Salmo 58,2-18
Estoy velando contigo, fuerza mía, porque tú, oh Dios, eres mi alcázar; que tu favor se adelante, oh Dios, y me haga ver la derrota del enemigo.
Yo cantaré tu fuerza, por la mañana aclamaré tu misericordia: porque has sido mi alcázar y mi refugio en el peligro.
Y tañeré en tu honor, fuerza mía, porque tú, oh Dios, eres mi alcázar.
Lectura del santo evangelio según san Mateo (13,44-46):
Pero también entendámoslo bien, Jesús no contemp0la sólo el sufrimiento sino más bien es el camino para entrar en el reino. Construir el reino significa sufrimiento, despojo, negación propia, pero según las parábolas es m+ás bien el trueque de hoy por otro mayor, por otro incomparable mucho mayor. El buscador e tesoros y el comerciante tenían bienes y recursos, disfrutaban de los créditos de sus tesoros, de sus campos, y de sus perlas; gozaban podríamos decir de la vida, tenían una situación cómodoa.
Quien encuentra el sentido de su vida arriesgándose a cambios y a la novedad del reino, cambian la alegría pasajera y el éxito fortuito por otra manera de vivir desde las bienaventuranzas. Los discípulos de Jesús experimentaron esta forma de vivir, encontraron al Maestro y fueron llamados e invitados a seguirlo, su vida se transformó, cambió radicalmente ahora lo que cuenta está, está junto al Maestro.
Quienes han encontrado el sentido de sus vidas arriesgándose al cambio y a la novedad del reino, cambian la alegría pasajera y el éxito fortuito por otra manera de vivir desde las bienaventuranzas. Los discípulos de Jesús experimentaron esta forma de vivir, encontraron al Maestro, y fueron llamados e invitados a seguirlo su vida se trasformó cambio radicalmente ahora lo que cuenta es esta junto al Maestro, y fueron llamados e invitados a seguirlo, su vida se trasformó, cambio radicalmente, ahora lo que cuenta es está junto al Maestro, el que dio a sus vidas el verdadero sentido.
Pero tenemos que ver claro en el texto de Jeremías, el texto de hoy forma parte de una de las llamadas “confesiones de Jeremías”, escritos en primera persona en los que vierte el profeta sus propios sentimientos y deja ver su ánimo, rehogándose con dios por la dureza de la misión que se le ha confiado y hasta por su misma existencia, cuyo fracaso percibe. Jeremías que tanto hubiera deseado la paz, y que sin, a causa de la Palabra, es objeto de contiendas y de pleitos (10), deplora haber nacido. Recuerda el entusiasmo y la alegría del primer encuentro con la Palabra del Señor, convertido después en el centro y el sentido de toda su vida. A la iniciativa de Dios le había seguido la disponibilidad total de Jeremías, el compromiso de toda su persona en la decisión consciente de estar consagrado a Dios (16), La soledad, el dis-tanciamiento de las compañías festivas, fueron consecuencia de esta dedicación absoluta a una Palabra que va contra corriente y que sus contemporáneos rechazan e incluso combaten (17). De ahí procede el agudo sufrimiento que siente Jeremías sin posibilidad de curación y el grito de denuncia de su propia situación frente a Dios, que se le ha vuelto engañoso como una arrroyo de aguas caprichosas.
Por toda respuesta (19-21), el Señor confirma al profeta su arduo mandato, pidiéndola de nuevo su entera disponibilidad, renovándole la promesa del éxito final de su misión, garantizando por su misma presencia, La Palabra que le había seducido en un tiempo deberá “encarnarse” aún más en Jeremías. Fiel aella, recibirá la fuerza necesaria para resistir a todos los adversarios. En el evangelio, en el marco del sermón dirigido a los discípulos en la casa (Mateo 13,36), las parábolas del tesoro escondido por casualidad en el campo y la perla largo tiempo buscada y por fi encontrada ponen el acento en la alegría de quien ha comprendido el valor del Reino de Dios. Se trata de una alegría tan penetrante y profunda que hace posible la venta de cualquier otro bien para comprar el campo donde está escondido el tesoro o adquirir la perla preciosa. Acoger la Palabra de Jesús y tener acceso al misterio del Reino de Dios no es, por tanto únicamente una experiencia de contraste y de paciente tenacidad, como seguirían las parábolas del sembrador y la cizaña, sino que es también y sobre todo una experiencia de alegría.
Junto a esta enseñanza principal, las parábolas plantean la exigencia del radicalismo en la opción por el Reino: no es posible llegar a soluciones de compromiso; es preciso darle todo si queremos gozar del amor de Dios. El hombre experimenta esto como don inesperado y como fruto del empeño: Dios se ofrece en virtud de su libre iniciativa, más allá de cualquier posible mérito del hombre: Haciéndose buscar, dilata en él el espacio del deseo.
Hay dos tonalidades en las lecturas de hoy que nos ofrece la liturgia. Está la “alegría” de quien ha encontrado el sentido de su vida en una palabra, la de Dios, que le ha abierto el corazón, y por la que no vacila en comprometer toda su vida renunciando a todo lo demás, y está la “disolución” de quien siente la inutilidad de su vivir, el fracaso de sus esfuerzos, aunque sean sinceros. Con frecuencia coloreamos la vida con uno u otro color. Tal vez empleamos con mayor frecuencia la segunda.
El Señor nos dice algo importante: la alegría del encuentro con él, saboreada en un momento preciso que ha iluminado nesutra experiencia, constituye el fundamento que debemos redescubrir de continuo. Es la memoria que nos garantiza lo esencial: la certeza de que el Señor está vivo y presente junto a nosotros.
Dejémonos atraer por el Señor, que, como hizo con el profeta, nos dice hoy a nosotros: “Si vuelves a mí, haré que vuelvas y estés a mi servicio.” (Jeremías 15,19)
Por eso debemos repetir con frecuencia y vivir hoy la Palabra: “Tu Palabra es alegría de mi corazón.” (Jeremías 15,16)
ORACION
Tengo necesidad de ti, Señor, de tu presencia que da vigor a mis fuerzas e impulso a mi corazón. Necesito saborear la dulzura de tu amistad, dejarme deslumbrar por el esplendor de tu belleza. Tengo necesidad de apasionarme por tus cosas y de descubrir que sólo perteneciéndote soy de verdad yo mismo.
No es fácil encontrar a precio de saldo el coraje de arriesgar. Y, me doy cuenta de ello, no es el resultado de una operación lógica. El coraje necesario para apostarlo todo, toda la existencia por ti, Señor, apoyados en tu Palabra, es algo que pertenece al orden del corazón, y es posible si acepto dejarme abrasar interiormente por el fuego del Espíritu, por tu amor creador. Que yo también pueda saborear, Señor, tu bondad y tu dulzura… Así, lo menos que podré hacer será dejarlo todo por ti y gritarte una vez más; “Aquí estoy, Señor”.

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