Me gusta dialogar, con mis amigos y con cualquiera, rasgo que heredé de mi madre, quien se hacia encontradiza con todo el que pasara por su camino para dialogar. Ella era de esas personas que gozaba de la conversación.
A todos los llamo “vecino”, porque eso somos en este mundo mientras caminamos por la vida al encuentro de la Vida, donde el diálogo y la convivencia serán eternos. “Conocer las Escrituras es conocer a Jesucristo”, decía San Jerónimo. Y el Concilio Vaticano II nos urge a leer asiduamente las Escrituras. La iglesia lo hace cada día, lee, medita, ora, predica y celebra las Escrituras vivas en la persona de Jesús y en la vida de sus miembros. Esto es lo que les ofrezco, las lecturas que la Iglesia usa cada día y una reflexión y cómo orar con ellas “para adquirir, como dice Pablo, el conocimiento de Jesucristo.” Los invito a caminar, como Jesús con los discípulos de Emaús, para que al final del camino “lo conozcamos al partir el pan".



miércoles, 29 de diciembre de 2010

TIEMPO DE NAVIDAD DICIEMBRE 29, 2010

PALABRA DE VIDA

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (2,3-11):

En esto sabemos que conocemos a Jesús: en que guardamos sus mandamientos. Quien dice: «Yo le conozco», y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso, y la verdad no está en él. Pero quien guarda su palabra, ciertamente el amor de Dios ha llegado en él a su plenitud. En esto conocemos que estamos en él. Quien dice que permanece en él debe vivir como vivió él. Queridos, no os escribo un mandamiento nuevo, sino el mandamiento antiguo que tenéis desde el principio. Este mandamiento antiguo es la palabra que habéis escuchado. Y, sin embargo, os escribo un mandamiento nuevo –lo cual es verdadero en él y en vosotros–, pues las tinieblas pasan, y la luz verdadera brilla ya. Quien dice que está en la luz y aborrece a su hermano está aún en las tinieblas. Quien ama a su hermano permanece en la luz y no tropieza. Pero quien aborrece a su hermano está en las tinieblas, camina en las tinieblas, no sabe a dónde va, porque las tinieblas han cegado sus ojos.

Salmo 95,1-2a.2b-3.5b-6

Alégrese el cielo, goce la tierra

Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor, toda la tierra; cantad al Señor, bendecid su nombre.

Proclamad día tras día su victoria. Contad a los pueblos su gloria, sus maravillas a todas las naciones.

El Señor ha hecho el cielo; honor y majestad lo preceden, fuerza y esplendor están en su templo.

Lectura del santo evangelio según san Lucas (2,22-35):

Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo primogénito varón será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, corno dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones.» Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo.
Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.»
Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño.
Simeón los bendijo, diciendo a María su madre: «Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones.
Y a ti, una espada te atravesaráel alma.»

HOMILIA

La Palabra de hoy nos presenta lo que podríamos llamar un “personaje secundario” de los Evangelios, que sin embargo puede ser un icono de una vida lograda. Se trata del anciano Simeón.

Simeón era un “hombre justo y piadoso”. Desde ese dato podemos imaginar que, como tantos hombres y mujeres de aquél tiempo –y de todos los tiempos-, había vivido una vida más o menos sencilla, con sus luces y sombras, con sus certezas y dudas, en acogida de Dios y en servicio humilde hacia los demás. “Una buena persona”, “un hombre de Dios”, podrían comentar de él sus vecinos. Seguro que algunos simpatizaban más con él que otros, que ya se sabe que siempre pasa. Pero no tenía grandes enemigos declarados. Porque en su corazón había siempre un lugar para el perdón y la reconciliación. Quizá porque él también necesitó ser reconciliado y perdonado en más de una ocasión. Y era de los que, en medio de la confusión del mundo -en su época y en todas las épocas- no había perdido la esperanza. Y “aguardaba el consuelo de Israel”. Con una profunda confianza en el Dios en cuyas manos vivimos, nos movemos y existimos. Este es Simeón. Con toda su historia. “El Espíritu Santo moraba en él”.

Este es quien, en el relato de Lucas, toma al niño en brazos y bendice a Dios. Sus palabras son toda una muestra de confianza y de lucidez. Le dice a Dios que ya, cuando quiera, entiende que su vida ha llegado a su meta, porque se ha encontrado con el Dios-con-nosotros. Y a la vez que dice eso, anuncia ese futuro nuevo: ha llegado la “luz para alumbrar a las naciones”… y orienta a María con unas palabras que quieren fortalecerla para lo que pueda venir.

