Me gusta dialogar, con mis amigos y con cualquiera, rasgo que heredé de mi madre, quien se hacia encontradiza con todo el que pasara por su camino para dialogar. Ella era de esas personas que gozaba de la conversación.
A todos los llamo “vecino”, porque eso somos en este mundo mientras caminamos por la vida al encuentro de la Vida, donde el diálogo y la convivencia serán eternos. “Conocer las Escrituras es conocer a Jesucristo”, decía San Jerónimo. Y el Concilio Vaticano II nos urge a leer asiduamente las Escrituras. La iglesia lo hace cada día, lee, medita, ora, predica y celebra las Escrituras vivas en la persona de Jesús y en la vida de sus miembros. Esto es lo que les ofrezco, las lecturas que la Iglesia usa cada día y una reflexión y cómo orar con ellas “para adquirir, como dice Pablo, el conocimiento de Jesucristo.” Los invito a caminar, como Jesús con los discípulos de Emaús, para que al final del camino “lo conozcamos al partir el pan".



lunes, 11 de abril de 2011

TIEMPO DE CUARESMA, ABRIL 11, 2011

PALABRA DE VIDA

Lectura del libro de Daniel (13,1-9.15-17.19-30.33-62):

Vivía en Babilonia un hombre llamado Joaquín.
Se había casado con una mujer llamada Susana, hija de Jilquías, que era muy bella y temerosa de Dios;
sus padres eran justos y habían educado a su hija según la ley de Moisés. Joaquín era muy rico, tenía un jardín contiguo a su casa, y los judíos solían acudir donde él, porque era el más prestigioso de todos. Aquel año habían sido nombrados jueces dos ancianos, escogidos entre el pueblo, de aquellos de quienes dijo el Señor: «La iniquidad salió en Babilonia de los ancianos y jueces que se hacían guías del pueblo.» Venían éstos a menudo a casa de Joaquín, y todos los que tenían algún litigio se dirigían a ellos. Cuando todo el mundo se había retirado ya, a mediodía, Susana entraba a pasear por el jardín de su marido. Los dos ancianos, que la veían entrar a pasear todos los días, empezaron a desearla. Perdieron la cabeza dejando de mirar hacia el cielo y olvidando sus justos juicios. Mientras estaban esperando la ocasión favorable, un día entró Susana en el jardín como los días precedentes, acompañada solamente de dos jóvenes doncellas, y como hacía calor quiso bañarse en el jardín. No había allí nadie, excepto los dos ancianos que, escondidos, estaban al acecho.
Dijo ella a las doncellas: «Traedme aceite y perfume, y cerrad las puertas del jardín, para que pueda bañarme.»
En cuanto salieron las doncellas, los dos ancianos se levantaron, fueron corriendo donde ella, y le dijeron: «Las puertas del jardín están cerradas y nadie nos ve. Nosotros te deseamos; consiente, pues, y entrégate a nosotros. Si no, daremos testimonio contra ti diciendo que estaba contigo un joven y que por eso habías despachado a tus doncellas.»
Susana gimió: «¡Ay, qué aprieto me estrecha por todas partes! Si hago esto, es la muerte para mí; si no lo hago, no escaparé de vosotros. Pero es mejor para mí caer en vuestras manos sin haberlo hecho que pecar delante del Señor.»
Y Susana se puso a gritar a grandes voces. Los dos ancianos gritaron también contra ella, y uno de ellos corrió a abrir las puertas del jardín. Al oír estos gritos en el jardín, los domésticos se precipitaron por la puerta lateral para ver qué ocurría, y cuando los ancianos contaron su historia, los criados se sintieron muy confundidos, porque jamás se había dicho una cosa semejante de Susana. A la mañana siguiente, cuando el pueblo se reunió en casa de Joaquín, su marido, llegaron allá los dos ancianos, llenos de pensamientos inicuos contra Susana para hacerla morir.
