Lectura del santo evangelio según san Mateo (10,7-15):
Jesús prepara e instruye a los discípulos para la misión a la que los envía, es decir, su propia misión por eso desde ayer comenzamos a ver las instrucciones que Jesús le dio a sus discípulos. Le dice de los destinatarios de la misión y del contenido de la misión, es decir, lo que se requiere de ellos y como la deben realizar.
No se contenta con entregarles el mensaje, desea que su estilo de vida sea la reproducción viva de la palabra, Jesús y su iglesia se preocupan de la decisión de los misioneros. Estas modalidades van a cambiar con el correr de los tiempos en que se proclame el mensaje.
El objetivo del mensaje será el mismo mensaje anunciado por los profetas, y todos los misioneros participarán del reino, del éxito de la misión y ésta no se encuentra en proyectos humanos, nada es urgente para misión, ni necesario, sólo el confiar en la providencia de Dios.
Hoy en la Iglesia tenemos la misma misión de Jesús. Las formas pueden cambiar, pero lo que cambiará jamás es la urgencia de esta misión, no importa las dificultades.. Porque el mensaje es el mismo: “Id anunciando que está llegando el Reino de los Cielos.”
El profeta Oseas es un ejemplo de la misión y de la realización de la misma, y su objetivo es presentar la naturaleza del Dios-Amor. Si en el capítulo anterior Oseas nos revela al Dios esposo, ahora cambia el sentido del mensaje. El amor de Dios es el de un padre ternísimo que recuerda a su hijo, nosotros, nos recuerda los días lejanos en que, arrancándolo de la esclavitud de Egipto lo lleva suavemente de la mano. El pueblo había ido continuamente por el camino de la idolatría, pero Dios estaba allí para volverlo a coger en brazos para expresarle su amor con los lazos de la bondad pues, tocando las fibras más secretas de la humana sed de ser amados, hubieran persuadirle sobre la fuerza, la fidelidad y la misericordia de este amor de Dios por el hombre. “La delicada interioridad del amor de Dios y, al mismo tiempo, su fuerza apasionada no han sido percibidas ni presentadas por ningún otro profeta como por Oseas” mencionan algunos teólogos.
Existe en estos versículos una voluntad de salvación por parte de Dios que supera con mucho la indignación por el alienante ir a la deriva del hombre. Y todo el texto (en el que se vuelva bastante veces el verbo judío que significa “amor”) subraya la absoluta prioridad del amor de Dios al hombre. El amor del hombre a Dios, en la Biblia, viene después, y aparece aquí con una cierta vacilación, como para expresar la impotencia del “corazón incircunciso, del corazón endurecido”, que sólo cuando lo alcanza y penetra el Espíritu puede convertirse “en un corazón de carne”, capaz, por tanto, de amar a Dios y, en él a los hermanos. (Ezequiel 36,26ss)
En el Evangelio vemos que retoma el anuncio: “El Reino de Dios está cerca.” Tanto Juan el Bautista (Mateo3,2) como Jesús (4,17) lo proclamaron desde el principio. El que cree que el Reino es el Señor y se convierte en “signo” de su presencia y, como dice inmediatamente después el texto, puede realizar curaciones, volver a dar la vida, tomar posición contra Satanás y sus estrategias del mal (8). Lo que importa es la conciencia de estar inundados de continuo por las energías divinas: la gracia que nosotros no hemos merecido por nosotros pero que Jesús ha merecido por nosotros con su pasión y resurrección. Esta absoluta gratuidad es la apuesta de la persona que cree y de la comunidad edificada sobre el Evangelio. Puesto que gratuitamente recibimos todo de Dios, podemos proyectar nuestra existencia a través del don de la gratuidad. Aún viviendo en una sociedad y sus estructuras, se hace posible así tomar distancia respecto a lo que, en estas estructuras, da un carácter absoluto al valor del dinero, de la ropa, de cualquier otro valor material.
El discípulo también trabaja en este mundo y sabe que tiene derecho al alimento (0 y vea Lucas 10,7), a la recompensa, cpero se contenta con lo necesario. El excedente de la ganancia no es, por lo tanto, para ser acumulado, sino por gratuidad del don. El evangelizador se quedará en casa de quien sea digno de recibirlo (11). Y quien pida ser hospedado llevará, como signo distintivo, la paz. Precisamente esta paz mesiánica (Lucas 10,5) recoge el saludo con el que ha de anunciarse: “La paz esté con vosotros” será el signo distintivo.. Quien lo acoge, acoge en el hermano el Reino de Dios y todas sus promesas de bendición. Quien no la acoge, se excluye de todo eso. Por eso tiene sentido “sacudirse el polvo”, gesto que hacían los que, al entrar en Israel, dejaban detrás la tierra de los gentiles. Del mismo modo que Sodoma y Gomorra, que se hundieron por no haber acogido a los enviados de Dios (Génesis 19,24ss), así también se hundirá quien no acoja al hermano y, por tato al Reino.
La vida, sobre todo en nuestros días, está repleta de tensiones que tienen a triturar las jornadas, a disipar y empobrecer el espíritu. ¿El remedio? Percibirme, precisamente “hoy” –no mañana ni pasado mañana- en mi debilidad, como el niño que el tiernísimo “Abba” del cielo alza hasta sus mejillas con una fuerza y una ternura infinita. Creo, estoy seguro por la fe, que él me saca de los diferentes Egiptos que son ls diferentes esclavitudes en que se ha enredado mi “obrar” frenético sin acordarme de Dios.
El drama de muchos cristianos es realizar sólo intelectualmente que el Señor cuida de nosotros. De ahí el desaliento, el sentido de angustia e incluso de traición cuando tropiezan con la prueba, con el dolor, con las dificultades de la vida. Ahora bien el hecho de que dios sea “Dios y no hombre”, si lo creo hasta el fondo en mi corazón, pacifica y ordena la existencia de raíz. De esta certeza de que hay un Dios, cuya identidad es amor (1 Juan 4,6), que nos ama y se preocupa por nosotros borta ese estilo del que habla Jesús en el evangelio. Soy amado gratuitamente, me siento colmado de diligentes cuidados. En consecuencia, el lema de la gratuidad es mi referencia a los hermanos, anunciando precisamente de este círculo de gratuidad, vivir se convierte en el aliento de esta gran expectativa: “Vuelve raudo, Señor, como la luz difundida sobre la ola, que brilla con destellos inesperados.”
ORACION
Señor Jesús, te ruego que tomes posesión de mi corazón profundo. Concédeme estar seguro de tu presencia en el centro de mi ser, más allá de mis fáciles depresiones, de mis euforias y de las ansias que hay en mí. Tú, por encima de mis Egiptos y de las ruinas de una vida superficial, naturalista, y, por ello, destructiva, puedes llegar al núcleo vital de mi ser, cargado de promesas. Tú y sólo tú “puedes hacerme florecer” en continua y verdadera actitud de entrega.
Haz que te recibe día tras día a través de la gratuidad de tu amor tierno y delicado y que con ese amor vaya anunciando tu reino con el estilo de lo gratuito y de la sencillez.

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