Lectura del santo evangelio según san Mateo (10,24-33):
Isaías 6, 1-8: Yo, hombre impuro, he visto al Señor de los ejércitos Salmo 92: El Señor reina, vestido de majestad. Mateo 10, 24-33: No les tengan miedo
Jesús prepara a sus discípulos para los difíciles momentos de la persecución que deben sufrir sus discípulos y les dirige palabras de confianza y valor para que superen el miedo y la angustia que traerá consigo la persecución y les hace pensar en tres pensamientos importantes ante esa situación. También debemos pensar que esas palabras están dirigidas para nosotros sus discípulos que tendremos que afrontar las mismas circunstancias con la entereza y valentía con que el mismo las enfrentó- La primera palabra nos dice que el miedo no debe impedir la proclamación del evangelio, el mensaje que él nos entrega, pues este mensaje tiene que ser públicamente reconocido. Jesús vino a manifestar las cosas que estaban ocultas y lo mismo deben hacer los discípulos. La segunda palabra es que sitúa a sus discípulos en el horizonte del juicio, lo decisivo no es que la gente les pueda quitar la vida sino que alguien pueda ocasionarles la ruina definitiva de la vida. Y la tercera palabra o motivación se fundamenta en la confianza inquebrantable que los discípulos han de tener en Dios, a quien reconocen y invocan como Padre. La solicitud de este Padre llega hasta mo-mentos insospechables y se fundamenta en la confianza que los discípulos han de tener en Dios, a quien reconocen e invocan como Padre y que llega hasta momentos insospechables. Para ilustrarla, Jesús recorre a una comparación muy elocuente: si el padre cuida hasta de los pájaros más pequeños e insignificantes y tiene contados hasta los cabellos de los discípulos por los que ellos mismos no se preocupan ¿cómo no va a ocuparse de los hijos queridos? Lo que en última instancia fundamenta la misión y hace que esta no se detenga ante las dificultades.
Los discípulos que han sabido dar testimonio de Jesús ante los hombres escucharán el testimonio de Jesús a favor suyo ante Dios, pero aquellos que hayan sucumbido al miedo y le hayan negado se encontrarán con que también Jesús les niegue delante del Padre.
Pero entremos en la enseñanza de los profetas, y hoy nos encontramos con Isaías, esto fue escrito en torno al año 724 antes de Cristo, año de la muerte del rey Ozías. Marca el término de una época de prosperidad y de autonomía para Israel y le sirve al profeta para destacar el tema que le es propio: la santidad y la gloira eterna de un Dios que trasciende con mucho toda grandeza humana y así es “el santo de Israel” por excelencia. Es por este Dios por quien se siente llamado Isaías. El escenario es el templo de Jerusalén y nos lo muestra a Dios sentado en su trono, rodeados por serafines (criaturas con semejanza humana, pero dotados de seis alas). Que refleja la representación es del Oriente próximo, si bien la solemnidad y el arre-bato de Isaías dice mucho más.
La triple repetición del “Santo, santo, santo” intenta expresar la infinita santidad de Dios, su trascendencia su absoluta diferencia respecto a aquellos que, por ser terreno, se corrompe o sólo es limitado. El sentido de la presencia de Dios lo proporciona tanto el temblor de las puertas del templo como el humo (4) semejante, en la función de significar la gloria de Dios, a la nube que cubría el tabernáculo durante el tiempo que permaneció Israel en el desierto. En este punto queda Isaías como turbado, abrumado por el sentido de su indignidad, ligada a su pecado y al del pueblo, frente a la infinita pureza y santidad de Dios. Recordamos las palabras del Exodo 33,20: “No podrás ver mi cara, porque el que la ve no sigue vivo”. Sin embargo, Dios no quiere la muerte del hombre e interviene a través de un acto simbólico de purificación con el que expresa que se trata siempre, ante todo, de una iniciativa de Dios y no del hombre (7ss).
El Señor se dirige a la asamblea de serafines que son consultado sobre el gobierno del mundo (8ª), sin embargo de manera indirecta, la voz del Señor interpreta y llama a Isaías para que investido por la gloria y por la santidad de Dios, vaya a profetizar en su nombre: “Aquí estoy yo, envíame”. (8b) En la plena disponibilidad de quien se deja invadir por un Dios que salva.
