Me gusta dialogar, con mis amigos y con cualquiera, rasgo que heredé de mi madre, quien se hacia encontradiza con todo el que pasara por su camino para dialogar. Ella era de esas personas que gozaba de la conversación.
A todos los llamo “vecino”, porque eso somos en este mundo mientras caminamos por la vida al encuentro de la Vida, donde el diálogo y la convivencia serán eternos. “Conocer las Escrituras es conocer a Jesucristo”, decía San Jerónimo. Y el Concilio Vaticano II nos urge a leer asiduamente las Escrituras. La iglesia lo hace cada día, lee, medita, ora, predica y celebra las Escrituras vivas en la persona de Jesús y en la vida de sus miembros. Esto es lo que les ofrezco, las lecturas que la Iglesia usa cada día y una reflexión y cómo orar con ellas “para adquirir, como dice Pablo, el conocimiento de Jesucristo.” Los invito a caminar, como Jesús con los discípulos de Emaús, para que al final del camino “lo conozcamos al partir el pan".



viernes, 5 de noviembre de 2010

TIEMPO ORDINARIO NOVIEMBRE 6, 2010

PALABRA DE VIDA
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses (3,17–4,1):
Seguid mi ejemplo, hermanos, y fijaos en los que andan según el modelo que tenéis en nosotros. Porque, como os decía muchas veces, y ahora lo repito con lágrimas en los ojos, hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo: su paradero es la perdición; su Dios, el vientre; su gloria, sus vergüenzas. Sólo aspiran a cosas terrenas. Nosotros, por el contrario, somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo. Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso, con esa energía que posee para sometérselo todo. Así, pues, hermanos míos queridos y añorados, mi alegría y mí corona, manteneos así, en el Señor, queridos.

Salmo 121,1-2.4-5
Vamos alegres a la casa del Señor¡Qué alegría cuando me dijeron: «Vamos a la casa del Señor»! Ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén.
Allá suben las tribus, las tribus del Señor, según la costumbre de Israel, a celebrar el nombre del Señor; en ella están los tribunales de justicia, en el palacio de David.

Lectura del santo evangelio según san Lucas (16,1-8):
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Un hombre rico tenía un administrador y le llegó la denuncia de que derrochaba sus bienes. Entonces lo llamó y le dijo: "¿Qué es eso que me cuentan de ti? Entrégame el balance de tu gestión, porque quedas despedido." El administrador se puso a echar sus cálculos: "¿Qué voy a hacer ahora que mi amo me quita el empleo? Para cavar no tengo fuerzas; mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa." Fue llamando uno a uno a los deudores de su amo y dijo al primero: "¿Cuánto debes a mi amo?" Éste respondió: "Cien barriles de aceite." Él le dijo: "Aquí está tu recibo; aprisa, siéntate y escribe cincuenta." Luego dijo a otro: "Y tú, ¿cuánto debes?" Él contestó: "Cien fanegas de trigo." Le dijo: "Aquí está tu recibo, escribe ochenta." Y el amo felicitó al administrador injusto, por la astucia con que había procedido. Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz.»
HOMILIA

Filipenses 3, 17—4, 1: Transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo del suyo Salmo: 121: Vamos alegres a la casa del Señor Lucas 16, 1-8: Los hijos de este mundo son más astutos que los hijos de la luz

Las lecturas de hoy son una llamado a la creatividad y a la inteligencia para construir comunidades cristianas según el proyecto del Reino dejado por Jesús. Por eso la parábola que nos ofrece Jesús no se fijan en los planes que tiene el administrador sino en su capacidad para prever el futuro: arregla con los empleados de su señor para arreglar las cuentas que po lo menos en el tiempo de crisis lo acojan en su casa.

A muchos les parece que sola la creatividad y sagacidad como en las cosas de este mundo nos han de servir. No supone que los trabajadores del Reino deben ser creyentes ingenuos ni tampoco dormidos, como lo hacemos en el mundo consumista que poco cuidado tiene en pensar en estar atentos y vigilantes a la dignidad de la persona humana, denunciando y enfrentando las esperanzas del mundo, evitando el mal y proclamando las promesas de Dios, sobre todo la vida viviendo activamente en el presente, cuidando de la fraternidad, el servicio, el amor como signos visibles de ese futuro prometido por Jesús.

