Lectura del santo evangelio según san Lucas (9,18-22):
Eclesiastés 3, 1-11: Todas las tareas bajo el sol tienen su sazón Salmo 143: Bendito el Señor, mi Roca. Lucas 9, 18-22: Tú eres el Mesías de Dios.
Lucas, en este pasaje, nos presenta a Jesús como el Mesías de Dios. Ayer veíamos al rey Herodes preocupado por las maravillas que hacía Jesús, y se preguntaba: ¿Quién era este hombre? Hoy, el evangelista coloca la pregunta en boca de Jesús: ¿Quién dice la multitud que soy yo?. Las respuestas son totalmente iguales a las que le dieron a Herodes en la perícopa anterior: Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha surgido un profeta de los antiguos (v. 19). Pero Jesús, quería una respuestas más personal, y que viniera de los suyos: Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo? Pedro se lanza a la respuesta y contesta en nombre de todos: Tú eres el Mesías de Dios (v. 20). A la respuesta que da Pedro le sigue una orden rotunda: no se lo digan a nadie (V. 21). Obviamente Jesús no quería tener problemas con las autoridades, pero era inminente la cercanía de su muerte. El seguimiento de Jesús trae sus implicaciones, y muy fuertes: dar la vida, que sería lo mismo que morir por una causa justa. Y nosotros, ¿qué decimos quien es Jesús? ¿Significa algo afirmar que Jesús es el Mesías, nuestro liberador?
El autor del libro de Eclesiastés está impresionado por el misterio del tiempo. Cada cosa tiene su duración y todo tiene su momento; todo sucede en el tiempo fijado, para cada cosa hay un momento oportuno. ¿Pero como conocer estos tiempos oportunos y cómo garantizárnoslos? Parece serque el hombre no puede intervenir en el engranaje del tiempo. El tiempo tiene sus ritmos. En el fondo, la vida es sencilla, está hecho de unas cuantas actitudes básicas que continuamente se repite: nacer y morir, amar y odiar, sufrir y gozar, unirse y separarse, callar y hablar, salvar y destruir, y otras así. El hombre con todos sus afanes y sus deseos, está encerrado dentro de estos elementos, combinados de diferentes modos. La vida humana está como dentro de un círculo que el hombre no consigue romper.
Ciertamente habrá un sentido (”todo lo hizo hermoso a su tiempo”) pero el hombre no lo comprende. Dios ha puesto en el hombre la exigencia del conjunto y la necesidad de interrogarse sobre la existencia más allá de dada momento particular. Sin embargo, es una necesidad que queda insatisfecha. El hombre –el penas sale de cada momento- advierte la contradicción. El presente no siempre corresponde al pasado. En efecto, a un pasado de justicia puede sucederle un presente de fracaso, y viceversa. El hombre anticipa el futuro, lo sueña y desearía alcanzarlo, pero le huye. Saliendo de él de vez en cuando y conectando el presente con el pasado, el hombre descubre que las cuentas no salen. ¿La conclusión? No nos queda más que fiarnos de Dios, según el Qohelet(, aunque es una medida de prudente sabiduría no perder el presente, el único tiempo que posee el hombre.
Lucas en el evangelio vuelve al tema de ayer. La pregunta es la misma. Sin embargo, ahora es el mismo Jesús quien la dirige a sus discípulos. “Quién es Jesús? La respuesta de la gente es múltiple: en ella se manifiesta la conciencia de un cierto “misterio”, pero no van más allá de los esquemas religiosos comunes. Tampoco la respuesta de los discípulos es completa: por lo menos pueden ser entendidas mal, y por eso Jesús “les prohibió terminantemente que se lo dijeran a nadie.” (21) No basta, en efecto, con reconocer que Jesús es el Mesías. ¿Qué Mesías? Es la cruz la que suprime todos los malos entendidos. Estamos aquí en el centro de la fe: creer en un Mesías que será crucificado. El “es necesario” del texto es un significativo: la cruz no es un incidente: es algo querido, forma parte del plan de Dios. Esta es la novedad inesperada, escandalosa para muchos. La presencia de Dios se presenta en el camino de la cruz, es decir, en la entrega de sí mismo, en el rechazo de toda imposición, en el amor que acepta ser contradicho y aparentemente derrotado. A buen seguro, si el don de sí mismo siguiera siendo inútil y quedara derrotado, no podría ser en modo alguno el signo de Dios; lo es, no obstante, por el camino de la cruz conduce a la resurrección. Es precisamente en la entrega de sí mismo, que no se echa atrás ni siquiera frente a la muerte, donde está encerrada la victoria de Dios. Por eso la liturgia nos ha enseñado a decir: “Te bendigo, Señor, por el tiempo de su gracia.”
ORACION
Así las cosas, ¿vale la pena vivir, Señor, si, después todo se resuelve en una pompa de jabón? Es ésta una pregunta que aflora algunas veces también en nosotros los creyentes, probablemente tentados a precipitarnos sobre las buenas ocasiones, a fin de arrancar a esta breve vida lo poco que puede dar. Pero tú me indicas una roca segura a la que puedo aferrarme, la roca del “Cristo de Dios”, continuamente proclamado por Pedro en medio de las oleadas del tiempo, de las modas, de los pensamientos, de la variedad de las vicisitudes humanas. La suerte y la fortuna de la vida pueden cambiar, pero tu Hijo sigue siendo “el Cristo de Dios” y mirándole puedo estar seguro de que vale la pena vivir. El es su espejo, imagen del Dios invisible, punto de la eternidad plantado en el tiempo. El me habla siempre de tu amor, la medina que cura las heridas y los insultos del tiempo.
Imprime en mi corazón la misma profesión de fe de Pedro, a fin de vencer mis ansias y mis miedos. Haz atento mi corazón al sonido y a la música del amor que canta continuamente, para no dejarme envolver por el inexorable fluir y por el imprevisible transcurrir de todas las cosas.

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