Y dijeron en presencia del pueblo: «Mandad a buscar a Susana, hija de Jilquías, la mujer de Joaquín.» Mandaron a buscarla, y ella compareció acompañada de sus padres, de sus hijos y de todos sus parientes.
Todos los suyos lloraban, y también todos los que la veían. Los dos ancianos, levantándose en medio del pueblo, pusieron sus manos sobre su cabeza. Ella, llorando, levantó los ojos al cielo, porque su corazón tenía puesta su confianza en Dios.
Los ancianos dijeron: «Mientras nosotros nos paseábamos solos por el jardín, entró ésta con dos doncellas. Cerró las puertas y luego despachó a las doncellas. Entonces se acercó a ella un joven que estaba escondido y se acostó con ella. Nosotros, que estábamos en un rincón del jardín, al ver esta iniquidad, fuimos corriendo donde ellos. Los sorprendimos juntos, pero a él no pudimos atraparle porque era más fuerte que nosotros, y abriendo la puerta se escapó. Pero a ésta la agarramos y le preguntamos quién era aquel joven. No quiso revelárnoslo. De todo esto nosotros somos testigos.»
La asamblea les creyó como ancianos y jueces del pueblo que eran. Y la condenaron a muerte.
Entonces Susana gritó fuertemente: «Oh Dios eterno, que conoces los secretos, que todo lo conoces antes que suceda, tú sabes que éstos han levantado contra mí falso testimonio. Y ahora voy a morir, sin haber hecho nada de lo que su maldad ha tramado contra mí.»
El Señor escuchó su voz y, cuando era llevada a la muerte, suscitó el santo espíritu de un jovencito llamado Daniel, que se puso a gritar: «¡Yo estoy limpio de la sangre de esta mujer!»
Todo el pueblo se volvió hacia él y dijo: «¿Qué significa eso que has dicho?»
Él, de pie en medio de ellos, respondió: «¿Tan necios sois, hijos de Israel, para condenar sin investigación y sin evidencia a una hija de Israel? ¡Volved al tribunal, porque es falso el testimonio que éstos han levantado contra ella!»
Todo el pueblo se apresuró a volver allá, y los ancianos dijeron a Daniel: «Ven a sentarte en medio de nosotros y dinos lo que piensas, ya que Dios te ha dado la dignidad de la ancianidad.»
Daniel les dijo entonces: «Separadlos lejos el uno del otro, y yo les interrogaré.»
Una vez separados, Daniel llamó a uno de ellos y le dijo: «Envejecido en la iniquidad, ahora han llegado al colmo los delitos de tu vida pasada, dictador de sentencias injustas, que condenabas a los inocentes y absolvías a los culpables, siendo así que el Señor dice: "No matarás al inocente y al justo." Conque, si la viste, dinos bajo qué árbol los viste juntos.» Respondió él: «Bajo una acacia.»
«En verdad –dijo Daniel– contra tu propia cabeza has mentido, pues ya el ángel de Dios ha recibido de él la sentencia y viene a partirte por el medio.»
Retirado éste, mandó traer al otro y le dijo: «¡Raza de Canaán, que no de Judá; la hermosura te ha descarriado y el deseo ha pervertido tu corazón! Así tratabais a las hijas de Israel, y ellas, por miedo, se entregaban a vosotros. Pero una hija de Judá no ha podido soportar vuestra iniquidad. Ahora pues, dime: ¿Bajo qué árbol los sorprendiste juntos?»
Él respondió: «Bajo una encina.»
«En verdad –dijo Daniel– tú también has mentido contra tu propia cabeza: ya está el ángel del Señor esperando, espada en mano, para partirte por el medio, a fin de acabar con vosotros.»
Entonces la asamblea entera clamó a grandes voces, bendiciendo a Dios que salva a los que esperan en él.
Luego se levantaron contra los dos ancianos, a quienes, por su propia boca, había convencido Daniel de falso testimonio y, para cumplir la ley de Moisés, les aplicaron la misma pena que ellos habían querido infligir a su prójimo: les dieron muerte, y aquel día se salvó una sangre inocente.