Esa es la preocupación de pablo por los filoipenses que desean hacerse discípulos de Jesús crucificado: uno es el camino por el que caminan “los enemigos de la cruz de Cristo” (3,18). Son esos cuyo “paradero es la perdición; su dios, su vientre; se enorgullecen de lo que deberían avergonzarse y sólo piensan en las cosas de la tierra.” (19) y están completamente absorbidos por los intereses terrenos. Para ésos, “su paradero es la perdición (19ª). Resulta claro ven en esa calidad de personas a un grupó de cristianos que, de haberlo recibido ya, se han olvidado del bautismo y sobre todo se han perdido en una práctica de vida contraria al Evangelio. El otro camino es el recorrido e indicado por el mismo Pablo y por los que se han mantenido fieles a la “regla de vida” que han aprendido No se preocupa de ponerse como “ejemplo” (17) no tanto por los dones naturales que ha recibido como por el don de la gracia que le sorprendió en el camino de Damasco y le descompuso literalmente su vida, dándole una nueva orientación: nueva según la novedad de cristo muerto y resucitado.

Los fieles de Filipos están invitados, por tanto, a realizar su elección libre y consciente no sólo en virtud del ejemplo que tienen delante, sino también sobre todo en virtud de la esperanza que alimentan, a saber, “Tenemos nuestra ciudadanía en los cielos, de donde esperamos como salvador a Jesucristo, el Señor” (20) Es tal el bien que espero (se dibuja aquí la patria celestial, lugar de alegría indefectible y de comunión amistosa) que acepto por él cualquier pena (ésa es la dura batalla que cada uno está llamado a librar en los días de su vida terrena). Se advierte así la dinámica del “ya” pero “todavía no” que caracteriza la experiencia de todo creyene.
Si queremos en te nder el Evangelio de hoy, tenemos que prestar atención a lo que dice el versículo 14: “estaban oyendo todo esto los farisweos, que eran amigos del dinero, y se burlaban de Jesús”. Lo mismo que la primera parábola (1-8) enseña el modo correcto de usar los bienes de la tierra, la segunda, la del rico Epulón (19-31)- enseña cómo no deben ser usados. En todo caso, la lectura tiene como tema el amor al dinero.

A primera vista la parábola del administrador infiel podría suscitar cierto asombro e incluso cierto escándalo, precisamente porque Jesús alaba su conducta, a pesar de su actitud astuta, deshonesta e egoísta. Más adelante Lucas comparará a Dios con un juez que no practica la justicia (Lucas 18,1-8) y también en Mateo 10,16, se invita a los discípulos a ser astutos como serpientes. Con todo, no obstante, no debemos encanalizarnos en absoluto, el Señor no nos ofrece como modelo a un estafador o a un pillo, primero porque usa de su dinero, de sus ganancias legítimas, que son dones de Dios y, en consecuencia, hemos de trartarlos, al mismo tiempo, con una “prudencia” y “una audacia” dignas de loos hijos de Dios.

Ciertamente no es fácil captar la “intención” de la parábo9la, pero al fial del relato se nos ofrecen pistas que nos propnen en buen camino: Jesús desea que los hijos de la luz, en su camino terreno, en su intento de conseguir los verdaderos bienes –los eternos-, se muestran más astutos que los hijos de este mundo (8b). La astucia de la que habla Jesús está en función directa del deseo de la consecución del verdadero bien. ¿Por qué? Nos lo dice Pablo en la Carta a los Filipenses (3,20): “Nosotros, en cambio, tenemos nuestra ciudadanía en los cielos.”

ORACION

Me preguntas, Señor, “?Por qué andamos indecisos?” Decir la verdad… cuesta sangre, Señor; descubrir mios iniquidades.. me expone, Señor; perder mis seguridades… es duro, Señor; aceptar la desaprobación… es doloroso, Señor; ver bloqueados mis planes… de disgusta, Señor: reconocer mis infidelidades… me hace daño, Señor; mostrar mis debilidades… me humilla, Señor; renunciar a mis razones… no lo soporto, Señor.

Elo precio que hemos de pagar para ser honestos es elevado, pero servir a dos señores me repugna. Señor, ayúdame a ser honesto, ¡cueste lo que cueste!

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