Salmo 106,2-3.4-5.6-7.8-9
Lectura del santo evangelio según san Mateo (22,34-40):
Ezequiel 37, 1-14: Huesos secos, escuchen la palabra del Señor.Salmo 106: Den gracias al Señor, porque es eterna su misericordia. Mateo 22, 34-40: Amarás al Señor tu Dios
HOMILIA
Jesús nos enfrenta al hoy de la Ley, donde falta el amor en todas las esferas de la sociedad, todo está vacío de valor que es responsabilidad social, solidaridad y equidad, que es lo que le falta a los fariseos de ayer y de hoy. Por nuestra parte solemos caer en el activismo y a veces nos olvidamos de lo fundamental: Dios y el prójimo, porque las estructuras están vacías. El prójimo y su realidad, cuando acudimos a una falta de amor en todos los caminos de la sociedad son endebles si no se fundan en el amor que es la responsabilidad social y la justicia. El prójimo y su realidad esos criterios unidos por el amor es lo que puede ayudar a una verdadera maduración de la fe cristiana.
A eso apunta la enseñanza de hoy para nosotros que vinimos a escuchar al Maestro y para eso nos preparamos escuchando a profeta Ezequiel. El fragmento del profeta está compuesto de dos partes: una visión (1-10) y su explicación (11-14=. El profeta es trasladado a un valle, en la región de Quebar, en Babilonia, donde viven los israelitas exilados. Lo que se presenta ante sus ojos es completamente desolador; un montón de huesos secos y resquebrajados (2ss). A la pregunta aparentemente absurda, del Señor sobre si podrán revivir aquellos huesos, le da Ezequiel una respuesta discreta y llena de confianza: “Señor, tú lo sabes.” (3b). Dios lo puede todo, todo depende de su voluntad. Le ordena el Señor profetizar sobre los huesos. Los restos de los seres humanos deben “oír” ahora as palabras divinas y “saber” que él es el Señor (4). El lenguaje usado por el Señor des muy concreto y supero vitalidad: “el espíritu penetró en ellos”, y “aparecían los tendones, crecía la carne y se cubrían de piel”, “infundiré en vosotros mi espíritu.”
El evangelio nos trae a disputa de Jesús con los fariseos. Donde le plantean en dos capítulos 21 y 22 el asunto del tributo al César y sobre la resurrección de los muertos. Era temas candentes de la época y ahora nos encontramos con la tercera disputa. Pero ya no son los fariseos sino los saduceos ricos y poderosos y observantes de la Ley. El fondo de la cuestión es compleja y la motivación poco recta; interrogan a Jesús “ para ponerlo a prueba” (35). Los fariseos habían calculado las leyes en 613, de los cuales 248 eran mandamientos positivos. Frtente a estas prescripciones y ahora quieren saber “el mandamiento más importante” (36) Pero Jesús no se sitúa en la lógica de la jerarquía de mandamientos. Recuerda más bien a esencia de loa Ley, orienta a los principio que la inspiran y hacia la disposición interior que los inspira a observarlas. La respuesta de Jesús es clara y precisa: la fuente y el cumplimiento de la Ley que es el amor en su doble mandamiento hacia Dios y hacia el prójimo. Son dos dimensiones inseparables. Sólo quien ama a Dios, y en su mismo novel, pone el amor al prójimo, es decir, a toda persona que vive cerca de él, a todo “otro yo” como alguien amado por el mismo Dios. Aquí se encuentra la síntesis de “toda la Ley y los profetas”, es decir, el núcleo esencial de la revelación, aquí se encuentra el núcleo esencial de la revelación, aquí se encuentra la voluntad de Dios para todos sus hijos.
La esencia de la vida cristiana consiste en el amor a Dios y en el amor al próji-mo, ésta es una verdad que enseña desde la primera catequesis. Se trata de una verdad indiscutible y universal. En teoría todos loa conocemos bien, sin embargo no es no es para todos una verdad “apropiada”, esto es, una ley que hacemos nuestra, con una sentimiento real, vital, existe3ncia, personal. Nos lo revuerda la misma liturgia: “Resplandezca, Señor, tu gloria en medio de nosotros”.
ORACION
Señor, mira con miserico9rdia los huesos secos que yacen inertes en nuestra historia, en nuestra sociedad, en nuestras comunidades, en nuestras familias y dentro de cada uno de nosotros. La superficialidad, la trivialidad, el frenesí, la avidez, esconden con frecuencia un vacío espantoso. Sin el soplo vital de tu Espíritu, estamos destinados a languidecer en el aburrimiento, en la frialdad, en relaciones estériles, en los escombros de las ideologías derrumbadas y entre las ruinas de nuestros sueños triturados.
Pero tú nos has dicho que has venido para darnos la vida y dárnosla en abundancia (Juan 10,10). Confiando en ti, creemos que también nuestros huesos secos podrán revivir. No me abandonarás en el abismo, ni dejarás a tu fiel sufrir la corrupción. Me enseñarás la senda de la vida, me llenarás de gozo en tu presencia, de felicidad eterna a tu derecha” (Salmo 16,10ss).

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