Simeón personifica la historia de Israel. Con todas sus historias, ahí está un pequeño resto manteniendo la confianza en el futuro nuevo que Dios les había prometido.

Simeón personifica la historia de cualquier persona. En búsqueda, con posibilidad de acoger al Dios-con-nosotros y de anunciar la novedad de su Reino.

Necesitamos más ancianos como Simeón. También jóvenes y personas de mediana edad. Que desde la experiencia de una vida vivida en confianza, no busquen aferrarse a nada, sino transmitir esa confianza a los que vienen por detrás. Tú también puedes ser Simeón.

La gran pregunta que nos ofrecen las lecturas de hoy es muy simple para los guiados por el Espíritu: ”?cuál es el camino para conocer aq Dios y morar en él?” El apóstol nos ofrece dos, el negativo de la comunión “no pecar” y el positivo, la observancia de los mandamientos, el amor a Dios (3-6) y a los hermanos (8-11). Para el cristianismo, pues, el conocimiento de Dios comporta exigencias de vida que han de ser observados. Para la filosofía religiosa del tiempo llamado “gnosis”. Los mandamientos se obtienen a través del conocimiento de Dios, que en el fondo importa la liberación del mundo visible. Juan dice que el único conocimiento de Dios debe estar avalado por la observancia de los mandamientos, porque el que cumple “su palabra”(5) experimenta el amor de Dios y mora en El, porque vive como ha vivido Jesús y tiene dentro de sí una realidad interior, que le impulsa a imitar a Jesús, cuyo ejemplo de vida ha sido justamente el amor (6, ver Juan 13,15.34; 15,10).

Este mandamiento del amor, además es nuevo y antiguo al mismo tiempo: “nuevo” porque ha sido enseñado desde el principio del anuncio cristiano. Entonces, el auténtico criterio reside en la práctica del amor fraterno, porque no se puede estar en la luz de Dios y después odiar al propio hermano. Para Juan el que ama vive en la luz,, el que odia vive en las tinieblas.

La escena de la presentación del Niño en el templo sugiere un elemento teológico: la antigua alianza cede el lugar a la nueva, reconociendo que Jesús-Niño al Mesías doliente y al Salvador universal de los pueblos. El hecho sucede en el templo, lugar de la presencia de Dios y de la revelación profética es rica en referencias bíblicas (Malaquías 3; 2 Samuel 6; Isaías 49,6) y consta de dos partes: la presentación de la escena (22-24) y la profecía de Simeón (25-35).

María y José, obediente a la ley hebrea, entran en el templo como sencillos miembros pobres del pueblo para ofrecer su primogénito a Dios y para la purificación de la madre (ver Éxodo 13,2-16; Levítico 12,1-8). Confianza y abandono en Dios cualifican esta ofrenda de Jesús-Niño, anticipo de la verdadero ofrenda del Hijo al Padre que se cumplirá en el calvario. Pero el centro de la escena est[a formado por la profec[ia de Simeón: “Hombre justo y piadoso de Dios que esperaba el consuelo de Israel.” (25). Guiado por el Espíritu va al templo y reconociendo en Jesúsal Mesías esperado, estalla en un saludo festivo unido a una confesión de fe: las antiguas “promesas” se han cumplido; él ha visto al Salvador, gloria del pueblo de Israel, luez y salvación para todas las gentes; ahora su fin está marcado por el triunfo de la vida. Pero esta luz del Mesías tendrá el reflejo del dolor, porque Jesús será “signo de contradicción” (34) y la misma Madre será implicada en el destino de sufrimiento (35= Por eso Juan dirá hoy: “El que ama a su hermano vive en la luz.” (1 Juan 1,10)

ORACION

Señor Jesús, desde niño has querido darnos ejemplos de sencillez y pobreza con tu vida oculta y confundida entre la gente común. Has querido también ser presentado en el templo y someterte a la ley del tiempo como primogénito cualquiera de su pueblo. Te has hecho reconocer como Mesías y Salvador universal, por Simeón, hombre justo y abierto a la novedad del Espíritu, porque tú siempre te revelas a los sencillos y mansos de corazón y no a los que el mundo considera grandes y poderosos.

Te pedimos que nos mantengas también a nosotros, a pesar de nuestra pobreza e incapacidad para para acoger el paso de tu Espíritu por nuestra vida, para que podamos reconocerte como “luz” para nosotros y par nuestros hermanos. Que nuestro vivir sea una ofrenda generosa de cuanto somos al Padre, para que nuestra pobre humanidad renazca a una vida nueva.

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