Salmo 97,5-6.7-9a.9bcEl Señor llega para regir los pueblos con rectitudTañed la cítara para el Señor, suenen los instrumentos: con clarines y al son de trompetas, aclamad al Rey y Señor. Retumbe el mar y cuanto contiene, la tierra y cuantos la habitan; aplaudan los ríos, aclamen los montes al Señor, que llega para regir la tierra. Regirá el orbe con justicia y los pueblos con rectitud.
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses (3,7-12):
Lectura del santo evangelio según san Lucas (21,5-19):
Malaquias 3, 19-20a: Les iluminará un sol de justicia Salmo 97: El Señor llega para regir los pueblos con rectitud. 2 Tesalonicenses 3, 7-12: El que no trabaja, que no coma Lucas 21, 5-19: Gracias a la constancia salvarán sus vidas.
Estamos ya en el final del año litúrgico, y el tema de las lecturas de este domingo es también el del «final de los tiempos», el final del mundo. De hecho, en el evangelio hay numerosos pasajes que aluden a este tema, los famosos textos «apocalípticos», pues el género «apocalíptico» era muy del gusto de los creyentes de aquellos tiempos.
Durante la historia del cristianismo, también el final del mundo ha sido un tema siempre presente. Formaba parte de la identidad cristiana, diríamos. Ser cristiano implicaba creer que nuestra vida va a acabar con un juicio de Dios sobre nosotros, y también la existencia del mundo como conjunto: Dios decidiría en algún momento -muy probablemente por sorpresa- el final del mundo, y toda humanidad sería convocada a juicio, en el Valle de Josafat por más señas, junto a la muralla oriental del templo de Jerusalén (lo que convirtió a ese valle en un cementerio muy cotizado...).
Este concepto del final del mundo estaba enmarcado (hasta ayer mismo, cuando nosotros éramos niños) dentro del contexto de una cosmovisión que imaginaba a Dios como un «Señor todopoderoso», situado fuera del mundo, encima, en un segundo piso celestial, observando y con frecuencia interviniendo en el mundo, en el que se debatía la humanidad que Él había creado allí para superar una prueba y pasar a continuación a la vida definitiva, que ya no sería aquí en la tierra, sino en otro lugar, en «un cielo nuevo y una tierra nueva», porque la vieja tierra sería destruida con el final del período de prueba de la Humanidad. A continuación ya todo sería una vida eterna en el cielo -o en el infierno tal vez para algunos-.
Ruboriza hoy, y casi parece caricatura, contar o describir aquella visión que durante siglos se identificó con la doctrina cristiana... Durante siglos la creyeron revelada por Dios mismo. Dudar de aquella visión o de sus detalles era tenido como un pecado de «falta de fe» y -peor aún- como un desacato a la revelación. Sobre el «gran relato» o visión global que el cristianismo presentaba (pecado original, juicio particular, juicio universal, cielo, purgatorio o infierno...) no era permitido dudar.
Hoy nos podemos llevar las manos a la cabeza al caer en la cuenta de qué parte tan grande de toda esta visión eran tradiciones mitológicas ancestrales, pensamiento platónico... ¡Genial Platón!, que logró crear una «imagen» del mundo que cautivaría la imaginación de la humanidad por generaciones y generaciones, durante varios milenios... hasta hoy.
La revolución científica comenzada en el siglo XVI fue destruyendo aquella cosmovisión platónico-aristotélica del cristianismo: las esferas celestiales, los siete cielos, la separación entre el mundo perfecto supra-lunar y el imperfecto o corruptible o infra-lunar, la descripción tan viva de los «novísimos» (muerte, juicio, infierno y gloria...). Pero lo que en la visión científica o el conocimiento simplemente físico de las personas iba desmoronándose, se refugiaba en la visión religiosa, como si el cielo de la fe fuera el aristotélico-platónico, aunque el cielo astronómico fuera totalmente otro.
Hoy día, con el avance que la ciencia ha realizado, la escatología (rama de la ciencia que trata del «eskhatos, lo último») no sabe dónde colocar eso último, ni como conectarlo con lo que hoy sabemos todos. Y por eso cuesta seguir hablando de «lo último» dentro de las coordenadas teológicas tradicionales: unas realidades últimas que eran pensadas como conectadas directamente con la «prueba» y el «juicio de Dios» sobre nosotros, y una «vida eterna» vista como el premio o castigo correspondiente... La vida, la muerte, y la posible continuidad o no de la vida... todo ello era planteado en las coordenadas de aquella visión mítica (Dios arriba, que decide crear una humanidad y la pone a prueba para llevar a quienes la superen a la vida eterna...).
