuestra madre y nuestros consanguíneos.

Jesús mismo es la Palabra: quien le recibe llega a ser en él hijo del Padre. Hacer la voluntad del Padre es la condición de que debe cumplir el hijo auténtico; como él, que ha venido al mundo no para hacer su propia voluntad, sino la del Padre, que le ha enviado (Juan 6,38). Al decir esto, pone Jesús de relieve la grandeza de su madre, María, que lo engendró según la carne precisamente haciéndose discípula, acogiendo la voluntad del Padre: “aquí está la esclava del Señor, que me suceda como dice”. (Lucas 1,38).

Por eso hagamos realidad en nosotros las Palabras que nos invita Jesús hoy repetir con frecuencia “El que cumpla la voluntad de mi Padre, ése es mi hermano, hermana y mi madre.” (Mateo 12,50).

La maravilla más grande nuestra es que dios nos considera “de su casa”, como familia suya. Tal vez estemos demasiado poco habituados a esta verdad y dejemos perder estas implicaciones, como a un muchacho al que le parece que le son debidas las atenciones de sus padres y, en consecuencia, sólo adelante pretensiones. Dios, a buen seguro, es fiel a su don de amor: nos ofrece en todo momento el perdón y la salvación. Ahora bien, ¿cómo nos situamos nosotros en la relación con él? Jesús dice con toda claridad que quien cumple la voluntad del Padre entra en comunión con él. Vale la pena preguntarse cuanto nos interesa la voluntad del Padre y cómo intentamos conocerla. ¿Examinamos nuestra vida a la luz de la Palabra del Señor, tal vez con alguien con nos acompaña en el camino de la fe?

ORACION

Cuando rezo con las palabras que Jesús nos enseñó repito: “Hágase tu voluntad”. Te pido –¿pero no me doy cuenta verdad?- que tú, oh Dios, realices tu voluntad que es amor, que es salvación para todos nosotros. Sin embargo, pienso poco de esta voluntad tuya me interpela también a mi, porque quiere implicarme en tu designio de salvación. Y como a un extraño, sino como a mi familiar. Te confieso, Dios mío, la indiferencia de que hago gala ante todo esto: ni siquiera me doy cuenta de que soy “de los de loa casa”. Perdona esta torpeza mía, ten piedad de mi mezquindad.

El mayor prodigio que puedes realizar, mayor incluso que los que llevaste a cabo en el Exodo, es continuar llamando a mi puerta, rozar las cuerdas de mi corazón hasta que brote la nostalgia de la comunión contigo, de la intimidad familar contigo, de la amistad contigo, que colma cualquier abismo interior. Entonces, Dios mío, no encontraré nada más deseable que tu voluntad, exigente también, pero bella. Y te gritaré, con insistencia hasta que me hayas respondido: Señor ¿qué quieres que haga?

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