El cielo proclama tus maravillas, Señor, y tu fidelidad, en la asamblea de los ángeles. ¿Quién sobre las nubes se compara a Dios? ¿Quién como el Señor entre los seres divinos?
Dios es temible en el consejo de los ángeles, es grande y terrible para toda su corte. Señor de los ejércitos, ¿quién como tú? El poder y la fidelidad te rodean.
Dichoso el pueblo que sabe aclamarte: caminará, oh Señor, a la luz de tu rostro; tu nombre es su gozo cada día, tu justicia es su orgullo.
Porque tú eres su honor y su fuerza, y con tu favor realzas nuestro poder. Porque el Señor es nuestro escudo, y el Santo de Israel nuestro rey.
Lectura del santo evangelio según san Mateo (11,25-30):
HOMILIA
Hoy celebramos la historia de Santa Teresa de Jesús, nacida en Avila el 28 de marzo de 1515. Tras una infancia precozmente religiosa y una difícil juventud atraída por la lectura del evangelio y por la oración entró en la comunidad del Carmelo de la Encarnación en 1535. Después de una larga tibieza, comenzó su “conversión”, acae-cída en 1554, llevó una vida mística en contacto con Cristo, que la impulsa al servicio de la Iglesia de su tiempo, enfrentada por la Reforma protestante. A fin de contribuir a la renovación de la Iglesia con la oración y la vida de perfección, fundó en Avila en 1562, el monasterio San José, primera casa de la reforma teresiana. En 1567 encuen-tra a San Juan de la Cruz que se convertirá en su colaborador y director espiritual. Fundó diversos monasterios en Castilla y Andalucía. Declarando en su lecho de muerte que era “hija de la Iglesia” muere el 4 de octubre de 1582 en Alba de Tormes. Es canonizada el año 1623 y declarada por el Papa Pablo VI la primera mujer doctora de la Iglesia el 27 de septiembre de 1970.
En la primera lectura continuamos con la Carta a los Efesios, que comenzamos ayer y comienza con un magnífico himno al plan de salvación llevado por Dios mediante la sangre de Jesucristo (ver Efesios 1,1-10). EL escritor comienza aquí una idea clave: es la predestinación “”destinados de antemano”), que ha ocasionado controversia en la historia de la Iglesia. Tal vez en menos ambiguo el termino si lo explicamos a partir del concepto “herencia”. Estamos predestinados a la salvación en el sentido de que Dios nos ha redimidos en Cristo, sin mérito alguno de neustra parte haciéndonos así herederos de su misma vida. En consecuencia todos estamos salvador; ahora bien, puesto que somos libres, podemos rechazar esta herencia y sustraernos con ello a la salvación que se nos ha dado gratuitamente. Predestindos no significa, por tanto, necesariamente salvados. “Dios, que nos ha creado sin nosotros, no puede salvarnos sin nosotros.” (San Agustín)
Sin embargo, la eficacia de la voluntad salvífica de Dios se manifiesta de todos mosos con claridad cada vez que la fe está dispuesta a acogerla. Así tanto judíos “nosotros, los que tenemos nuestra esperanza en Cristo” (12) como paganos “vosotros también” (13ª), por haber escuchado “la Palabra de la verdad” (13ª) y haber creído en el Evangelio9, se han convertido en herederos, recibiendo, sin distinción, a través del bautismo, el anticipo de los bienes futuros: el Espíritu Santo, que hace posible ya en esta tierra la vida que viviremos en plenitud sólo después de la muerte. El himno concluye después con otro término-clave: la “gloria” de Dios, que tiene un significado bien preciso en la Biblia. Se trata de la manifestación de su presencia y de lo que él es. Los cristianos estamos llamados a ser “un himno de alabanza a su gloria” (14c), o sea, a delar aparecer, a través de la santidad de su vida, la belleza de Dios: “Mi Padre recibe gloria cuando producís fruto en abundancia:” (Juan 15,8ª)
En el Evangelio Jesús usa pequeñas parábolas. Los que leíamos al final del capítulo 11 representan la ocasión para invitar a los discípulos a guardarse de la hipocresía farisea.
La intención no es sólo de naturaleza moral. Lucas dirige el evangelio a comunidades que están viendo terminar el tiempo apostólico sin que se haya sucedido la “parusía” (la venida final de Jesús para instaurar el Reino de Dios) y que se ven amenazadas por las persecuciones y por la difusión de falsas doctrinas. En consecuencia se plantea el problema de la perseverancia y de la fidelidad. Lucas hae frente a este problema pidiendo a los cristianos una actitud auténtica y de claridad (2ss) y ofreciéndoles una pala de consuelo que se convierte en invitación a la confianza en Dios (4-7).
Invita a los cristianos a que no vivan como los fariseos, cuyas palabras no corresponden a lo que tienen en el corazón y en la mente. Los cristianos deben más bien, profesar abiertamente y sin temor su fe, cueste lo que cueste, porque, de todos mosdos “nada hay oculto que no se haya de descubrir, ni secreto que no haya de saberse y ponerse al descubierto” (8,17) Cuando vuelva el Hijo del Hombre, quedaran desenmascaradas las astucias y las mentiras y se revelarán vanas: serán casa de condena, antes que de salvación. El riesgo real, el que corren los cristianos tentados de esconderse o incluso renegar del Señor Jesucristo por miedo a las persecuciones, no es de perder la vida verdadera, que es eterna y depende del juicio de Dios. Como ya había recordado Lucas a los discípulos, al presentar la condiciones para seguir a Jesús “lo quiera salvar a su vida la perderá, pero el que pierda au vida por mí” (9,24). Por otra parte, ¿cómo no abandonarse con amor hasta de sus criaturas más insignificantes (6ss)? Por eso nos recuerda Lucas: “No temas, pequeño rebaño; vuestro Padre ya sabe que tenéis necesidad”. (Lucas 12, 30.32)
ORACION
Señor, tú me envuelves con tu amor. Todo mi ser está encerrado por tu amor: el comienzo de mi existir, el curso de mi vida sobre la tierra, mi destino eterno. Gracias, Dios mío, por haberme soñado Gracias por haberme vuelto a colmar de dones, por haberme dispuesto a colmar de dones, por haber dispuesto previamente con cuidado con todo aquello de lo que tengo necesidad. Gracias por amarme. Gracias porque me has creado persona y me respetas, incluso cuando uso mi libertad. Gracias, sobre todo, porque no que me quieres como un objeto pasivo de tu generosidad, sino me pides que sea un “tú” que responde un “sí” libre de amor. Atráeme, para que yo pueda ser tu alegría.
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