Tan acendrada está esta convicción mítica del «Dios que crea a los humanos en una vida provisional para probar si pueden acceder a la vida eterna», que todavía hoy, muchos cristianos, no sólo siguen pensando así, sino que no ven la posibilidad de que vida, muerte y más allá de la muerte sean dimensiones existenciales humanas que deban dejar de ser «utilizadas» con la idea de premios y castigos de Dios a los humanos por su conducta. Muchos predicadores tendrían hoy dificultades para enfocar su homilía superando esa interpretación tradicional...
Pero afortunadamente, «otro cristianismo es posible». Es posible... porque ya es real: ya lo viven muchos, y algunos incluso dan razón de esta su fe, y su nueva esperanza, desligada de premios y castigos.
Malaquías, a través de un lenguaje apocalíptico, alienta al pueblo justo que sirve enteramente al Señor, indicándoles que ya llegará el día en que se hará sentir la justicia de Dios sobre los que no guardan su ley; que ellos no son los que realmente dirigen el caminar de la historia, sino que es el Dios amante de la vida quien la guía, conduciéndola por el camino de la paz y de la vida. Todos los que caminan por el camino del Señor serán iluminados por el “sol de la justicia” que irradia su luz en medio de la oscuridad, en medio del dolor y la muerte.
El salmo que leemos hoy es un himno al Rey y Señor de toda la Creación, quien dirige con justicia a todos los pueblos de la tierra, quien es amoroso y fiel con el pueblo de Israel. Dios es un Dios justo, que merece ser alabado por todos, pues ha derrotado la muerte y ha posibilitado la vida para todos; por ello toda la Creación lo alaba, celebra la presencia de ese Dios misericordioso y justo en medio del pueblo liberado. Es un salmo de agradecimiento por los beneficios que el pueblo ha recibido por tener su esperanza puesta en el Dios de la Vida.
Muchos de los creyentes de Tesalónica, específicamente las “clases superiores”, pensaron que no debían preocuparse por las cosas de la vida cotidiana, como el trabajo, y que más bien debían esperar, de brazos cruzados, la inminente venida del Señor y dedicarse a la ociosidad. Pablo llama fuertemente la atención sobre esta errada actitud, pues son personas que viven del trabajo ajeno, son explotadores de los otros (esclavos) y que, gracias a ello, acumulan riquezas sin esforzarse en absoluto. Es a ellos a quienes Pablo se dirige fuertemente: el que no quiere trabajar que no coma (v.10), ya que esta actitud no es propia de la enseñanza de los apóstoles.
Puede ser que la presencia magnífica del templo de Jerusalén alentara la fe de los judíos hasta el punto de ser más significativos la arquitectura y el poder de la religión que el mismo Dios de Israel; pudo ser que fueran más importante los sacrificios, el ritual, la construcción majestuosa que las actitudes exigidas por el mismo Dios para un verdadero culto a él: la misericordia y la justicia social. Por eso Jesús afirma que el templo será destruido, pues éste no posibilita una relación legítima con Dios y con los hermanos, sino que crea grandes divisiones sociales e injusticias que contradicen el fin de una experiencia de fe. Es importante ir descubriendo en nuestra vida que la experiencia de fe debe estar atravesada por el servicio incondicional a los demás, es así como vamos sintiendo el paso de Dios por nuestra existencia y es así como vamos construyendo el verdadero templo de Dios, el cual no se debe equiparar con edificaciones ostentosas, sino con la Iglesia-comunidad de creyentes que se inspira en la Palabra de Dios y se mantiene firme en la esperanza de Jesús resucitado.
ORACION
Mientras avanzamos por el camino de los mandatos, y mientras luchamos por mantener vivo el anhelo de tu visita, te buscamos desde ahora ¡Oh Señor, esperanza nuestra! En compasión de todo aquello que ha sido en nosotros infidelidad, temor e incertidumbre, vana ilusión o compromiso no cumplido.
Instaura Tú mismo, el inicio del reino en nuestra tierra: la paz, la reconciliación la presencia misma del amor en cada uno. Y conforta nuestro lento caminar. Tú que vienes pronto, Tú que eres la recompensa anhelada por los fieles. Y que vives y reinas glorioso por los siglos eternos,. Amén.

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