Me gusta dialogar, con mis amigos y con cualquiera, rasgo que heredé de mi madre, quien se hacia encontradiza con todo el que pasara por su camino para dialogar. Ella era de esas personas que gozaba de la conversación.
A todos los llamo “vecino”, porque eso somos en este mundo mientras caminamos por la vida al encuentro de la Vida, donde el diálogo y la convivencia serán eternos. “Conocer las Escrituras es conocer a Jesucristo”, decía San Jerónimo. Y el Concilio Vaticano II nos urge a leer asiduamente las Escrituras. La iglesia lo hace cada día, lee, medita, ora, predica y celebra las Escrituras vivas en la persona de Jesús y en la vida de sus miembros. Esto es lo que les ofrezco, las lecturas que la Iglesia usa cada día y una reflexión y cómo orar con ellas “para adquirir, como dice Pablo, el conocimiento de Jesucristo.” Los invito a caminar, como Jesús con los discípulos de Emaús, para que al final del camino “lo conozcamos al partir el pan".



viernes, 24 de septiembre de 2010

TIEMPO ORDNARIO SEPTIEMBRE 24, 2010

PALABRA DE VIDA
Lectura del libro del Eclesiastés (3,1-11):
Todo tiene su tiempo y sazón, todas las tareas bajo el sol: tiempo de nacer, tiempo de morir; tiempo de plantar, tiempo de arrancar; tiempo de matar, tiempo de sanar; tiempo de derruir, tiempo de construir; tiempo de llorar, tiempo de reír; tiempo de hacer duelo, tiempo de bailar; tiempo de arrojar piedras, tiempo de recoger piedras; tiempo de abrazar, tiempo de desprenderse; tiempo de buscar, tiempo de perder; tiempo de guardar, tiempo de desechar; tiempo de rasgar, tiempo de coser; tiempo de callar, tiempo de hablar; tiempo de amar, tiempo de odiar; tiempo de guerra, tiempo de paz. ¿Qué saca el obrero de sus fatigas? Observé todas las tareas que Dios encomendó a los hombres para afligirlos: todo lo hizo hermoso en su sazón y dio al hombre el mundo para que pensara; pero el hombre no abarca las obras que hizo Dios desde el principio hasta el fin.
Salmo 143,1a.2abc.3-4
Bendito el Señor, mi RocaBendito el Señor, mi Roca, mi bienhechor, mi alcázar, baluarte donde me pongo a salvo, mi escudo y mi refugio. Señor, ¿qué es el hombre para que te fijes en él?;¿qué los hijos de Adán para que pienses en ellos? El hombre es igual que un soplo; sus días, una sombra que pasa.

Lectura del santo evangelio según san Lucas (9,18-22):
Una vez que Jesús estaba orando solo, en presencia de sus discípulos, les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?» Ellos contestaron: «Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha vuelto a la vida uno de los antiguos profetas.» Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Pedro tomó la palabra y dijo: «El Mesías de Dios.» Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y añadió: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día.»
HOMILIA

Eclesiastés 3, 1-11: Todas las tareas bajo el sol tienen su sazón Salmo 143: Bendito el Señor, mi Roca. Lucas 9, 18-22: Tú eres el Mesías de Dios.

Lucas, en este pasaje, nos presenta a Jesús como el Mesías de Dios. Ayer veíamos al rey Herodes preocupado por las maravillas que hacía Jesús, y se preguntaba: ¿Quién era este hombre? Hoy, el evangelista coloca la pregunta en boca de Jesús: ¿Quién dice la multitud que soy yo?. Las respuestas son totalmente iguales a las que le dieron a Herodes en la perícopa anterior: Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha surgido un profeta de los antiguos (v. 19). Pero Jesús, quería una respuestas más personal, y que viniera de los suyos: Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo? Pedro se lanza a la respuesta y contesta en nombre de todos: Tú eres el Mesías de Dios (v. 20). A la respuesta que da Pedro le sigue una orden rotunda: no se lo digan a nadie (V. 21). Obviamente Jesús no quería tener problemas con las autoridades, pero era inminente la cercanía de su muerte. El seguimiento de Jesús trae sus implicaciones, y muy fuertes: dar la vida, que sería lo mismo que morir por una causa justa. Y nosotros, ¿qué decimos quien es Jesús? ¿Significa algo afirmar que Jesús es el Mesías, nuestro liberador?

