Me gusta dialogar, con mis amigos y con cualquiera, rasgo que heredé de mi madre, quien se hacia encontradiza con todo el que pasara por su camino para dialogar. Ella era de esas personas que gozaba de la conversación.
A todos los llamo “vecino”, porque eso somos en este mundo mientras caminamos por la vida al encuentro de la Vida, donde el diálogo y la convivencia serán eternos. “Conocer las Escrituras es conocer a Jesucristo”, decía San Jerónimo. Y el Concilio Vaticano II nos urge a leer asiduamente las Escrituras. La iglesia lo hace cada día, lee, medita, ora, predica y celebra las Escrituras vivas en la persona de Jesús y en la vida de sus miembros. Esto es lo que les ofrezco, las lecturas que la Iglesia usa cada día y una reflexión y cómo orar con ellas “para adquirir, como dice Pablo, el conocimiento de Jesucristo.” Los invito a caminar, como Jesús con los discípulos de Emaús, para que al final del camino “lo conozcamos al partir el pan".



lunes, 12 de julio de 2010

TIEMPO ORDINARIO JULIO 12, 2010


PALABRA DE VIDA

Isaías 1,10-17

Lectura del libro de Isaías:

Oíd la palabra del Señor, príncipes de Sodoma; escucha la enseñanza de nuestro Dios, pueblo de Gomorra: «¿Qué me importa el número de vuestros sacrificios? --dice el Señor--. Estoy harto de holocaustos de carneros, de grasa de cebones; la sangre de toros, corderos y chivos no me agrada. ¿Por qué entráis a visitarme? ¿Quién pide algo de vuestras manos cuando pisáis mis atrios? No me traigáis más dones vacíos, más incienso execrable. Novilunios, sábados, asambleas, no los aguanto.
Vuestras solemnidades y fiestas las detesto; se me han vuelto una carga que no soporto más. Cuando extendéis las manos, cierro los ojos; aunque multipliquéis las plegarias, no os escucharé. Vuestras manos están llenas de sangre.
Lavaos, purificaos, apartad de mi vista vuestras malas acciones. Cesad de obrar mal, aprended a obrar bien; buscad el derecho, enderezad al oprimido; defended al huérfano, proteged a la viuda.»

Salmo 49

Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios.

«No te reprocho tus sacrificios, pues siempre están tus holocaustos ante mí. Pero no aceptaré un becerro de tu casa, ni un cabrito de tus rebaños.»

«¿Por qué recitas mis preceptos y tienes siempre en la boca mi alianza, tú que detestas mi enseñanza y te echas a la espalda mis mandatos?»

«Esto haces, ¿y me voy a callar? ¿Crees que soy como tú? Te acusaré, te lo echaré en cara. El que me ofrece acción de gracias, ése me honra; al que sigue buen camino
le haré ver la salvación de Dios.»

Mt 10,34--11,1


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: «No penséis que he venido a la tierra a sembrar paz; no he venido a sembrar paz, sino espadas.
He venido a enemistar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; los enemigos de cada uno serán los de su propia casa.
El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará. El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta tendrá paga de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo tendrá paga de justo. El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro.» Cuando Jesús acabó de dar instrucciones a sus doce discípulos, partió de allí para enseñar y predicar en sus ciudades.

Isaías 1, 10-17: Lávense, aparten de mi vista sus malas acciones
Salmo 49: Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios
Mateo 10, 34-11, 1: No he venido a sembrar paz

HOMILIA

Jesús es alguien que siempre pone las cosas en su lugar. Todos esperamos que el éxito sea el camino final. Esto es cierto pero lo que no nos llama la atención: “El que pierda su vida por mí la encontrará.” Jesús pone las cosas en su lugar, y el camino es distinto a lo que solemos esperar, lo dice Jesús: “El que recibe a vosotros me recibe a mí.” Jesús deja claro las tendencias que cada discípulo debe enfrentar, porque si lo recibe a él tendrá el premio de un profeta, o el pago de un justo. No debe importantes los sectores nacionalistas, los zelotes, o las ultra ortodoxos, deben fundarse en el sentido de la comunidad que han rechazado el movimiento fariseo, por eso Jesús habla del símbolo de “las espadas”, porque algunos habían convertido su fe en “cortar” las normas impuestas por la tradición, pero que Jesús no va aceptar ese tipo de normas, porque no responden a su pensamiento.

Por eso nos encontramos en la primera lectura a Isaías, que es el profeta que desarrolla su misión en el Reino de Judá durante la mitad del siglo VIII ante de Cristo, que es un período de prosperidad económica y de relajamiento moral, conde Isaías condena el especial el formalismo religioso de las clases más ricas. Los que a ellas pertenecen, cerrados en el egoísmo de su riqueza y insensibles a las necesidades de los cada vez más numerosos indigentes, practican un culto que es inútil porque están separados de la vida.

