PALABRA DE VIDA
Salmo 112,1-2.3-4.5-7
¿Quién como el Señor, Dios nuestro, que se eleva en su trono y se abaja para mirar al cielo y a la tierra? Levanta del polvo al desvalido, alza de la basura al pobre.
Lectura del santo evangelio según san Lucas (11,29-32):
HOMILIA
Gálatas 4, 22-24. 26-27. 31-5, 1: No somos hijos de la esclava, sino de la mujer libre Salmo 112: Bendito sea el nombre del Señor por siempre. Lucas 11, 29-32: Aquí hay alguien mayor que Jonás.
El evangelio de hoy se pone en conexión con el profeta Jonás que habla de escuchar la palabra de Dios que ahora es presentada y puesta en práctica por Jesús. Escuchar la Palabra no es escucharla como algo mágico como esperan los oyentes de Jesús. En esto está fundada la Palabra de Jesús en la autoridad de Dios, como hizo el profeta Jonás. Hay un paralelismo entre ambas lecturas, pues ambos fueron enviados para anunciar el juicio de Dios. Por supuesto que en el evangelio l autoridad de Jesús es superior a la de Jonás, implica el arrepentimiento y la conversión. La autoridad de Jesús es superior a Jonás y a Salomón.
La novedad de Jesús en que viene a consumar el proyecto de Dios que extender la liberación a la humanidad, Jesús es el modelo por excelencia par que hombres y mujeres formen una fe madura. La vida y la misión de Jesús tiene que ser experimentada hoy por todos que son capaces de descubrir la presencia del reino de Dios en sus vidas.
Y es lo Pablo explica a los gálatas. Usa la historia de dos mujeres, Agar engendra a su hijo en la esclavitud, mientras que Sara la mujer libre, engendra a Isaac, el hijo de la promesa: nosotros convertidos en hijos de dios, en Cristo, hemos sigo liberados porque en él ha llegado la promesa a su cumplimiento. La alegoría sin insistir en su contraposición litigiosa tal como se describe en Génesis 16 y luego en Génesis 21, dibuja bajo el fondo de dos mujeres dos mont5añas, ambas también simbólicas. Detrás de la esclava se levanta el Sinaí, el monte en el que, entre truenos y relámpagos, recibe Moisé3s la tala de los diez mandamientos. Es la ley sobre la que se funda la antigua alianza entre dios y su pueblo. Dios ha prometido su fidelidad de amor nupcial. Su pueblo ha prometido obedecer la Ley, pero inmediatamente ha iniciado una historia de componendas y transgresiones. Detrás de Sara resplandece el monte Sión, la ciudad de Jerusalén que baja del cielo “ataviada como una novia que se adorna para su esposo” (Apocalipsis 21,2) para volver a llevar a Dios a los hijos de la nueva alianza. Exulte de alegría y alégrese la “Jerusalén de arriba” (Gálatas 4,26): muchos de sus hijos son regenerados para la vida nueva en Cristo.
Es lo que explica Lucas en el evangelio de hoy, que pone en labios de Jesús, que va de camino al misterio pascual que se consumará en Jerusalén, y nos ofrece una serie de enseñanzas, exhortaciones, respuestas y reproches. Ahora le toca el turno a un pueblo de “dura cerviz” que tiene dificultades para acoger la Palabra de dios. ¿Qué señal ofrece este mesías a los creemos? Se trata de una muchedumbre no muy diferente de Nínive, que no sabpía distinguir entre el bien y el mal (lee Jonás 4,11); no muy diferente de los paganos, recién llegados a la fe a los que se dirige Lucas; tal vez no muy diferente a nosoros, que siempre andamos a la búsqueda de algo extraordinario y, al mismo tiempo inmediato.
El tono de Jesús es duro. Habla de juicio y condena. Pero detrás de la referencia a Jonás, a quien toma como símbolo, de su muerte y resurrección, está todo el peso de la misericordia salvífica de Dios. Esta le había sido ofrecida a los ninivitas a cambio de una humilde conversión, a la reina del sur por su generosa búsqueda de la sabiduría. La palabra de salvación pide tanto a los judíos como a los griegos un espíritu abierto: “Más bien dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica” (Lucas 11,28). Este anuncia de bienaventuranza contrasta todavía más con el juicio y la condena, que están reservados a quienes han recibido el tesoro de la Palabra revelada y, esclavos de una falsa fidelidad a la Ley que no saben reconocer las señales de la presencia del Salvador, y a quien no son capaces de aceptar el duro lenguaje de la cruz, ni se atreven a esperar en la resurrección.
ORACION
“Dichosa tú, que has creído”, María, primer hija de Abrahán, no por descendencia de sangre, sino por autenticidad de tu fe. Tú engendraste al verdadero Hijo de la promesa, al Hijo de Dios que hace libres a los que le siguen y creen en él.
Te pido, María, que apoyes mi débil fe y, sobre todo que me ayudes a purificarla de tantas manchas que la mantienen esclava. Enséñame a escuchar con sencillez la Palabra del Señor. Enséname a acoger con asombro y entusiasmo la libertad que se me ofrece cuando me adhiero con amor a sus propuestas concretas, sin vanas discusiones ni resistencias. María, repite hoy por mí y conmigo tu maravilloso “sí”.

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