Pero el Señor se enfrenta con los malhechores, para borrar de la tierra su memoria. Cuando uno grita, el Señor lo escucha y lo libra de sus angustias.
El Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos. El Señor redime a sus siervos, no será castigado quien se acoge a él.
Lectura del santo evangelio según san Mateo (21,28-32):
HOMILIA
Sofonías 3,1-2.9-13: Se promete la salvación mesiánica a todos los pobres Salmo 33: Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha. Mateo 21,28-32: Los más despreciados le creyeron a Juan.
El evangelio de hoy nos conecta con el de ayer a través de una parábola. Jesús se en cuentra c on los líderes religiosos y les propone la parábola del padre y sus dos hijos: el que hace la voluntad del Padre es aquél que se arrepiente, que reconoce que noi ha heho su voluntad y retorna a él. En cambio, hay otros como los fariseos, que dicen cumplir la voluntad del Padre, y no lo hacen.
Ante ello, los que entran al reino de los cielos son los que creyeron en la predicación de Juan, en su bautismo de conversión, en su predicación de justicia; quienes tuvieron un cambio de vida que los transformó hacia Dios, como en este caso los publicanos y las prostitutas. Los sacerdotes y fariseos no creyeron en Juan, y ni aun viéndole se arrepienten para creer; y esto es lo que Jesús les cuestiona. No reconocen en la acción de Juan la legítima voluntad de Dios. ¿Estamos descubriendo hoy la voluntad de Dios en aquellas personas que desean transformar la conciencia de los hombres para crear un mundo más justo?
Por eso la primera lectura comienza con una amenaza del Señor contra los jefes de las naciones, que buscan su opropio interés en vez de dedicarse a la fe del pueblo. Sin embargo, después del juicio aparece una palabra de esperanza, en la que la purificación del pueblo y de Jerusalén mira a la alegría mesiánica y la reunión de los dispersos (Sofonías 3,14-20) El anuncio de la purificación de los pueblos (9) que abandonan el culto a otros divinidades y elevan su profesión de fe al Señor manifiesta la espera profética de fe al Señor anuncia la renovación de la humanidad por obra del Señor.
Esto consiste en la conversión del corazó9n, que se traduce en acoger la ley divina, en el culto al Dios verdadero. Cambia a todos y sobre todo al pueblo de Dios, en el que desaparece todo rostro de soberbia, como síntesis del pecado humano, de un orgullo que tiene a ocupar el puesto de Dios (11). El pueblo del tiempo de la salvación al que se promete el descanso y la paz es un “resto” (13), es decir, un grupo políticamente frágil y culturalmente irrelevante y despreciado, ya no puede precisamente presumir en sus propias fuerzas, sino que experimenta con gratitud la fidelidad de su Dios. Está constituido por los “pobres del Señor” (12), o sea los que tienen a Dios como único recurso de su propia vida y confían p´lenamente en él traduciendo su humilde confianza en una obediencia práctica de la voluntad divina.
En el evangelio, los jefes delo pueblo, que ayer aparecen como interlocutores de Jesús (Mateo 21,23-27) No tienen intención de escucharle. Jesús pone al desnudo su incoherencia y los provoca con la perspectiva de una ventaja religiosa de los publicanos y prostitutas con respecto a ellos. Y lo hace con la parábola de los dos hijos, que se aclara poniendo como trasfondo, aceptado tanto por el Bautista como por Jesús, la tradición veterotestamentaria sobre la necesidad de la “justicia”, esto es, de una fe que busca llevar a la práctica fielmente la voluntad de Dios en el día a día.
La parábola no exalta a los pecadores y desprecia a l, sino que anuncia la extraordinaria cercanía de Dios al pecador, al que ofrece siempre un cambio de vida. También aparece la denuncia de la frecuente incoherencia de tantos creyentes, ejemplarizados en el primer hijo, cumplidores de palabra. La confrontación llamativa entre publicanos y prostitutas y los hombres de religión (31-33) no es tanto una condena de estos últimos por parte de Jesús, cuanto una última llamada apremiante a la conversión. Algo dice Sofonías hoy que debe ayudarnos a pensar: “Yo dejaré en medio de ti un opueblo pobre y humilde.” (Sofonías 3,12)
ORACION
Tu palabra hoy nos fustiga y nos consuela, Nos fustiga porque nos invita a trabajar en tu viña, como el hijo mayor de la parábola, con frecuencia respondemos “Sé, Señor”; pero luego no vamos. Estamos demasiado ocupados y preocupados por nuestros “yo” para estar de veras disponibles a buscar sinceramente tu voluntad. Socórrenos con tu Espíritu, para que podamos velar sobre nosotros mismos con el fin de que nuestra adhesión a tu voluntad no se reduzca a palabas huecas.
Pero, además de fustigarnos, tu Palabra nos consuela, porque nos recuerda que incluso a aquel que está más aferrado al mal le quieres dirigir una palabra de salvación dándole la oportunidad de arrepentirse, de cambiar de vida, de romper con la obstinación del corazón. Con humildad y confianza acudimos a ti, Dios que ama a los que no confían en sus propios medios, y confiamos únicamente en tu misericordia y fidelidad.

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