El autor del libro de Eclesiastés está impresionado por el misterio del tiempo. Cada cosa tiene su duración y todo tiene su momento; todo sucede en el tiempo fijado, para cada cosa hay un momento oportuno. ¿Pero como conocer estos tiempos oportunos y cómo garantizárnoslos? Parece serque el hombre no puede intervenir en el engranaje del tiempo. El tiempo tiene sus ritmos. En el fondo, la vida es sencilla, está hecho de unas cuantas actitudes básicas que continuamente se repite: nacer y morir, amar y odiar, sufrir y gozar, unirse y separarse, callar y hablar, salvar y destruir, y otras así. El hombre con todos sus afanes y sus deseos, está encerrado dentro de estos elementos, combinados de diferentes modos. La vida humana está como dentro de un círculo que el hombre no consigue romper.

Ciertamente habrá un sentido (”todo lo hizo hermoso a su tiempo”) pero el hombre no lo comprende. Dios ha puesto en el hombre la exigencia del conjunto y la necesidad de interrogarse sobre la existencia más allá de dada momento particular. Sin embargo, es una necesidad que queda insatisfecha. El hombre –el penas sale de cada momento- advierte la contradicción. El presente no siempre corresponde al pasado. En efecto, a un pasado de justicia puede sucederle un presente de fracaso, y viceversa. El hombre anticipa el futuro, lo sueña y desearía alcanzarlo, pero le huye. Saliendo de él de vez en cuando y conectando el presente con el pasado, el hombre descubre que las cuentas no salen. ¿La conclusión? No nos queda más que fiarnos de Dios, según el Qohelet(, aunque es una medida de prudente sabiduría no perder el presente, el único tiempo que posee el hombre.
Lucas en el evangelio vuelve al tema de ayer. La pregunta es la misma. Sin embargo, ahora es el mismo Jesús quien la dirige a sus discípulos. “Quién es Jesús? La respuesta de la gente es múltiple: en ella se manifiesta la conciencia de un cierto “misterio”, pero no van más allá de los esquemas religiosos comunes. Tampoco la respuesta de los discípulos es completa: por lo menos pueden ser entendidas mal, y por eso Jesús “les prohibió terminantemente que se lo dijeran a nadie.” (21) No basta, en efecto, con reconocer que Jesús es el Mesías. ¿Qué Mesías? Es la cruz la que suprime todos los malos entendidos. Estamos aquí en el centro de la fe: creer en un Mesías que será crucificado. El “es necesario” del texto es un significativo: la cruz no es un incidente: es algo querido, forma parte del plan de Dios. Esta es la novedad inesperada, escandalosa para muchos. La presencia de Dios se presenta en el camino de la cruz, es decir, en la entrega de sí mismo, en el rechazo de toda imposición, en el amor que acepta ser contradicho y aparentemente derrotado. A buen seguro, si el don de sí mismo siguiera siendo inútil y quedara derrotado, no podría ser en modo alguno el signo de Dios; lo es, no obstante, por el camino de la cruz conduce a la resurrección. Es precisamente en la entrega de sí mismo, que no se echa atrás ni siquiera frente a la muerte, donde está encerrada la victoria de Dios. Por eso la liturgia nos ha enseñado a decir: “Te bendigo, Señor, por el tiempo de su gracia.”

ORACION

Así las cosas, ¿vale la pena vivir, Señor, si, después todo se resuelve en una pompa de jabón? Es ésta una pregunta que aflora algunas veces también en nosotros los creyentes, probablemente tentados a precipitarnos sobre las buenas ocasiones, a fin de arrancar a esta breve vida lo poco que puede dar. Pero tú me indicas una roca segura a la que puedo aferrarme, la roca del “Cristo de Dios”, continuamente proclamado por Pedro en medio de las oleadas del tiempo, de las modas, de los pensamientos, de la variedad de las vicisitudes humanas. La suerte y la fortuna de la vida pueden cambiar, pero tu Hijo sigue siendo “el Cristo de Dios” y mirándole puedo estar seguro de que vale la pena vivir. El es su espejo, imagen del Dios invisible, punto de la eternidad plantado en el tiempo. El me habla siempre de tu amor, la medina que cura las heridas y los insultos del tiempo.
Imprime en mi corazón la misma profesión de fe de Pedro, a fin de vencer mis ansias y mis miedos. Haz atento mi corazón al sonido y a la música del amor que canta continuamente, para no dejarme envolver por el inexorable fluir y por el imprevisible transcurrir de todas las cosas.

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