En el evangelio de hoy, sigue la anécdota de ayer que ponía vigorosamente las exigencias de la misión incluidas sus extremas consecuencias de la persecución y la muerte. Pero hoy pone Jesús un tema típicamente bíblico del “no tener miedo”, que aparece en la Sagrada Escritura 366 veces. La repetición a modo de imperativo habla de la invitación a no tener miedo (26.28.31) a lo que sigue los motivos por la confianza que debe poner en tema de jaque al temor. Hay una razón de que se anime a los discípulos a la audacia del anuncio. Lo que se nos entrega es peque{o como un pabílo en las tinieblas, como un susurro al oído, que hay que entregarlo en pleno día, gritando con todos los medios incluso desde los techos. Aunque el precio será la muerte, ha de saber el discípulo que la muerte del cuerpo será siempre un hecho natural que hemos de afrontar con paz, sobre todo cuanto estemos seguros de que nada ni nadie, si vivimos y anunciamos el Evangelio, podrá matar la vida en nosotros, puesto que el verdadero mal destructor de esta vida y de la otra es el pecado.
El argumento de Jesús sobre las razones para no tener miedo se une, a continuación, a dos imágenes tiernísimas: la de los “pájaros”, que, aunque tienen un precio irrisorio, son objetos del amor providente del Padre, y la de los “cabellos” de nuestra cabeza, contados todos ellos. En verdad, dice el Señor, es preciso que no dejemos que el miedo ocupe lugar alguno en nosotros y nos decidamos en cambio, a llevar una vida consagrada a dar testimonio de Cristo y del Evangelio.
La sociedad del “tener más” margina cada vez más a Dios mediante una serie de mecanismos, que tienen que ver con el placer a cualquier precio, por cualquier medio. Ropa, dinero, servicios, experiencias: todo se ofrece en el gran supermercado del mundo. Sin embargo, el hombre, antes que perseguir la paz del corazón, experimenta un gran vacío, amplificado precisamente por estar abrumado por bienes de fortuna.
Amós nos recuerda, “buscad a Dios y viviréis”. Y los ángeles de la Natividad cantan: “Gloria a Dios en las alturas en el cielo y en la tierra y paz a los hombres que ama el Señor.” Lo que el corazón, mucho más que la mente, debe comprender es el hecho de que, si busco la gloria del Señor en mi obrar, si mi ojo interior se abre a contemplarle, a querer en mi obrar , si mi ojo interior se abre a contemplarle, a querer obrar por amor a él, llego también a la paz. El otro elemento es lo que habla Jesús “no tengáis miedo”. En un mundo profundamente turbado, absorber el “no tengáis miedo” en los ámbitos más profundos del ser me hacer adquirir confianza, solidez, soltura, incluso en orden al apostolado. Dirá Isaías: “Aquí estoy, envíame.” El mismo nos va a repetir: “Toda la tierra está llena de tu gloria.” (Isaías 6,3).
ORACION
Señor, sabes que me atrae el placer y que tiendo a cambiarlo por la alegría y por la paz que necesito. Te suplico en medio de la corrupción del gran mercado en que vivo, que me hagas dejarme purificar por ti, no solo los labios, como Isaías, sino en lo profundo del corazón.
Ayúdame a aceptar aquello de que tú quieres servirte para realizar esta necesaria purificación. Espabílame en el combate espiritual contra las pasiones, para que desee y anhele, en todo, tu gloria y no las mezquinas satisfacciones de mi egoísmo. Y que tu “no tengáis miedo”, sostenga esta voluntad mía un día tras otro.
Si tú me persuades de que buscar tu gloria significa obtener asimismo la paz del corazón, viviré mejor estos mis breves días y los viviré en plenitud: no replegado en mí mismp, sino entregado al anuncio de esta paz, de esta alegría, también a mis hermanos. Purifícame, Señor, fortifícame y, después… “aquí estoy yo, envíame.”

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