Desead la paz a Jerusalén: «Vivan seguros los que te aman, haya paz dentro de tus muros, seguridad en tus palacios.»
Por mis hermanos y compañeros, voy a decir: «La paz contigo.» Por la casa del Señor, nuestro Dios, te deseo todo bien.
Lectura del santo evangelio según san Mateo (8,5-11):
Is 2,1-5: El Señor reúne a las naciones en la paz del reino de Dios Salmo responsorial: 121: Vamos alegres a la casa del Señor.Mt 8,5-11: Vendrán de oriente y occidente y se sentarán en el reino.
El reino de Dios es para toda la humanidad y no sólo para un pequeño grupo de personas; de igual forma, el mensaje de Jesús es universal, no es exclusivo, es una propuesta para el mundo entero. Y es esto lo que expresa el texto que leemos hoy. El centurión, quien forma parte del aparato opresor de la época y religiosamente es pagano, cree en la acción salvífica de Jesús, cree que es el Señor y que por lo mismo es superior a las fuerzas del mal y puede sanar y otorgar vida. Por esta expresión de fe, el centurión se convierte en modelo de creyente, pues se pone en manos de Jesús y tiene fe en sus palabras, superando los prejuicios religiosos y dando cabida a la misericordia universal de Dios. La fe del centurión sorprende a Jesús y lo lleva a afirmar que no ha encontrado en Israel una fe semejante a esta (v. 10), lo cual quiere decir que muchos israelitas se han cerrado a la Buena Noticia proclamada por Jesús, mientras los paganos han encontrado en él su propia esperanza, su propia salvación. Es un llamado a abrir nuestro horizonte misionero, a abrir nuestra mente a la constante novedad del Evangelio.
Por nos encontramos en el segundo día de Adviento. Nos encontramos en el misterio de la espera y la venida de Dios. Desde que Jesús con su Pascua, llevó a cabo nuestra redención, siempre celebramos “esperando su venida” por so aclamamos “Anunciamos tu muerte proclamamos tu resurrección, ven, Señor Jesús. En el adviento celebramos el acto de la venida personal y toda la historia humana. La espera que celebramos es “única” y sus momentos están vinculados entre sí: el adviento cotidiano a la Iglesia y al hombre, éste, a su vez, tiende hacia la vuelta de Cristo la parusía y el fin último de su espera.
El profeta Isaías nos ofrece una mirada de creyente sobre el curso de la historia humana, para él n o camina hacia una catástrofe sino hacia el don divino de la paz universal. La visión profética distingue en la historia humana un movimiento ascendente en correspondencia al movimiento descendente de Dios quien hace “salir” su Palabra para atraer hacia sí a los hombres (3). Y esto tiene un signo positivo; todos los pueblos vendrán a la unidad. La ruina sucedió en Babel, donde fueron confundidas las lenguas y la dispersión entró la vida humana. Isaías ve, en cambio, el prodigio de un movimiento opuesto: los hombres convergen hacia un centro, vuelven a unirse, se supera y olvidal la lejanía de Dios, Jerusalén será ciudad de Dios para siempre.
Para lograrlo, el Señor establece una “escuela” alternativa, la “escuela de la Palabra”, que, con la fuerza de su promesa, suscita un mundo de paz y proyecta en dirección positiva las energías del hombre, inclinadas al mal y a la muerte: “De las espadas forjaran arados” (4).
Ciertamente las obras humanas siempre serán parciales y frágiles, pero deben ayudar a comprender que la vida, con su proceder, -a veces doloroso y con sufrimiento- es una santa peregrinación iluminada con la luz que mana “del monte del templo del Señor” (2). Se trata de una luz que no sólo iluminará con todo su esplendor al final de los tiempos, sino que ya desde ahora orienta el camino del pueblo de Israel: “Estirpe de Jacob venida caminemos a la luz del Señor.” (5).
En el evangelio, la promesa divina, viene en auxilio de un pueblo que ha experimentado el pecado y sus trágicas consecuencias (4). Espera a un hombre nuevo, indicado por el término simbológico de “vástago”, que el Señor envía para sacar al país de la crisis: él es en verdad “honor, orgullo, adorno” para el país. Los caldeos pensaban también que Babilonia gozaba de esta condición de “joya y orgullo” (Isaías 13,19), y los israelitas decían lo mismo de Samaría (ver Isaías 28,1-6). Una y otro eran para sus habitantes corona de esp0lendor, diadema gloriosa. Pero el Señor juzgará a ambas. Sin embargo, Jerusalén podrá contar con la presencia del “vástago”, signo concreto de la fidelidad divina con la ciudad santa.
Elo profeta propone continuación, como en Isaías 1,9, el tema del “resto” (3). Si para los asirios “el resto” representaba despectivamente a los pueblos sometidos a su dominio, para el profeta “el resto” es el remanente de Israeñ. Constituir parte del “resto” no es cosa humillante, porque con él el Señor puede llevar a cabo nuevos prodigios y nuevas obras de salvación, prescindiendo de que sean pocos los destinatarios. Estos, formando parte de loos rescatados y salvados de la muerte, muestran que la iniciativa proviene del amor fiel de Dios, que encuentra en ellos una respuesta fiel a la lección.
Los versículos 3-6 describen la condición de ls que “quedan” en Sión. Se llamarán sanos, porque la relación entre Dios y este “resto” prevé una purificación. Por eso la nueva Sión, santificada por el Espíritu del Señor, verá renovarse los prodigios del éxodo y toda la asamblea litúrgica, antes contaminada con el culto vacío y formalista, será visitada por el Señor del éxodo (5).
Por eso, hay que prestar atención a las palabras de Mateo 8,8: “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, pero dí una sola palabra y mi criado será sano.”
ORACION
“!Ven, Señor! Iluminas nuestros pasos con tu luz y fortalece nuestros corazones, para que tengamos la osadía forjar podaderas de las lanzas y arados de las espadas. Sólo con tu amor podremos emplear para el bien las energías que tenemos en vez de la fuerza terribles de la laceración y disgregación. “!Ven, Señor, no tardes.!

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