Salmo 22,1-3a.3b-4.5.6

Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo


El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas.


Me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan.


Preparas una mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa.

Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término.

Lectura del santo evangelio según san Juan (8,1-11):

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba.
Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?»
Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo.
Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra.»
E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer, en medio, que seguía allí delante.
Jesús se incorporó y le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?, ¿ninguno te ha condenado?» Ella contestó: «Ninguno, Señor.»
Jesús dijo: «Tampoco yo te condeno.
Anda, y en adelante no peques más.»

HOMILIA

El relato no pertenece a Daniel, pero está incluido en su libro y la Iglesia loa acepta como auténtico y alaba la inocencia y el abandono y confianza en las manos de Dios, incluso cuando está todo aparentemente perdido.

Las palabras de Susana: “Mejor es para mí caer bajo vuestro poder sin culpa alguna que pecar ante el Señor”, fue sin duda el grito de los mártires y la más hermosa expresión de sus heroicos sentimientos.

Como denuncia del vicio y exaltación de la virtud, el relato fue de ayer, de hoy y de todos los tiempos. Los detalles de la narración son un precioso arsenal costumbrista hebreo en perfecta armonía con la Ley. Una preciosa lectura ejemplar de frescor inacabable.

En el evangelio nos encontramos con la historia de la mujer adúltera. La historia nos puede admirar pero no pertenencia al evangelio de Juan porque difiere profundamente del estilo, las preocupaciones de Juan, su mentalidad y forma, especialmente en cuanto a presentar los signos. Lo encontramos en los primero Padre de la Iglesia, que tienen la misma opinión. Algunos lo sitúan en el evangelio de Lucas, inmediatamente antes de la narración de la pasión. La escena encajaría en cualquiera, especialmente en Lucas, es escritor de las misericordias de Jesús.

La historia pone a Jesús en un verdadero aprieto. En caso de adulterio el marido ponía la demanda de divorcio, que era concedida automática-mente. El marido quedaba sin ninguna obligación frente a la mujer infiel y ésta caía además en la desgracia de la familia. Cuando no existía evidencia, debían iniciarse las pruebas, a enos de la Ley (Números 5).

El caso presentado a Jesús era claro, ya que se nos dice que había sido sorprendida en adulterio. EL divorcio, por tanto era automático. Pero ¿el castigo? La ley de Moisés consideraba el adulterio como contrario a la Ley de Dios y como fuente de grave perjuicio para la sociedad como tal. Por eso la ley establece la pena de muerte (Deuteronomio 22,22). La mujer debía ser lapidada. No todos compartían esta ley tan rígida, pero, por supuesto, la hacían suya los provocadores de la historia: los doctores de la ley y los fariseos. Y aprovecharon esta ocasión para que la Ley se aplicase en todo su rigor.

Evidentemente, en este caso, el celo por el cumplimiento de la Ley era una máscara. La intención oculta e inconfesable edra comprometer a Jesús. La máscara era perfecta. Era lógico invitar a un joven rabino que tenía ideas propias, e incluso sobre la Ley, a pronunciar en un caso tan completo. Los fariseos y maestros de la Ley tenían todas las de ganar. Jesús podía pronunciarse por la aplicación de la Ley. En este caso, un hombre compasivo y misericordioso se venía abajo. Pero había algo más serio y comprometedor. Bajo la administración del Imperio romano, los judíos habían perdido el derecho de la aplicación de la pena de muerte (vean Juan 18,31). Un pronunciamiento a favor de la Ley hubiera comprometido a jesús con las autoridades romanas por intervenir en la administración de aquella provincia del Impero.

Jesús se inclinó sobre el suelo y empezó a escribir en el suelo. Se ha especulado mucho sobre lo que Jesús escribió. ¿Alguna frase de la Ley discutida? Su actitud es la de quien no quiere condenar. No hay agresividad ni fanatismo. Su gesto traduce el gesto de dar una respuesta pausada y pensada. Aparte del nerviosismo que el suspenso provocaría en los acusadores.

El que sea inocente, que tire la primera piedra. Para rectificar la culpabilidad castigada con la pena capital era necesario el testimonio de los testigos. Los jueces no se fijaban tanto en las pruebas independientes cuanto en la probidad de quienes las aducían. Si los testigos eran fidedignos, bastaba. Se pronunciaba la sentencia y el testigo tenía el derecho y el deber de tirar la primera piedra.

Teniendo en cuanta la gran responsabilidad de los testigos, se re querían una serie de condiciones antes de que su palabra fuese aceptada. Ssi su probidad se ponía en tela de juicio, debía abrirse una investigación que demostrase, que en modo alguno, estaban implicados en el caso que se discutía, ni en ningún otro asunto legal. Si se descubría que el testigo era falso, recaerían sobre él penas severísimas. De ahí que la respuesta de Jesús no deba ser calificada solamente de aguda sino que fue una verdadero ataque contra los que lo atacaba. De hecho, nadie se atrevió a tirar una piedra. ¿Quién puede presumir de estar libre de toda culpa.

Una vez desaparecidos los jueces acusadores, queda Jesús sólo con la mujer. El se convierte en juez. Da por supuesto la culpa de aquella mujer, pero con correspondiente amonestación, la absuelve y le dice que no vuelva a pecar. Una ilustración práctica de la vida y misión de Jesús, que no vino a condenar sino a salvar al mundo.

ORACION

Oh Dios y Padre nuestro, Dios de vida:
Tú quieres que vivamos y que seamos felices.
Tu Hijo Jesús nos asegura:
“Yo soy la resurrección y la vida”.
No permitas que tu vida muera en nosotros.
Haz que salgamos de nuestras tumbas de pecado,
de mediocridad y temores.
Que la vida triunfe en nosotros,
aun en nuestras incertidumbres y pruebas,
y haz que contagiemos a otros nuestra esperanza
de que nos has destinado para una vida gozosa sin fin
por medio del primer nacido de entre los muertos,
Jesucristo nuestro Señor.

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