Salmo 16,1.2-3.6-7
Emane de ti la sentencia, miren tus ojos la rectitud. Aunque sondees mi corazón, visitándolo de noche, aunque me pruebes al fuego, no encontrarás malicia en mí. Yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío; inclina el oído y escucha mis palabras. Muestra las maravillas de tu misericordia, tú que salvas de los adversarios a quien se refugia a tu derecha.
Lectura del santo evangelio según san Lucas (9,46-50):
Job 1, 6-22: El me lo dio, y El me lo quitó, bendito sea el nombre del Señor Salmo 16: Inclina el oído y escucha mis palabrasLucas 9, 46-50: El más pequeño es el más importante
HOMILIA
De la lectura de hoy podemos sacar dos Actitudes que nos enseña Jesús. En primer lugar, la primera la manera como nos presenta a un niño como pedagogía de dignidad y honor. Las los discípulos esto era inconcebible, porque el niño era un ser sin importancia, símbolo de la impotencia, de debilidad, sin importancia, sin poder, sin autoridad. ¿Cómo nos pide Jesús que seamos niños bajo estas condiciones?
El mensaje que está en el fondo es el de renunciar al poder y adoptar la humildad y el servicio a los demás. No es lo que nos pide, volver a ser niños, sino volverse como niños, ser fieles a la posibilidad de ser parte del Reino. “Quien quiera ser el primero que se haga el servidor de todos.”
La segunda actitud es la capacidad de Jesús para aceptar y acoger a otros que no forman parte del grupo pero sin embargo, están expulsando demonios, es decir, trabajando a favor del Reino. La invitación es a que estemos abiertos a otras concepciones de índole religiosa que también están luchando por un mundo mejor por causa del Reino aunque no se hagan llamar católicos (en el caso de los protestantes) o cristianos (en el caso de otras religiones.)
Hoy nos encontramos con el libro de Job que nos va a enseñar mucho en estas dos direcciones, porque el justo está preocupado por el problema del sufrimiento sino por el comportamiento del justo en la prueba de la fe. Sólo el sufrimiento en el momento de la prueba revela lo que hay en el corazón del hombre y la gratuidad de la fe. Dicho con otras palabras, el libro de Job nos enseña que la prueba existe, “y que existe para todos”, incluso para los mejores. No había motivo alguno para que Job fuera tentado, pues que “es un hombre recto e integro, que teme a Dios y se guarda del mal” (1,1) Con todo, la prueba viene a llamar a su puerta. Pero, “a pesar de todo lu sucedido no pecó ni maldijo a Dios.” (22)
Pero vemos “que la primera parte” de la historia sucede en el cielo (6-12) La impresión que nos da la reunión de los ángeles y como la de los reyes en la tierra, en la cima de las montañas. Los personajes fundamentales son tres: Job que vivía en Hus, fuera de la frontera de Israel; era un hombre justo y rico, y por ello, estaba bendecido por Dios (1,1-3), Satán, el acusador, que aparece junto a la corte de Dios; está encargado de provocar una luz mala sobre las acciones de los hombre. Por éltimo, Dios mismo, que sigue las acciones de los hombres.
El diablo tiene lugar entre Satán y Dios: “?Crees que Job teme a Dios desinteresadamente a Dios?” (9), dice Satán y le propone a Dios La prueba; “extiende tu mano y quítale lo que tiene. Verás cómo te maldice y en tu propia carga” (11). Se dara cuenta si Job es capaz de amar verdaderamente de una manera gratuita. Dios acede ante la petición de Satán, pero su confianza respecto a Job no disminuye un ápice.
“La segunda parte” (13-22) describe las calamidades que se abaten sobre Job, provocadas por la espada, por el fuego y el viento.
Ante una serie de anuncios, Job pierde sus bienes, sus siervos e hijos. Pero sin embargo para el despecho de Satán, Job continúa bendiciendo a Dios y sale vencedor de la prueba. “Desnudo salí del vientre de mi madre, desnudo volveré allí. El Se{or me lo dio, el Señor me lo quito. ¡Bendito sea el nombre del Señor” (21) Satán ha perdido la prueba.
El evangelio nos presenta hoy una verdadera fraternidad que nos rae a la mente la sencillez con que San Frasco vivía el evangelio. La primera de esas actitudes, se opone a la absurda ambición, es la humildad (ver 46-48). La otra es la tolerancia (49ss). Los apóstoles se muestran sensibles a este problema, Jesús, en efecto, habla a menudo de él en el evangelio9. En conjunto, ambas actitudes subrayan la necesidad de superar tanto la autosuficiencia de los grandes, que aspiran a los títulos y a los grados dignidad, como el orgullo de pertenecer a un grupo.
La primera actitud se ocupa de la vida interna de la comunidad. Parece natural que, que siguiendo la mentalidad humana, ocupen los primeros puestas de la comunidad. Parece natural que, siguiendo la mentalidad mundana, ocupen los primeros puestos de la comunidad aquellos que se distinguen por sus dones o por su sentido de la responsabilidad a la hora de administrar los servicios comunitarios. Por otra parte, es natural en el hombre de deseo de sobresalir. Esa es la razón de que los apóstoles se dejen arrastrar a discusiones interesadas (ver 22,24-27). Discuten espontáneamente sobre los puertos que ocupan y sobre quién de ellos es el más importante.. Pero el Señor Jesús no piensa como ellos. Coge a un niño y lo pone junto a sí, en el centro, en el puesto de mayor dignidad. Su respuesta es bien precisa “El más importante entre vosotros es el más importante.” (48b). Sólo el que es pequeño es “importante”, porque es pobre, a saber: es pequeño de cuerpo, tiene necesidad de los otros, no tiene libertad de acción, es inútil. El niño es el símbolo del discípulo último y pobre. Pero es también la imagen de Jesús, que se abandona en actitud de adoración en los brazos del Padre. Por eso aún Jesús dice: “El que Acoge a este niño en mi nombre, a mí me acoge; y el que me Acoge a mí, acoge al que me ha enviado.” (48ª)
La segunda actitud del evangelio nos presenta otra característica de la fraternidad evangélica: “Maestro, hemos visto a uno expulsar demonios en tu nombre y se lo hemos prohibido, porque no pertenece a nuestro grupos.” (49) Jesús no es de este parecer: “No se lo prohibáis”. (50). Al contrario invita a los suyos a abrir el corazón y el espíritu, a ser tolerantes. Dios envía a los que quiere a anunciar el Evangelio. No es preciso pertenecer al grupo de Jesús, o ser importantes para hablar de él. Lo que cuenta no es la persona que habla; lo que importa es que se anuncie el Evangelio. Dios es rico: dispone de muchos modos parta hablar al hombre. Recordemos el salmo 16, 7ª: “Muéstrame, oh Dios, los prodigios de tu amor.”
ORACION
Te pedimos, Señor Jesús, que no nos desanimemos si descubrimos en nosotros únicamente incapacidad y rechazo y no veamos que nuestro corazón está fijo en el tuyo. Ayúdanos, más bien, a servirnos de esa pobreza como si fuera una gracia que tú nos das para conocernos a nosotros mismos y ascender hacia ti. Te lo pedimos, oh Señor, por intercesión de María, que sufrió, pero creyó profundamente en ti.

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