Mt 10,34--11,1
HOMILIA
Jesús es alguien que siempre pone las cosas en su lugar. Todos esperamos que el éxito sea el camino final. Esto es cierto pero lo que no nos llama la atención: “El que pierda su vida por mí la encontrará.” Jesús pone las cosas en su lugar, y el camino es distinto a lo que solemos esperar, lo dice Jesús: “El que recibe a vosotros me recibe a mí.” Jesús deja claro las tendencias que cada discípulo debe enfrentar, porque si lo recibe a él tendrá el premio de un profeta, o el pago de un justo. No debe importantes los sectores nacionalistas, los zelotes, o las ultra ortodoxos, deben fundarse en el sentido de la comunidad que han rechazado el movimiento fariseo, por eso Jesús habla del símbolo de “las espadas”, porque algunos habían convertido su fe en “cortar” las normas impuestas por la tradición, pero que Jesús no va aceptar ese tipo de normas, porque no responden a su pensamiento.
Por eso nos encontramos en la primera lectura a Isaías, que es el profeta que desarrolla su misión en el Reino de Judá durante la mitad del siglo VIII ante de Cristo, que es un período de prosperidad económica y de relajamiento moral, conde Isaías condena el especial el formalismo religioso de las clases más ricas. Los que a ellas pertenecen, cerrados en el egoísmo de su riqueza y insensibles a las necesidades de los cada vez más numerosos indigentes, practican un culto que es inútil porque están separados de la vida.
Empleando la forma literario de un juicio emprendido por Yavhé contra su pueblo-al de manera significativa se llama “Sodoma y Gomorra”, las ciudades pecadoras por antonomasia (10), reivindica Isaías a Dios sus derechos y recuerda al pueblo los deberes sancionados por la alianza sinaítica. Dios confiesa que le disgusta la ofrenda de los sacrificios cruentos e in cruentos, la observancia de las fietas y de las prescripciones rituales (11-14), dado que a eso no le corresponde un corazón dócil, atento a las necesidades del prójimo. Dios no mira ni escucha a quien cree rendirse honores y luego pisotea a los débiles y a los pobres (15).
Entre el culto y la vida no puede haber contradicciones no es posible ofrecer la sangre de una víctima sacrificial con manos machadas por la sangre de los homicidios cometidos (15c). La conversión del corazón )”Dejad de hacer el mal, aprended a hacer el bien” (16,17) es la condición fundamental para que la alianza de Dios con su pueblo sea real y eficaz. Dios renueva la invitación a una purificación tanto interior, del corazón, como exterior, del comportamiento, para restituir la verdad al culto practicado y poner las bases de la justicia social.
En el evangelio mos encontramos con Mateo que pone de relieve las exigencias radicales del Maestro. Nadie puede ser impedido de seguir a Jesús aunque eso pueda causar sufrimientos y hasta procurar rupturas, incluso en medio del interior de una misma familia. El cristiano ha de contar con malentendidos y con la incomprensión de sus allegados y de quienes le están unidos por lazos afectivos. El discípulo -Jesús ya lo había declarado- no puede tener una suerte diferente a los de su maestro, desconocido y rechazado precisamente por los suyos (Marcos 3,21; Juan 1, 11.
No se trata de que no pueda vivir el discípulo con entrega y fidelidad las relacio-nes familiares, sino de dar prioridad a las exigencias del seguimiento de Jesús y al amor “con todo tu corazón con toda su alma, con toda tu mente y con todas sus fuerzas (Marcos 12, 30) que debemos al Señor. Ahora bien, eso sería humanamente imposible si él no nos hubiera amado antes hasta dar la vida por nosotros. Haciendo como Jesús. Tomando sobre nosotros la carga crucificante del mal que se op0one al amor y realizando gestos sencillos, pero auténticos, dirigido al otro, al que reconocemos como hermano (el ofrecimiento de un vaso de agua), viviremos la misma dignidad de hijos del Padre misericordioso.
Dios nos toma en serio. Así ha sido desde el primer instante en que quiso que fuéramos seres libres. Por eso no puede estar e acuerdo cuando reducimos nuestra relación con él a una serie de convivencia. Si obramos de ese modo no le engañamos a él, sino a nosotros mismos. Creer en dios, es decir, recibir el don de la fe que él mismo nos ofrece gratuitamente, es una cuestión de corazón. No es posible comprometernos, es una cuestión de corazón. No es posible comprometernos con él sólo de fachada o en momentos alternos. Dios nos ama “antes y a jornada completa” y nosotros, sabiéndonos amarnos (que es por tanto. El vértice de todo deseo), ¿qué otra cosa posemos hacer sino amado a nuestra vez?
Amar es una acción muy “concreta”. Amar a Dios, sin embargo, no es una cuestión limitada a impulsos interiores: incluye amar al hermano, a la hermana; amados en su carácter concreto, en la necesidad en que se encuentran.
Si nos quedamos encerrados en nosotros mismos, con nuestra presunción de santidad, porque quizás rezamos alguna oración y nos sentamos los domingos en primera fila en la iglesia, nos encontraremos la vida y perderemos la recompensa. Sí la obtendrá, en cambio, quien sepa reconocer que sólo Dios es Dios, y que por amarnos tiene “derecho” a nuestro amor; por eso Dios que es inmenso y que goza “encendiéndose” y haciéndose amar en los “pequeños”,
De ahí la insistencia de Jesús “El que pierda su vida por mí, la conservará”.
ORACION
Gracias, Señor, por haberme llamado a caminar junto a ti, a ser tuyo. Reconozco que soy poco cosa, que me siento atraído aquí y allá, lejos de la Verdad que tú eres, por miedo a perder la seguridad de un afecto o incluso de la imagen que me he hecho de ti.
Gracias, Señort, por renovarme la confianza llamándome a cambiar de vida: a pasar del formalismo a la autenticidad del amor a ti y al prójimo.
Concédeme el gusto de arriesgarme siguiendo tu Palabra, de atreverme a perder la vida haciendo el bien a los otros. Concédeme el valor de ofrecer el “vaso de agua”, cotidiano al “pequeño” de turno. Concédeme saber reconocer que precisamente en él está tú, mi infinita recompensa.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario