Salmo 39,7-8a.8b-9.10.17
«Como está escrito en mi libro para hacer tu voluntad.» Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas.
He proclamado tu salvación ante la gran asamblea; no he cerrado los labios: Señor, tú lo sabes.
Alégrense y gocen contigo todos los que te buscan; digan siempre: «Grande es el Señor» los que desean tu salvación.
Lectura del santo evangelio según san Lucas (7,1-10):
HOMILIA
1Corintios 11, 17-26. 33: Resulta imposible comer la cena del Señor Salmo: 39: Proclamen la muerte del Señor, hasta que vuelva. Lucas 7, 1-10: Ni en Israel he encontrado tanta fe
Jesús se encuentra en una situación difícil frente al siervo de un romano, es decir de un pagano. Los fariseos siempre se han opuesto a él, no es día de sábado, pero es una situación con un pagano, aunque en realidad es apreciado por los demás judíos. Perl el centurión no sólo ha oído hablar de Jesús sino que se ha atrevido a mandarle a unos judíos a pedirle que cure a su criado enfermo. La fe intensa del centurión, siendo una persona no “religiosa” pero simpatizante con el judaísmo. Y lo grande es que pide a los judíos notables que ruegen a Jesús por su criado. Eso no lo vemos en ninguna otra situación. El mismo Jesús se sorprende y exclama: una fe semejante no la he encontrado n en Israel. La fe profunda de este hombre debe llamarnos la atención y preguntarnos: ¿Cómo estoy viviendo mi fe y compromiso? Debemos ver nuestra realidad de cristianos y discípulos de Jesús.
Pablo nos presenta la institución de la eucaristía como una enseñanza recibida desde el tiempo de los apóstoles y a Jesús (23) y Pablo tiene el deber de transmitirla a las distintas comunidades. Sobre el valor histórico de estas dos verbos “recibir – transmitir” le tendremos como reflexión más adelante, aquí debemos considerar el valor que, según Pablo, tiene la celebración eucarística para la vida de la comunidad cristiana de Corinto.
La eucaristía es, en primer lugar “una llamada” una vocación divina: no puede no debe ser reducida a una mera convergencia de diferentes sujetos, aunque sea con intenciones respetables y dignas de alabanza. Al contrario, cada vez que la comunidad se reúne para celebrar la eucaristía, responde a una invitación-mandato del Señor Jesús. Dicho con mayor precisión, la eucaristía es un “hacer memoria del Señor muerto y resucitado”: que nos puede ni debe ser alterada su fuerza sobrenatural, que nos pone en comunión personal con aquel de quien hacemos memoria.
La fórmula “Haced esto en memoria mía! (24ss) que Pablo comparte con Lucas (22,19) no deja lugar a ninguna duda. Los exégetas piensan que Jesús no pretende dejar aquí a sus discípulos un testamento cualquiera sino un auténtico memorial. Y Pablo usa una palabra hebrea “zikkaron”.
Hoy diríamos “memoria eficaz y actualizadora” capaz de producir lo que significa. La eucaristía es también “comer de la cena del Señor”: no puede ni debe ser alterada esta dimensión comunitaria de la eucaristía. Este es el signo elegido por Jesús, un signo que la tradición apostólica respeta de manera escrupulosa; a falta de este signo, ni tendíamos el fruto de la presencia sacramental de Jesús y de la eficacia salvífica de su muerte y resurrección.
En el evangelio nos encontramos con el relato de la curación que Lucas nos refiere que se concentra más en la fe que obtiene el milagro que en el milagro mismo. La figura del centurión pagano asume de este modo un valor emblemático: no hay duda de que Lucas ha tomado precisamente del mundo pagano.
La fe del centurión se compone de humildad y de confianza: ambas actitudes lo hacen abierto no sólo al don que va a recibir, sino también a loa comunidad de los discípulos de Jesús, a la que puede pertenecer personas de diferente extracción sociológica. Hay un detalle que nos sorprende y que tiene una gran actualidad. Mientras los ancianos judíos recomiendan al centurión a Jesús en virtud de algunos favores que les había hecho )”merece que se loo concedas” (4), el centurión envía a decir a Jesús: “Señor, no te molestes, yo no soy digno de que entres en mi casa” (6). Está claro que para Jesús son más eficaces estas palabras, marcadas por una humildad grande y sincera, que las otras –demasiado interesadas- con las que los ancianos formulan su recomendación.
Dirtemos, por último, que, como Mateo, también Lucas considera este hecho un preludo de la llegada de los paganos a la Iglesia: el asunto le interesa aún más porque él y sólo él sentirá la necesidad de dedicar la segunda parte de su obra, los Hechos de los Apóstoles, a este gran acontecimiento. Se entrevé así el tema de la apertura universalista de la salvación traída por Jesús.
En la primera lectura de hoy, Pablo confía a sus comunidades un precioso bien testamentario mediante dos verbos técnico-teológico (“recibir-trasmitir”) pueden ler 1 Corintios 15,3). Nos preguntamos qué puede enseñarnos estas dos palabras sobre todo a nuestro modo de ser una comunidad eucarística.
En primer lugar, aparece aquí “la autoconciencia apostólica de Pablo”, un rasgo autográfico, aunque en el sentido más elevado del término. En efecto, el apóstol no quiere decir darse a conocer por sus características personales, sino por su misión, una misión a la cual no puede sustraerse. En segundo lugar se percibe la “centralidad de la eucaristía” en el tesoro de las verdades que los apóstoles están obligados a trasmitir, (por ejemplo, como en 1 Corinto 15,3, la verdad histórico-salvífica del acontecimiento de la resurrección de Jesús.) Es como decir que la comunidad cristiana –y dentro de ella todo verdadero discípulo de Jesús- no puede vivir y mucho menos atestiguar su propia fe sino no tiene en el centro de la vida eucarística, considerada precisamente como memoria actualizadora del misterio pascual y, por ello, capaz de producir también en nosotros la gracia que el misterio que significa. En tercer lugar, se percibe de manera concreta la verdad del dicho: “la eucaristía hace la Iglesia”. Sería demasiado poco considerar y afirmar que la Iglesia “hace”, es decir, celebra la eucaristía: seria reductor y unilateral. Es preciso que nos remontemos más arriba, al acontecimiento de la pascua de Jesús, del que la eucaristía es “memoria” fiel y actualizadora.
Por eso Pablo nos recuerda hoy: “Esto es mi cuerpo, entregado por vosotros.” (1 Corintios 11,24)
ORACION
Oh Señor, la gracia es sólo iniciativa tuya: no es un proyecto humano, y mucho menos puede ser merecía, gracias, Señor,
Gracias, Señor, tu gracia me precede siempre, anticipando los tiempos y los plazaos y superando todas mis expectativas. Que aprenda yo, Señor, a gozar contigo y con mi prójimo por tus dones, por todo signo de tu bondad paterna. Que yo te reconozca, Señor, mientras caminas conmigo.
Oh Señor, un corazón libre de p0retenciones, de prejuicios, de rencores y orgullo está dispuesto a recibirte, Señor, y de apreciar tus sorpresas: sólo así podré experimentar tu amor.. Gracias, Señor, por la discreción, por la oportunidad y por la abundancia con que me entregas tu Palabra.

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