Empleando la forma literario de un juicio emprendido por Yavhé contra su pueblo-al de manera significativa se llama “Sodoma y Gomorra”, las ciudades pecadoras por antonomasia (10), reivindica Isaías a Dios sus derechos y recuerda al pueblo los deberes sancionados por la alianza sinaítica. Dios confiesa que le disgusta la ofrenda de los sacrificios cruentos e in cruentos, la observancia de las fietas y de las prescripciones rituales (11-14), dado que a eso no le corresponde un corazón dócil, atento a las necesidades del prójimo. Dios no mira ni escucha a quien cree rendirse honores y luego pisotea a los débiles y a los pobres (15).

Entre el culto y la vida no puede haber contradicciones no es posible ofrecer la sangre de una víctima sacrificial con manos machadas por la sangre de los homicidios cometidos (15c). La conversión del corazón )”Dejad de hacer el mal, aprended a hacer el bien” (16,17) es la condición fundamental para que la alianza de Dios con su pueblo sea real y eficaz. Dios renueva la invitación a una purificación tanto interior, del corazón, como exterior, del comportamiento, para restituir la verdad al culto practicado y poner las bases de la justicia social.

En el evangelio mos encontramos con Mateo que pone de relieve las exigencias radicales del Maestro. Nadie puede ser impedido de seguir a Jesús aunque eso pueda causar sufrimientos y hasta procurar rupturas, incluso en medio del interior de una misma familia. El cristiano ha de contar con malentendidos y con la incomprensión de sus allegados y de quienes le están unidos por lazos afectivos. El discípulo -Jesús ya lo había declarado- no puede tener una suerte diferente a los de su maestro, desconocido y rechazado precisamente por los suyos (Marcos 3,21; Juan 1, 11.

No se trata de que no pueda vivir el discípulo con entrega y fidelidad las relacio-nes familiares, sino de dar prioridad a las exigencias del seguimiento de Jesús y al amor “con todo tu corazón con toda su alma, con toda tu mente y con todas sus fuerzas (Marcos 12, 30) que debemos al Señor. Ahora bien, eso sería humanamente imposible si él no nos hubiera amado antes hasta dar la vida por nosotros. Haciendo como Jesús. Tomando sobre nosotros la carga crucificante del mal que se op0one al amor y realizando gestos sencillos, pero auténticos, dirigido al otro, al que reconocemos como hermano (el ofrecimiento de un vaso de agua), viviremos la misma dignidad de hijos del Padre misericordioso.

Dios nos toma en serio. Así ha sido desde el primer instante en que quiso que fuéramos seres libres. Por eso no puede estar e acuerdo cuando reducimos nuestra relación con él a una serie de convivencia. Si obramos de ese modo no le engañamos a él, sino a nosotros mismos. Creer en dios, es decir, recibir el don de la fe que él mismo nos ofrece gratuitamente, es una cuestión de corazón. No es posible comprometernos, es una cuestión de corazón. No es posible comprometernos con él sólo de fachada o en momentos alternos. Dios nos ama “antes y a jornada completa” y nosotros, sabiéndonos amarnos (que es por tanto. El vértice de todo deseo), ¿qué otra cosa posemos hacer sino amado a nuestra vez?

Amar es una acción muy “concreta”. Amar a Dios, sin embargo, no es una cuestión limitada a impulsos interiores: incluye amar al hermano, a la hermana; amados en su carácter concreto, en la necesidad en que se encuentran.

Si nos quedamos encerrados en nosotros mismos, con nuestra presunción de santidad, porque quizás rezamos alguna oración y nos sentamos los domingos en primera fila en la iglesia, nos encontraremos la vida y perderemos la recompensa. Sí la obtendrá, en cambio, quien sepa reconocer que sólo Dios es Dios, y que por amarnos tiene “derecho” a nuestro amor; por eso Dios que es inmenso y que goza “encendiéndose” y haciéndose amar en los “pequeños”,

De ahí la insistencia de Jesús “El que pierda su vida por mí, la conservará”.

ORACION

Gracias, Señor, por haberme llamado a caminar junto a ti, a ser tuyo. Reconozco que soy poco cosa, que me siento atraído aquí y allá, lejos de la Verdad que tú eres, por miedo a perder la seguridad de un afecto o incluso de la imagen que me he hecho de ti.

Gracias, Señort, por renovarme la confianza llamándome a cambiar de vida: a pasar del formalismo a la autenticidad del amor a ti y al prójimo.

Concédeme el gusto de arriesgarme siguiendo tu Palabra, de atreverme a perder la vida haciendo el bien a los otros. Concédeme el valor de ofrecer el “vaso de agua”, cotidiano al “pequeño” de turno. Concédeme saber reconocer que precisamente en él está tú, mi infinita recompensa.

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